54 SEMINCI: Sexta jornada (V). Excusas para no afrontar ‘La vergüenza’

Las críticas de Carlos Cuesta en Seminci: La vergüenza

Divertido y profundo primer largometraje del director y guionista David Planell el que ofreció en la sección Spanish Cinema de Seminci. La vergüenza tiene lo mejor de los diálogos y la naturalidad española y posiblemente nada de lo malo, al servicio de una historia sobre la responsabilidad, la madurez, la sinceridad, los secretos y, por supuesto, la vergüenza. 

Pepe (Alberto San Juan) y Lucía (Natalia Mateo), es una pareja que se ve incapaz de controlar al niño que han adoptado. La supuesta hiperactividad del chico, su mal carácter, sus consecutivas adopciones fallidas y la angustia de los padres, sumada a sus propias taras (a veces físicas y otras veces basadas en la pura inmadurez y el egoísmo), son los puntos sobre los que pivota una narración con humor, múltiples giros de la trama, diálogos inteligentes, vivos unas veces y otras hilarantes.

Aunque Plantell juega a unir lo que ocurre en la escena a otro nivel simbólico que refleja el interior de los personajes, no se pierde en complejas metáforas a las que el cine español nos tiene acostumbrados. Dos nudos clave que al final se resolverán son el corte de agua en el edificio como reflejo del propio bloqueo mental y la asfixia de los personajes, y un segundo, la aparición de dos peces (que darán lugar a una sensacional escena y divertida en la que Pepe trata de salvarles la vida a toda costa) como comparación de dos personas perdidas dando vueltas sin llegar a una solución.

Es difícil explicar las tramas abiertas en la producción sin desvelar por completo el final, pero valga decir que en una de ellas el personaje de la asistenta peruana (que comparte nacionalidad con el hijo), interpretada fantásticamente por Norma Martínez, muestra su entendimiento con el chico, y le planteará la posibilidad de conocer a su verdadera madre, alterando potencialmente el futuro de la pareja y su decisión de mantener al niño en el hogar. Las escenas más graciosos, no exentas de drama por la vergüenza que pueden llegar a provocar a los personajes, son los múltiples reflejos del egoísmo, del error a la hora de escoger las prioridades; la búsqueda de la razón sin más argumentos que encubiertos deseos personales, miedos y traumas. 

En ese aspecto, se hace querer el personaje de Alberto San Juan, más que ambiguo atrapado en su propia inmadurez, en sus aficiones infantiles, mientras lo más importante de la vida se le escapa. Quiere mostrarse razonable y coherente cuando plantean la posibilidad de no hacerse finalmente cargo del niño, pero detrás de todo ello anida un espíritu de comodidad. El actor, divertidísimo. Por la parte de la interpretación Natalia Mateo, si se quiere mostrar más honesta y comprometida, detrás de su postura se esconde una madre negligente.

Medias verdades, el pánico de no sobrevivir al día a día, la vergüenza por un pasado que condiciona su existencia, irán aflorando poco a poco hasta el juego definitivo de la verdad en la que ambos descubren que deben replantearse su vida más allá de la adopción. En definitivo, historia compleja, con una narración que mantiene en suspense al espectador hasta el último momento.

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