Crítica de ‘El beso de la mujer araña’: Escapando a la fantasía

Las críticas de Laura Zurita:
El beso de la mujer araña

Valentín, un preso político, comparte celda con Molina, un escaparatista condenado por escándalo público. Surge un vínculo entre ellos mientras Molina relata la trama de un musical de Hollywood protagonizado por su diva favorita, Ingrid Luna.

El beso de la mujer araña está escrita y dirigida por Bill Condon, basada en la novela de Manuel Puig y en el musical de Terrence McNally. En el reparto encontramos a Jennifer Lopez, Diego Luna, Tonatiuh, Bruno Bichir, Josefina Scaglione y Aline Mayagoitia, entre otros.  La película se estrenó en España el 15 de mayo de 2026, distribuida por Sony Pictures Entertainment Iberia.

Rutilante y camp

El beso de la mujer araña ocupa un lugar fundamental dentro de la literatura hispanoamericana. La novela de Manuel Puig no solo era revolucionaria por lo que contaba, sino también por cómo lo contaba: una obra construida a partir de voces, relatos fragmentados, películas imaginadas y personajes que sobrevivían refugiándose en la ficción. Su capacidad para mezclar política, deseo, identidad y cultura popular sigue siendo extraordinaria décadas después de su publicación.

Aquella novela dio lugar a una excelente adaptación cinematográfica en 1985, dirigida por Héctor Babenco y protagonizada por William Hurt, Raúl Juliá y Sonia Braga, además de múltiples versiones teatrales y musicales. La película de Babenco entendía muy bien la dureza política y emocional de la historia, manteniendo siempre la tensión entre la fantasía escapista y la brutalidad de la realidad carcelaria.

Esta nueva adaptación toma un camino bastante distinto. Más que centrarse exclusivamente en la relación entre los dos hombres encerrados en la celda, la película decide introducir constantemente al espectador dentro del universo cinematográfico que fascina a Molina, uno de los personajes protagonistas. Y toda la obra termina impregnándose de ese espíritu.

Aquí la prisión no aparece como un lugar completamente asfixiante. Incluso en sus momentos más duros, la película suaviza la violencia y convierte la celda en un espacio casi acogedor a su manera, suspendido en una especie de irrealidad melancólica. Esa decisión cambia profundamente el tono respecto a versiones anteriores. La dureza política sigue presente, pero queda parcialmente desplazada por el artificio, el musical y la evocación romántica de un cine clásico idealizado.

Rutilante y camp

Y El beso de la mujer araña es consciente de ello. Molina habla constantemente de esas películas que recuerda a medias e inventa a medias, como si la memoria y la fantasía fueran ya inseparables. Uno de los elementos más interesantes de esta adaptación es la recreación de un mundo imposible de tecnicolor, donde los personajes de las películas terminan mezclándose con los presos reales. Poco a poco, los rostros, las voces y las emociones empiezan a confundirse. La ficción invade la cárcel porque es la única forma que tienen algunos personajes de soportarla.

Visualmente, esta adaptación se lanza por completo a esa idea y se complace en secuencias rutilantes como si realmente pertenecieran a un viejo musical hollywoodiense, lleno de decorados irreales, luces suaves y glamour artificial. Hay momentos donde parece que la película quisiera vivir permanentemente dentro de ese sueño cinematográfico, evitando regresar del todo a la realidad.

El beso de la mujer araña empuja quizás demasiado la relación de los presidiarios hacia lo romántico, sobre todo en los momentos finales. Hay momentos donde el vínculo parece más idealizado y sentimental que en otras adaptaciones, suavizando parte de la incomodidad y ambigüedad emocional que hacía tan poderosa la obra original. Aun así, sigue funcionando la idea central casi paradójica, la de dos personas sometidas a presión extrema que aprenden poco a poco a mirarse de otra manera.

El núcleo emocional y político de la novela sigue ahí. La represión, la soledad, el deseo y la necesidad de imaginar otros mundos continúan atravesando toda la historia. Pero esta adaptación parece mucho más interesada en los sueños que en la propia cárcel y en el refugio emocional del cine que en la violencia política que rodea a los personajes, y se vuelve menos dura, menos incómoda y quizá también menos devastadora. Pero también más abiertamente melancólica, más enamorada del artificio cinematográfico y de esa idea profundamente humana de utilizar las historias para sobrevivir.

Interpretaciones encomiables

El trabajo de los tres protagonistas es encomiable. El beso de la mujer araña encuentra en ellos su principal sostén emocional y también su dimensión más ambigua.

Diego Luna dota a Valentín Arregui de una rigidez casi dolorosa: un hombre encorsetado dentro de su propia idea de revolucionario, incómodo en su piel, incapaz de entregarse del todo incluso cuando el deseo y la vulnerabilidad comienzan a abrir grietas en su discurso político. Su interpretación transmite la sensación de alguien que ha aprendido a sobrevivir reprimiéndose constantemente.

Por su parte, Tonatiuh da a Luis Molina el punto justo de frivolidad aprendida, como si hubiera construido su identidad a partir de gestos heredados del cine clásico y de las divas que admira. Pero, poco a poco, va dejando entrever a una persona mucho más consciente, sensible y herida de lo que aparenta en un principio. Su evolución está llena de pequeños matices y miradas contenidas.

Y luego está Jennifer López, en una versión deliberadamente exagerada y glamourosa de sí misma, como una diva salida del Hollywood dorado. La actriz entiende perfectamente el tono camp de sus apariciones y se luce en esa artificialidad teatral, jugando con el exceso, la sensualidad y la nostalgia cinematográfica. El trabajo de los tres intérpretes es, probablemente, lo mejor de la película.

En resumen, El beso de la mujer araña transforma parte de la crudeza de la obra original en un musical melancólico y fantasioso sobre el poder de la imaginación. No siempre logra equilibrar el artificio con el conflicto político y emocional de fondo, y a veces suaviza demasiado las aristas más incómodas de la historia, pero conserva intacta la idea más importante de Manuel Puig, que, incluso en los lugares más oscuros, las personas siguen necesitando soñar.


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El beso de la mujer araña

6

Puntuación

6.0/10

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