Quinta jornada en el Festival de San Sebastián

Tras el paso de Julia Roberts por el Festival de San Sebastián, ayer todo volvió a la tranquilidad, con proyecciones excepcionales y sin todos los medios descontrolados.
Queremos destacar la presentación de Elisa K, de Judith Colell y Jordi Cardena. En ella se nos presenta a Elisa, que cumplirá once años en verano, y le gusta su nuevo vestido blanco con lazos azules. Pero falta muy poco para que todo deje de tener importancia. El amigo de su padre la ha hecho llorar y después le ha dicho: “Si dejas de llorar te regalaré una pulsera de plata”. Nadie se da cuenta de lo que ha pasado. Elisa está un poco extraña y nada más. Hasta que pasan catorce años, cuatro meses y algunos días, y llama a su madre para decirle, asustada: “Ayúdame, acabo de recordar una cosa horrible”. Es una pena que la crítica se la haya comido, admitiendo que le sobra más de media hora de película, sobre todo teniendo en cuenta que no llega ni a una hora y veinte de duración.
Por otro lado llegó la película noruega Home for Christmas, de Bent Hamer. Película de historias cruzadas basado en una selección de historias cortas de la colección Bare mjuke pakker under treet (Dejad regalos suaves debajo del árbol), del autor noruego Levi Henriksen. Este villancico moderno nos traslada a la pequeña ciudad imaginaria noruega de Skogli, varios personajes que representan una amplia gama de edades y clases sociales se entrecruzan, mezclando el humor con la tragedia, la ternura con la desesperación, abiertos al perdón y a la esperanza. Las diferentes historias tocan todos los aspectos de la convivencia y exploran el amor a cualquier edad y en todas sus fases, desde el nacimiento a la muerte. El público la ha recibido bien, aunque la crítica no ha salido emocionada de las proyecciones.

Fuera de concurso, se pudo ver la película Bulgara Shelter, de Dragomir Sholev, donde se nos presenta a Rado, de 12 años, hijo del entrenador de waterpolo Stoychev, quien se ha hecho casi punk. Stoychev cree que ha sido un buen padre y no entiende que su hijo quiera marcharse de casa con los primeros punkies que ha conocido en la calle. Una curiosa forma de plantearnos la pregunta ¿Qué haríamos si nuestro hijo de 12 años se va un fin de semana sin avisar y regresa acompañado de un par de punkis de los que dice ser amigo íntimo? Curiosa es, al menos, la propuesta.

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