Los artículos de Daniel Farriol:
El oficio de ser otro: A propósito de ‘El debut’ y otras visiones del cine sobre los actores

Aplausos improvisados
Una de las películas más destacadas de la pasada edición del Festival de San Sebastián fue El debut, de Jesse Eisenberg, una comedia dramática sobre una tímida ama de casa que, de la noche a la mañana, se convierte en actriz de musicales. Habrá que esperar hasta el 29 de enero del próximo año, fecha prevista para su estreno comercial en España de la mano de Wanda Visión, para comprobar si la película es capaz de obtener el beneplácito de la taquilla y, sobre todo, si el público respalda la más que probable nominación al Oscar de su protagonista, Julianne Moore.
En todas las sesiones que hubo durante el festival donostiarra se produjo un fenómeno tan inusual como espontáneo que merece destacarse incluso por encima de las propias cualidades de la película: el público aplaudió al final de una escena, en mitad de la proyección. Es algo insólito y reconfortante que he vivido pocas veces en una sala de cine y que reafirma aquello tan manido de la experiencia colectiva del cine, donde es posible compartir una misma emoción con personas desconocidas. Mirando atrás, también pude sentirlo durante una proyección de La posesión, de Andrzej Żuławski, en el Festival de Sitges, tras el memorable tour de force interpretativo de Isabelle Adjani en la secuencia del metro.

El método que quema
Moore interpreta en El debut a Mona Friedman, una mujer ninguneada en la vida cotidiana por su familia y sus amigos que encuentra en su vocación artística una manera de reivindicarse como mujer en la Nueva Jersey de los años noventa. Sin embargo, la mala baba del texto escrito por Eisenberg hace que también se planteen otras cuestiones que van mucho más allá del culto a la superación personal.
La protagonista se presenta al casting para escapar de la rutina, pero no sabe actuar. La fortuna y las casualidades le brindan una oportunidad única de formar parte del elenco del musical cuando la actriz prevista para el papel renuncia a pocas fechas del estreno. Jerry, el director interpretado por Paul Giamatti, asume a regañadientes que debe moldear a una actriz sin talento para conseguir extraer algo de verdad de su interpretación. La sorpresa para todos es que Mona se implica hasta la extenuación: es su única salida de una vida gris y se aferra a ella como a un clavo ardiendo, sin miedo a quemarse.
La aprendiz se transforma en una «actriz de método», pierde el sentido de la realidad y acaba convirtiéndose literalmente en su personaje, lo que provoca un choque de intereses con el director y con el resto del elenco de la obra. La película es una divertida sátira, pero también pone de manifiesto muchos aspectos reales de la competitividad existente en el mundo de la interpretación, así como la manera en que las aspiraciones personales y el ego de los actores pueden afectar al trabajo colectivo.

El terror como refugio de las metáforas sobre la identidad
No es la primera vez que el cine retrata la neurosis de los artistas. De hecho, recientemente podemos encontrar diversas películas que utilizan esta cuestión como eje central de la narrativa, sobre todo en el cine de género. Una de las más memorables, y con muchas similitudes con El debut, es Pearl (2022), la segunda parte de la trilogía de Ti West sobre el lado oscuro del sueño americano. Ambientada en 1918, cuenta la historia de una joven granjera que, al igual que Mona, sueña con convertirse en actriz de musicales para escapar de su infelicidad, pero que, tras recibir la negativa de los directores de casting, se transforma en una psicópata despiadada.
Ambientada en la escena musical de Los Ángeles encontramos Frankie, Maniac Woman (2026), de Pierre Tsigaridis, protagonizada por una mujer con sobrepeso que adopta la misma catarsis sangrienta para luchar contra la misoginia y el culto a la imagen. En el mundo de la danza tenemos como ejemplo Cisne negro (2010), de Darren Aronofsky, donde una bailarina explora su sexualidad y sus instintos más oscuros para conectar con su personaje. Y, en otra disciplina artística como la pintura, me viene a la memoria la alucinógena Bliss (2019), de Joe Begos, en la que una pintora con bloqueo creativo encuentra la inspiración en la adicción a las drogas, con un frenesí vampírico como efecto secundario…

La trituradora de Hollywood
Cualquier artista en ciernes está sometido a la presión, a la inestabilidad económica, a la búsqueda de la perfección y a la salvaje lucha competitiva por destacar sobre los demás. Al menos, eso es lo que aprovechan los guionistas para construir sus historias. Lógicamente, no siempre es así y, en muchos casos, se exagera con fines dramáticos. Por suerte, la mayoría de los actores y actrices son felices con lo que hacen y no son psicópatas en potencia; de lo contrario, el mundo estaría al borde del colapso si asumiéramos como cierta aquella frase de «todos los camareros son, en realidad, actores esperando su gran oportunidad».
Para lo que sí sirven las películas sobre actores que utilizan el terror como catalizador es para sacar a relucir muchas cuestiones sociales que nos atañen a todos. Si leemos entre líneas, muchas de las películas citadas hablan de la condición humana, de traumas e inseguridades que pueden extrapolarse a cualquier otra profesión.
Por ejemplo, en Ugly Cry (2026), de Emily Robinson, una joven actriz decide operarse la cara después de ser rechazada porque le dicen que sale fea en cámara cuando llora. Tras todas esas mujeres enloquecidas —curiosamente, la mayoría de los ejemplos hacen referencia a personajes femeninos— se oculta el miedo al rechazo y se destapa la toxicidad de Hollywood y de la industria musical a la hora de descubrir talentos en función de unos cánones de perfección y belleza impuestos por una sociedad dominada por el «like», cánones que no todos somos capaces de cumplir.
Desde el surrealismo, David Lynch retrató esa toxicidad del universo hollywoodiense en la icónica Mulholland Drive (2001), mediante una historia que lleva al extremo la fuga psicogénica que sufren los actores al transformarse en sus personajes, por eso la primera parte de la película está contada desde el punto de vista de una actriz fracasada que fantasea con lo que le hubiera gustado que sucediera, pero todo es falso.

«Miedo, ansiedad y neurosis»
«Miedo, ansiedad y neurosis: eso es lo que llevas en la maleta cuando eres actor», dijo en una entrevista la actriz Laura Linney.
La confusión entre la persona real y el personaje, llevada al extremo, es un tema recurrente que encontramos desde la Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses (1950), de Billy Wilder, bajando por las escaleras en busca de la cámara, hasta el tono de comedia de Tootsie (1982), de Sydney Pollack, donde un actor en paro se disfraza de mujer para obtener un papel protagonista en una telenovela y acaba despertando el interés romántico de un hombre viudo.
Pero a veces esa ambigüedad identitaria no corresponde al propio actor, sino a la visión externa que los demás tienen de él. Así lo refleja maravillosamente La condesa descalza (1954), de Joseph L. Mankiewicz, donde el personaje creado por los medios de comunicación acaba ensombreciendo a la persona, algo que también les ocurrió en la vida real a Ava Gardner y Marilyn Monroe. Esta última llegó a decir: «Soñar con ser actriz es más excitante que serlo».
La identidad del actor se diluye al transformarse constantemente cuando actúa: un actor vive mil vidas. El problema aparece cuando se apagan los focos y la verdadera identidad del intérprete le es arrebatada fuera de las pantallas y los escenarios por los fans, la opinión pública, las fake news o las expectativas de los demás. Que se lo digan al protagonista de A Different Man (2024), de Aaron Schimberg, donde un actor con neurofibromatosis recibe un tratamiento médico experimental que cura su condición, pero comienza su particular descenso a los infiernos cuando otro actor con la misma enfermedad le arrebata todo aquello que desea poseer en su vida, hasta el punto de hacerle arrepentirse de haberse operado.
La búsqueda de la perfección, que conlleva la renuncia a una vida normal, es otro de los aspectos habituales en la representación de la profesión del actor y está presente en Kokuho. El maestro del kabuki (2025), de Sang-il Lee, donde el hijo de un líder yakuza se convierte en el mejor onnagata —intérprete de personajes femeninos— a base de una disciplina y un sacrificio obsesivos.
También han proliferado recientemente historias que plantean la dificultad de las relaciones familiares y sentimentales en el mundo artístico. En La ciudad de las estrellas (La La Land) (2016), de Damien Chazelle, se renuncia al amor en pos del éxito; en Valor sentimental (2025), de Joachim Trier, y en El ser querido (2026), de Rodrigo Sorogoyen, las maltrechas relaciones paternofiliales provocan el caos durante el rodaje de una película.

Cuando las luces se apagan
Pero, volviendo a El debut y al personaje de Mona Friedman, en realidad nos encontramos ante alguien que descubre su propia voz en el mundo después de llevar toda una vida silenciada. Esa metamorfosis es algo bonito y emocionante de presenciar en pantalla. Se lo comentaba a un compañero de prensa después de ver la película: más allá de las risas que me había provocado, me había emocionado. Ser actor es un ejercicio de generosidad y de valentía que no siempre se aprecia como tal.
El éxito puede hacerte perder de vista quién eres y las luces de neón pueden confundirte durante el proceso. Ya lo dijo Marlon Brando: «Un actor es una persona que no te escucha a menos que estés hablando de él». Pero también hay una recompensa al final de la transformación cuando se alcanza el equilibrio y se disfruta de la profesión, como expresó Charlton Heston: «Estoy muy agradecido; como actor, no he vivido una vida, sino muchas».
En ese sentido, El debut me parece una preciosa reivindicación del oficio del actor, de la profesionalidad y de la exigencia que conlleva un trabajo que va mucho más allá de hacerse fotografías en la alfombra roja. Lástima que vivamos en un mundo tan superficial que eso sea lo único que parece interesar a los medios cuando ofrecen cobertura de los festivales de cine. En mi caso, prefiero quedarme con el aplauso improvisado que recibió una actriz que ni siquiera estaba presente en la sala para escucharlo.
¿Qué te ha parecido la película ‘El debut’?
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