Las críticas de Daniel Farriol en el AMFF 2026:
Hoja seca
Hoja seca (Dry Leaf / Khmeli potoli) es una drama georgiano que está escrito y dirigido por Alexandre Koberidze (¿Qué vemos cuando miramos al cielo?, Let the Summer Never Come Again). Lisa, una fotógrafa, desaparece. La última información sobre ella es que ha estado fotografiando estadios de fútbol en siete pueblos distintos por toda Georgia. Su padre, Irakli, decide buscarla y viaja a esos lugares. Levani, el mejor amigo de Lisa y una persona invisible, parte también para ayudar. A medida que el paisaje cambia de un estadio a otro, también cambian las personas y sus historias. La tensión crece en esas aventuras simples y a veces divertidas, mientras que cada campo de fútbol y cada pueblo recorrido parecen reducir las posibilidades de encontrar a Lisa.
Está protagonizada por David Koberidze, Irina Chelidze, Giorgi Bochorishvili, Otar Nijaradze, Vakhtang Panchulidze, Manu Tavadze, Giorgi Lazrishvilli, Natalia Gelashvili y Davit Jincharadze. Tras su paso por el Festival de Locarno y el D’A, desde el 24 de julio de 2026, la película se ha incluido como parte de la Sección Rebels de la programación del Atlàntida Film Festival, de la mano del Filmin.

Si quieres ser cineasta, no tires tu viejo móvil
Mientras veía Hoja seca me han venido a la mente unas declaraciones recientes que se volvieron virales del cineasta español Rodrigo Cortés sobre el cine de Christopher Nolan: «las películas de Nolan no solo son buenas, sino que parecen buenas. Hay algo en ellas, en sentirte interpelado, que te hace sentir inteligente como espectador». Algo parecido sucede con gran parte del cine de autor que encuentra su único refugio en la programación de festivales sesudos con la complicidad de espectadores gafapasta o el beneplácito de críticos de cine elevado que van comprando papeletas por si algún día les fichan en Cahiers du Cinéma.
La nueva película del georgiano Alexandre Koberidze tiene algo de todo eso, pese algunos aciertos y buenas intenciones. Y es que Hoja seca reúne algunas de las características necesarias para ser considerada una buena película de autor: voz narradora en tercera persona, duración de más de 3 horas, planos contemplativos hasta la exasperación y, algo absolutamente indispensable, un formato de pantalla que rompa con los cánones habituales del cine comercial. En este caso, el director opta por grabar toda su película con la cámara de vídeo de un viejo teléfono (el Sony Ericsson W595 del año 2008) para crear un formato recortado con una textura de baja resolución (320 x 240 píxeles a 15 fotogramas por segundo) que tras la proyección obligará a más de uno a pasar por el oculista.

¿Cómo encontrar a alguien invisible?
Se pueden buscar respuestas a esta decisión artística y encontrar ciertos paralelismos entre las imágenes de Hoja seca y el impresionismo pictórico de Claude Monet, y es cierto también que en muchos momentos la narrativa de Koberidze nos regala momentos hipnóticos, casi fantasmagóricos, pero la falta de un nexo argumental suficientemente potente que unifique todo el discurso narrativo de lo que sucede en pantalla hace que el visionado de los 186 minutos sea tan exigente como soporífero.
La trama es mínima. Irakli, incapaz de aceptar la desaparición de su hija, emprende un viaje para encontrarla. Lisa es fotógrafa deportiva y solo ha dejado atrás una carta en la que pide que nadie la busque. Podría ser el inicio de una película de suspense, pero nada más lejos de la realidad. La única pista que descubre Irakli sobre el paradero de su hija es que ella tiene entre manos un proyecto para una revista deportiva que consiste en fotografiar los campos de fútbol de pueblos georgianos recónditos. El suspense da paso entonces a una road movie atípica que podríamos emparentar con el cine de Abbas Kiarostami, pero con sus propios códigos narrativos. Para ese largo viaje, Irakli se alía con el mejor amigo de su hija, Levani, un tipo que se nos presenta literalmente como alguien invisible.
Ese surrealista detalle (nunca veremos a Levani, solo escucharemos su voz) también se repite aleatoriamente con algunos de los lugareños con los que se cruzan durante su periplo por los distintos pueblos de la Georgia profunda, personas invisibles en lo metafórico, pero en nuestras pantallas también en lo literal.

Contemplación rural
Poco más se puede contar del argumento. Durante el viaje, Irakli busca el campo de fútbol de cada pueblo y muestra la foto de su hija a los vecinos, repite la secuencia en cada pueblo, pero nadie reconoce haberla visto. Los campos suelen ser lugares inhóspitos donde el césped del terreno de juego es pasto para las vacas y otros animales. De algunas conversaciones y situaciones concretas se puede advertir un comentario social sobre la desertización creciente de las zonas rurales debido a la inestabilidad política y a los terremotos que asolaron el país a finales de los 80 y principios de los 90. Pero Hoja seca no es una película que parezca demasiado preocupada por esos temas.
Koberidze prefiere observar todo desde la distancia, sin involucrarse. La cámara escudriña el paisaje como si se tratase de un documental sobre la vida rural, deteniéndose en pequeños detalles y estirando los planos cuando el visor se cruza con una vaca pastando en el horizonte o con un perro tumbado en la hierba. La película se divide en dos partes, pero no existe una ruptura narrativa entre ambas, si acaso, la segunda se siente todavía más experimental con secuencias que exploran un lenguaje críptico en su plasmación visual de la naturaleza. Algo a destacar es la banda sonora compuesta por Giorgi Koberidze, resulta envolvente y misteriosa, potenciando al máximo la singularidad escénica de la película.
Hoja seca es la traducción de un término portugués ‘folha seca’ que describe en fútbol un tipo de golpeo de balón que desciende de manera abrupta al llegar a la portería. Una hoja seca es también la evidencia de algo que en su momento resplandeció, un símbolo de lo efímero de la vida y de la regeneración constante. Que cada uno saque sus propias conclusiones tras ver la película (si tienes la paciencia para hacerlo), pero más allá del evidente interés de algunos conceptos formales planteados, no seré yo quien encuentre sentido a sus 186 minutos, espero que por ello no me retiren el carnet de cinéfilo.
¿Qué te ha parecido la película ‘Hoja seca’?
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