Crítica de ‘Todo lo que nunca fuimos’: Hecha para los fans de los libros

Las críticas de Laura Zurita:
Todo lo que nunca fuimos

Leah, una joven aspirante a pintora, está destrozada. Desde el trágico accidente que se llevó a sus padres se ha convertido en una sombra de lo que solía ser. Cuando a Oliver, el hermano mayor de Leah, le ofrecen un trabajo lejos de casa, le pide a su mejor amigo Axel que cuide de ella. Sin saber que Leah siempre ha estado enamorada de él y que la vida de ambos está a punto de cambiar radicalmente, Axel promete cuidar de ella. A medida que su atracción mutua crece, Leah y Axel deben decidir si reprimir su amor o dejar que suceda.

Todo lo que nunca fuimos está dirigida por Jorge Alonso, quien firma el guion junto a Sara Belloso, basado en la novela de Alice Kellen. En el reparto encontramos a Maxi Iglesias, Margarida Corceiro, Sebastián Zurita, Natalia Rodríguez, Richard Holmes, Clarice Alves, Armando del Río, Brigitte Fattah, Aimar Miranda y Alan Miranda, entre otros. La película se estrena en España el 5 de junio de 2026, distribuida por Warner Bros. Pictures España.

Previsibilidad y gramática-ficción

Todo lo que nunca fuimos sucede en un país difícil de determinar. Sabemos que hay mar, playas, buen clima durante todo el año y una sensación permanente de primavera. Después de leer la novela de Alice Kellen en la que se basa, claro que el referente es Australia, pero la película evita concretarlo. Todo ocurre en una especie de mundo idealizado, agradable y luminoso, donde parece imposible que la realidad llegue a resultar demasiado incómoda.

Al comienzo de la película, una tragedia rompe la vida de una familia. Los padres de Leah fallecen repentinamente en un accidente de tráfico y la joven queda sumida en un profundo duelo. Su hermano Oliver decide marcharse temporalmente por motivos laborales y la deja al cuidado de Axel, su mejor amigo, un mujeriego encantador con el que Leah ha mantenido durante años una relación ambigua. La situación deja bastante claro desde el principio cuál será el camino que seguirá la historia.

Todo lo que nunca fuimos avanza sin apenas sorpresas ni tensión dramática. Estamos ante una novela romántica juvenil trasladada a la pantalla con bastante fidelidad, lo que implica también que el tratamiento de cuestiones complejas, como el duelo o la salud mental, está pensado para un público adolescente. Todo se aborda desde una perspectiva pedagógica, sencilla y poco conflictiva. Leah utiliza el amor, la pintura y las relaciones personales como herramientas para reconstruirse emocionalmente, pero la salud mental acaba funcionando más como un mecanismo narrativo que como un tema verdaderamente explorado.

La sensación de artificialidad flota sobre el guion. Da la impresión de que se ha trasladado la novela casi directamente a la pantalla sin preguntarse si ciertos diálogos funcionan en un contexto realista. Los personajes hablan de una manera extraña, excesivamente elaborada y poco natural. Algunas frases producen desconcierto. Cuando uno de ellos invita a «celebrar mi veinte cumpleaños», el resultado suena más a una traducción automática mal revisada que a una conversación entre personas reales. En varios momentos tuve la sensación de estar escuchando un texto que no había terminado de encontrar su forma definitiva.

La película tiene serios problemas de estructura. Algunos personajes aparecen para cumplir una función concreta y desaparecen después sin dejar huella. Aspectos importantes de la vida quedan completamente desdibujados. No sabemos realmente en qué trabaja Axel, cómo ha construido la cómoda vida que lleva o cuál es su contexto académico de Leah, pese a que son elementos que deberían ayudar a comprender mejora los personajes. Todo parece existir únicamente cuando resulta útil para la trama romántica.

Dirección plana y funcional

La dirección de Todo lo que nunca fuimos es plana y funcional. Cumple con la tarea de contar la historia, pero pocas veces intenta ir más allá. La puesta en escena recuerda constantemente a la de una serie contemporánea diseñada para pantallas domésticas. Hay pocos riesgos visuales y escasa personalidad. El paisaje funciona porque el paisaje siempre funciona. Hay mar, sol, cuerpos atractivos y una atmósfera de eterna juventud. Es agradable de ver, pero no basta para sostener una película. Una excepción son las secuencias de surf, donde sí aparece una cierta voluntad estética. Son escenas cuidadas, acompañadas por una banda sonora agradable y fotografiadas con la intención de transmitir belleza y libertad. Durante esos momentos la película parece despertar un poco.

El resto del tiempo la realización es monótona y rutinaria. Resultan especialmente llamativos algunos enfoques y desenfoques que aparecen de forma recurrente. Quizá pretendan expresar el estado emocional de los personajes o constituir una marca autoral, pero su función narrativa nunca termina de quedar clara. Más que aportar significado, distraen.

Las interpretaciones tampoco ayudan demasiado. Margarida Corceiro posee la apariencia física que el personaje necesita, pero su trabajo resulta plano y transmite muy poco sentimiento. Leah atraviesa un proceso emocional intenso y, sin embargo, su actuación no transmite esa intensidad. Maxi Iglesias termina echándose la película a los hombros porque alguien tenía que hacerlo. Ni el guion ni la dirección lo ayudan a aportar algo de vida a un conjunto bastante apagado. Tampoco se puede pedir demasiado a unos actores obligados a defender diálogos tan poco inspirados. La mayoría de los personajes hablan de manera artificial, como si estuvieran recitando frases concebidas para una novela y no para una conversación. Esa distancia termina afectando a la conexión con la película.

Quizá quienes hayan disfrutado de los libros encuentren aquí exactamente lo que esperan. De hecho, tengo la impresión de que la película está dirigida sobre todo a ellos. Conocer la novela ayuda a comprender mejor algunas decisiones narrativas y probablemente permite rellenar vacíos que la adaptación deja abiertos.

Como espectadora que ha accedido únicamente a la película, me he encontrado con una obra sin demasiadas ambiciones, rodada con la estructura visual de una serie, narrada de forma previsible y construida alrededor de personajes poco desarrollados. Quiere hablar del duelo, de la salud mental y de la reconstrucción emocional después de una pérdida, pero lo hace de una manera superficial y rígida, sin alcanzar nunca la profundidad que esos temas exigen.

Todo lo que nunca fuimos es un producto para un público muy concreto, pero difícilmente memorable. Más allá de algunas escenas de surf visualmente atractivas y del esfuerzo de Maxi Iglesias por insuflar algo de energía al relato, no consigue distinguirse. Cumple su función, pero se queda en la superficie de todo aquello que pretende contar.


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Todo lo que nunca fuimos

4

Puntuación

4.0/10

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