‘La piel que habito’: El terror según Pedro Almodóvar

Las críticas de Óscar M.: La piel que habito

Antonio Banderas interpreta a Roberto, un cirujano plástico privado que tiene una nueva paciente llamada Vera (Elena Anaya) en su particular casa de campo, que también es quirófano. Tiene la cara de su esposa fallecida y una piel ignífuga de fabricación propia.
Los secretos de cómo y porqué esta paciente ha llegado a estar completamente aislada del mundo y viviendo encerrada bajo llave se desvelan a lo largo del metraje, haciéndo uso de flashbacks y mezclándolo con historias paralelas no menos sórdidas que la principal.

Pedro Almodóvar vuelve, aunque no lo quiera admitir, a temáticas argumentales de sus antiguas películas (las pinceladas de Átame o Laberinto de pasiones son evidentes) pero pasadas por el tamiz de la experiencia, lo que da un nuevo aire aunque el fondo sea el mismo (el secuestro y el aislamiento).

La historia se basa, levemente (según el propio director) en la novela Tarántula (Mygale, en el original) de Thierry Jonquet; tomando como punto de partida la novela, Pedro Almodóvar construye una película sólida, larga (pero no aburrida) y plagada de sus (cada vez menos evidentes) sellos personales, como son las historias familiares complicadas y enrevesadas o la homosexualidad y la transexualidad.
Estos puntos, que asombran y fascinan al director, yacen latentes en el fondo, ocultos detrás de una trama de suspense llena de violencia y venganza, consiguiendo que el espectador tenga que escarbar en el argumento para captar esos pequeños detalles que, a simple vista, no son perceptibles.
Según el propio Pedro Almodóvar (ya promocionó así la película durante el rodaje) una parte de la película pertenece al género de terror, sin embargo o es muy sutil o al director le provoca terror algo que ya hemos visto en infinidad de películas (una persecución, un secuestro o una violación), unos hechos que, aunque no dejan de ser terroríficos cuando suceden en la vida real, en el mundo del cine están bastante trillados.
Sin embargo, la película sobrevive a esa catalogación de género de terror mediante el interés que suscita en el espectador conocer el cuadro completo argumental (aunque la explicación de la venganza del cirujano queda un poco en el aire) y la evolución de la historia hasta llegar al punto de inicio de la película.
Pedro Almodóvar se ve ayudado en este particular secuestro del espectador por la estupenda (e imprescindible) música de Alberto Iglesias, por la maravillosa (lumínica y colorista) fotografía de José Luís Alcaine y por el vestuario, el maquillaje (la “piel” de Elena Anaya es espectacular) y el diseño de producción (a pesar del póster) que harán las delicias de los ojos más exquisitos, consiguiendo una película visualmente impactante y deslumbrante.
El rodaje de forma cronológica afecta negativamente sobre las interpretaciones de los actores, siendo el inicio de la película falso, recitado y teatrero. Por suerte y, dada la experiencia de Antonio Banderas, Elena Anaya y Marisa Paredes, es un problema que se corrige rápidamente, a pesar de unos diálogos cursis y forzados, que, también conforme avanza el guión, se vuelven más elaborados y menos telenovelescos.
A pesar de esta mejora interpretativa, ya avanzado el metraje, hay una secuencia totalmente absurda, ridícula e inverosímil, y no por la situación descrita, sino por la interpretación, la dirección o el ensayo de la misma: la pelea entre Antonio Banderas y Elena Anaya es totamente increíble y patética. Es una elección muy desafortunada que haya sido escogida para incluirla en el tráiler, cuando es, con toda seguridad, la peor escena de toda la película.
Por otra parte, los leves (y destacados) toques de comedia (apariciones especiales incluidas) harán las delicias de los seguidores del director manchego, volviendo a recordarnos que su género de escritura preferido es la comedia (aunque no haya vuelto a alcanzar las cotas de Mujeres al borde de un ataque de nervios), ya que demuestra estar suelto y desinhibido para escribir diálogos caricaturescos e hilarantes sobre hechos dramáticos de la vida.
La piel que habito vuelve a absorber al espectador dentro del mundo de Pedro Almodóvar, pero, esta vez, dentro de un mundo más adulto, más curtido y menos pedante; aunque, no por ello, menos rocambolesco, menos imaginativo o menos fiel a las obsesiones sexuales que tanto le aterrorizan.

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