‘In time’: Una carrera contrarreloj a la que se le acaban las pilas

Las críticas de Óscar M.: In time

El tiempo se ha convertido en la moneda de cambio de la sociedad. Ya no existe el dinero, se compra, se vende y se comercia con tiempo. Cada uno tiene que ganarse su propio tiempo trabajando si quiere seguir viviendo, porque si no, su vida se le acaba. Pero, como siempre, hay abismales diferencias entre los ricos y los pobres.
Con esta paralelismo sobre el dinero, Andrew Niccol presenta una película que refleja claramente la irregularidad económica existente en la sociedad actual y una posible alternativa a la crisis que azota el planeta (aunque no recomendamos seguir el ejemplo de la película).

Desafortunadamente, la película pierde fuelle a medida que avanza y, tras un comienzo y desarrollo correcto e impredecible, pierde la idea inicial para transformarse en una especie de Robin Hood o Bonnie & Clyde del futuro. Obviando respuestas necesarias e imprescindibles para el desarrollo de la trama (como el origen del reloj, su creador, el motivo por el que se creó o la vida del padre del protagonista).
Niccol, que también ha escrito el guión, huye (con bastante acierto) de la previsibilidad argumental en su primera parte; aunque, a medida que avanza la película, se echa en falta un poco más de espectacularidad o un final más apoteósico, catastrofista o colosal. Pero In time se queda a medio gas, dejando un sabor agridulce sin llegar a paladear el esperado postre.
Tanto el vestuario, como el diseño de producción o los escenarios toman muchas ideas y referencias de una película no distribuida en nuestro país y que ha tenido muy poca repercusión, aunque mucho éxito fuera de nuestras fronteras: Equilibrium. La idea de “policías del tiempo” y del control de la población (que ya aparecía en ésta), aunque modificada, tiene su origen en el relato 1984 y el argumento no intenta enmascarar esta inspiración.
Pero también es sutil y ofrece detalles al espectador, incluso desde el primer momento, que pueden ser imperceptibles a primera vista (como los guantes que usan los personajes). De esta forma, también consigue transmitir al espectador la idea de aprovechar su tiempo al máximo (cosa que los ricos aborrecen y no valoran, y los pobres tienen que trabajar para conseguir).

En este aspecto, se puede relacionar con otra película de reciente estreno, Premonición, que parte de la misma base (aprovechar el tiempo que tenemos de vida porque no sabemos cuándo se terminará) pero desde la perspectiva del drama sobrenatural.

Niccol también retoma ideas de sus anteriores películas, como la fuerza del amor a pesar de las diferencias sociales o ante la adversidad, como ya desarrollaba en Gattaca o en El show de Truman previamente, y las mezcla con elementos de Matrix o de (la ya citada) Equilibrium.

La romántica y melancólica música del siempre exquisito Craig Armstrong le da un nuevo nivel a las escenas más intimistas, aunque no consigue un sonido excesivamente potente en las escenas de acción, sí lo compensa con ese punto electrónico (para no perder de vista la ubicación futurista de la trama). No obstante, Armstrong ha compuesto una banda sonora excelente y que funciona por sí misma sin imágenes.

La interpretación de Justin Timberlake es bastante correcta (y la de sus abdominales también) a pesar de la obsesión de su personaje por meterse la pistola dentro de los pantalones (por delante o por detrás), aunque quienes realmente destacan son Amanda Seyfried, Cillian Murphy y, sobre todo, Vincent Kartheiser (que será recordado por haber interpretado al anodino hijo de Ángel, el spin-off de Buffy, la cazavampiros).

Los secundarios dotan a la película de un trasfondo y un realismo que Timberlake desarrolla al principio de la trama, pero que luego se diluye al igual que el argumento, quedando su personaje algo desdibujado en su parte final, principalmente porque se deja de lado, centrándose en la solución al problema temporal (o económico).

Cuando se acaba el reloj del tiempo de duración de la película uno tiene la sensación de haber disfrutado la primera parte, pero de haberse dejado llevar durante la parte final para concluir con un flojo final (abierto, por supuesto, por si se continúa la historia) sin la espectacularidad necesaria que se requería. Un tiempo poco aprovechado al final.

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