Las críticas de Laura Zurita:
NAZA
Durante una serie de encuentros secretos, celebrados de noche en las azoteas de Tel Aviv, 24 miembros de los servicios de inteligencia y del ejército israelí hablan sobre los sistemas utilizados para localizar objetivos en Gaza y sobre los procedimientos que permiten calcular y asumir de antemano la muerte de civiles. A través de sus testimonios, el documental reconstruye los mecanismos de una maquinaria de vigilancia y destrucción que convierte la muerte de personas en una variable más dentro de una operación militar.
Dirección y guion: Yuval Abraham y Rachel Szor. Documental. Distribución en España: Elástica Films. Estreno en España: 9 de octubre de 2026.

Visionado doloroso
NAZA es una película difícil y angustiosa. Nos obliga a mirar de frente algo que sigue siendo negado. Yuval Abraham y Rachel Szor, dos de los cuatro cineastas de No Other Land (Basel Adra, Hamdan Ballal, Yuval Abraham y Rachel Szor, 2024), ponen el foco en quienes perpetran los crímenes que vimos en esa película. Esas personas explican con tranquilidad cómo funciona un sistema que convierte a personas indefensas en NAZA.
NAZA nezek agavi, «daño colateral», es un término usado en el ámbito militar israelí para referirse al número de civiles cuya muerte se calcula como consecuencia de un ataque. La palabra deshumaniza a las personas transformándolas en una cifra dentro de los parámetros de una operación. Es neolengua orwelliana en estado puro: un asesinato se convierte en un procedimiento.
Los directores de NAZA entrevistan a 24 militares y miembros de los servicios de inteligencia israelíes que permanecen en el anonimato. Las conversaciones tienen lugar de noche, en azoteas de Tel Aviv, y sus rostros y voces han sido alterados para proteger sus identidades. La elección del espacio es extraordinariamente eficaz. Mientras los entrevistados hablan de vigilancia, objetivos, algoritmos, órdenes y ataques, detrás de ellos aparece una ciudad donde la gente de bien vive sus tardes y sus noches de espaldas a lo que sucede en otra ciudad cercana. Hay a la vez paralelismo y desconexión entre quienes viven seguros y cómodos en Tel Aviv y quienes mueren bombardeados.
También se nos recuerda cómo se hacen desaparecer las ciudades bombardeadas, fingiendo que allí nunca vivió nadie, de manera paralela a la idea de que, antes de Israel, el territorio estaba vacío, una mentira tan extendida que se ha convertido en mito.
Es difícil conectar con los entrevistados. En algunos se percibe la sombra de la culpa, pero la mayoría se justifica, y algunos parecen no ver el problema en que mueran inocentes, si las órdenes han sido dadas. Casi nadie asume responsabilidad por lo que hacía. Cuando la muerte está tan sistematizada, la responsabilidad pasa de mano en mano como una falsa moneda y al final nadie responde de nada. Resulta tan sorprendente como estremecedor ese modo, quizá una forma de supervivencia, de separar los actos de la responsabilidad individual.

Ocultamiento nocturno
En lugar de limitarse a mostrar las consecuencias de la violencia, como hacía No Other Land, NAZA intenta explicar lo que conduce a ellas. Hay imágenes de Gaza y de sus víctimas, pero no son el centro. Ya hemos conocido a las víctimas; ahora toca entender qué hace posible que algo así se acepte con tranquilidad. La mayor parte del horror se nombra con tranquilidad, y eso hace que ciertos testimonios resulten mucho más difíciles de asimilar que una sucesión de imágenes explícitas.
La puesta en escena contribuye decisivamente a ello. Las grabaciones nocturnas de NAZA tienen un doble propósito: facilitar que no se vean las caras, de un modo muy fotogénico incluso en tiempos de inteligencia artificial, y subrayar el ocultamiento y el secretismo de los testimonios, algo que se hace a pesar de estar prohibido.
La película es muy rigurosa en su exposición, y trata con respeto a los entrevistados. Es una decisión comprensible, porque el objetivo es investigar el funcionamiento del aparato militar desde quienes participaron en él, sin negar la humanidad de las personas enredadas en el mecanismo de la muerte. Se refuerza el valor de los testimonios, de desconocidos, que no los alienamos y los reconocemos como personas.
NAZA parte de informaciones publicadas entre 2023 y 2025 por The Guardian, +972 Magazine y Local Call, tras entrevistar a un centenar de fuentes durante la investigación. Según la producción, los testimonios se han verificado con documentos clasificados y otras fuentes periodísticas. Han tenido cuidado de ser serios con sus fuentes, para que la emoción sea compatible con el rigor.
Se evita el hastío de lo redundante, haciendo del terrible material una forma cinematográficamente relevante. NAZA no se limita a ilustrar información ya conocida, sino que encuentra una forma cinematográfica de contar. La oscuridad, el anonimato, las azoteas, la distancia respecto a Gaza y la serenidad de las imágenes contrastan con la naturaleza de los hechos relatados. Habla de una maquinaria de muerte en un entorno paradójicamente civilizado.
NAZA obtuvo el Premio Especial del Jurado en el Festival de Venecia, donde se presentó en competición. El reconocimiento resulta comprensible, no solo por la relevancia de su contenido, sino sobre todo por convertir datos e información en una experiencia visual angustiosa que atrapa y resuena.
En resumen, NAZA es una película dolorosa pero gestionada con sobriedad. Los directores entrevistan a quienes explican con naturalidad cómo funciona el sistema, y hablan de asesinar a niños de pocos meses como algo normal y rutinario hiela la sangre. El espanto atenaza al espectador sin necesidad de ver sangre.
¿Qué te ha parecido la película NAZA?
Descubre más desde No es cine todo lo que reluce
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.





























