La película documental ‘Llora el manglar’ ofrece esperanzas para el cambio

Las críticas de David Pérez  “Davicine”: Llora el manglar

El cine siempre ha servido para llegar a la gente de una forma fácil y rápida, con gran difusión, motivo por el que el cine documental tiene un gran valor, pues permite acercar a un mayor público una mirada hacia las vulneraciones de los derechos, bien económicos, sociales, culturales e, incluso, ambientales. Ayuda a que en muchos países se evidencie la situación que viven plasmando en imágenes situaciones de la vida cotidiana de forma real y no ficticia.

El cine documental, por tanto, es una pieza clave para ayudarnos a reflexionar e involucrarnos en la lucha contra las desigualdades, entre otras cosas, pero al tener implícita la palabra “cine”, también debe poseer lo que pedimos a una producción cinematográfica, es decir, un buen guión, calidad de imagen, buena postproducción, una banda sonora acorde a lo que vemos y, sobre todo, que nos llegue su mensaje.

En estos momentos vivimos en una época en el que la calidad del cine documental está alcanzando las cotas más altas vistas hasta ahroa, y muchos de ellos han llegado a entrar en grandes ceremonias cinematográficas, como es el caso de Inside Job, ganador del Premio Óscar Mejor Documental en 2011.
Siguiendo la estela de sus predecesores, nos encontramos con Llora el Manglar, un  documental del guionista y director vallisoletano Leandro Velasco que narra la lucha de la Comunidad de Olmedo, una aldea de población afroecuatoriana, contra una empresa camaronera cuya presencia ha significado la destrucción del ecosistema y de los medios de vida de la comunidad.
Desde el primer momento nos sorprende la calidad del documental, a través de una bella introducción del escritor Gustavo Martín Garzo, acompañada por una impoluta y atractiva animación que bien podría, por si sola, formar un corto animado de clara crítica social y fácil difusión. En una era en la que la animación tiende a buscar la tridimensionalidad, la espectacularidad y dejar asombrado al espectador, el documental muestra una animación bella y minimalista, en la que unos simples trazos nos hacen viajar por el mundo hasta llegar al manglar, mostrandonos lo que allí sucede.
Tras ese “acogedor” inicio, y a través de una banda sonora muy bien elaborada y seleccionada, nos trasladan al manglar, de la mano del propio director, también protagonista en primera persona de lo que allí acontece. La sucesión de planos de naturaleza se mezclan con las imagenes de la Comunidad de Olmedo enlazadas con la voz en off del propio Leandro y las entrevistas realizadas a los afectados del “atentado natural” que allí se está viviendo.
Hay muchas formas de realizar un documental, pero aquí se ha optado por conocer los sucesos de mano de los habitantes de la zona, quienes nos narran como era su pueblo en el pasado, su vida, su economía, viviendo en franca armonía con una naturaleza espléndida, y como la llegada de la compañía camaronera ha hecho que su habitat se transforme, desaparezca gran parte de la flora y fauna de la zona, el pescado comience a escasear, el río que alimentaba a sus hijos haya sido desplazado hacia las piscinas “artificiales” creadas para la cría del camarón y el paraíso natural en el que vivían esté amenazado de muerte, como la vida de los pueblos del manglar.
Ciertamente no necesitamos grandes estrellas del celuloide para que una historia trasmita, pues obviamente la gente que aquí nos habla nunca ha tenido contacto con las grandes producciones, nunca han estudiado interpretación, y son sus sentimientos, su rabia hacia lo que les estan haciendo sufrir, lo que logra empatizar con nosotros.
Quizás no podamos juzgar a este documental con el mismo rasero que a otros, pues la historia de esa lucha, repleta de amistad y hermandad para salir adelante, nos traslada a las penurias que allí se viven, poniéndonos en la piel de este pueblo, que nos emociona con sus historias y nos hace sentir que necesitamos hacer algo para que no siga sucediendo este acoso a muchos con el único fin de lucrarse unos pocos. El director ha sabido como plasmar en pantalla todo lo que él allí ha sentido, apreciándose el cariño que tiene por la zona y la gente de esta aldea de población afrodescendiente asentada junto a los bosques de manglar.
Amplios planos nos muestran las maravillas naturales de la zona, como si de un documental de National Geographic se tratara, pero han sabido encontrar el equilibrio entre belleza y destrucción natural para que disfrutemos de esta historia sacando lo mejor de los habitantes de la zona, en su lucha diaria por sobrevivir.
Un trabajo que merece la pena divulgar, del que hay que saber extraer enseñanzas, que nos hace reflexionar y nos permite unirnos a la causa a través de lloraelmanglar.org, para que no se quede en el mero visionado de un suceso, que no es aislado, y del que podemos hacer algo por mejorarlo. ¿No queríamos el cine del futuro? Pues ésto es cine interactivo en el que podemos participar apoyando la iniciativa.

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