Crítica de ‘La luz’: Alberto San Juan brilla en un papel difícil

Las críticas de Laura Zurita:
La luz

El querido párroco Manuel está dispuesto a dejar el clero y comenzar de nuevo, pero su pasado amenaza con salir a la luz. Debe afrontar las consecuencias y desafiar a la institución que lo protegió.

La luz está escrita y dirigida por Fernando Franco. En el reparto encontramos a Alberto San Juan, Ramón Barea, Miguel Rellán, Luis Callejo, Pedro Casablanc, Iñigo de la Iglesia, María Galiana, Font García, Pablo Gómez-Pando, Santiago Mayorga y Nacho Sánchez, entre otros.  La película se estrena en España el 5 de junio de 2026, distribuida por Walt Disney Studios Motion Pictures Spain.

La luz

Un sacerdote incómodo

La luz aborda la gestión institucional de los casos de abusos sexuales, que siempre ha sido tan opaca. La película navega por cuestiones incómodas como el encubrimiento, los traslados de sacerdotes y la diferencia entre el pecado y el delito, un relato que no quiere ser un alegato simplista. A diferencia de otras películas en la que se ha dado prioridad a la denuncia, en esta interesa observar cómo esas estructuras afectan a las personas concretas que viven dentro de ellas, viéndolos como seres humanos con complejidades y procesos internos, y no solamente como objetos de reproche.

La película eleva el vuelo gracias al gran talento de Alberto San Juan (Manuel), que construye un sacerdote que se siente incómodo hasta el extremo, un hombre que parece vivir en un estado de tensión moral y emocional. Incluso la manera en la que se mueve revela un acendrado autocontrol. La película muestra que Manuel madura y crece, conforme va quedando más claro para él lo que es y lo que quiere. A su alrededor, Pedro Casablanc, Miguel Rellán y María Galiana completan un reparto soberbio, con trabajos que dan carne y sangre a una historia construida sobre heridas y contradicciones.

El conflicto interior que ilumina La luz está muy bien construido. Como ocurre en algunas historias de ciencia ficción donde el pasado deja huellas invisibles que siguen actuando sobre el presente, aquí las decisiones, silencios y renuncias acumuladas durante años continúan condicionando cada paso del protagonista. El sacerdote entra en un largo proceso de reflexión que termina conduciéndolo hacia una decisión valiente, aunque no exenta de consecuencias dolorosas.

La casulla morada de la penitencia

La luz está plagada de símbolos y metáforas. La insistente presencia de la Semana Santa, determinados gestos que se repiten una y otra vez, la figura materna o el uso de la casulla morada (claro símbolo de arrepentimiento, penitencia y expiación) adquieren una dimensión que va más allá de lo narrativo. Son imágenes que regresan transformadas, construyendo una atmósfera cada vez más densa e incómoda. Cada elemento empuja al protagonista hacia una exposición progresiva de sí mismo, como si la película lo obligara a enfrentarse a todo aquello que parece empujado a olvidar.

Esa incomodidad alcanza también al espectador. No solo por el tema que aborda, sino por la manera en que lo hace. La película obliga a convivir con preguntas difíciles durante buena parte de su metraje. El protagonista se encuentra en un momento decisivo de su vida: abandonar los hábitos o continuar dentro de una institución que quiere integrarlo, controlarlo y silenciarlo. Lo que inicialmente parece una posible liberación, acaba revelándose algo mucho más complejo, en un proceso que abre nuevas dudas, nuevas responsabilidades y nuevas formas de dolor.

La dirección de Fernando Franco mantiene durante gran parte del relato una notable lucidez narrativa y una puesta en escena sobria y eficaz. Sin embargo, en su último tercio parece inclinarse más hacia el dramatismo y pierde parte de la claridad que había caracterizado el desarrollo anterior. También el desenlace, claramente simbólico, resulta menos fluido y convincente que el resto de la película, como si la historia necesitara subrayar algunas ideas que hasta entonces había sabido transmitir con mayor sutileza.

Aun así, La luz deja una reflexión valiosa sobre la responsabilidad individual, el peso de las instituciones y las consecuencias de enfrentarse a la verdad. También señala otro fenómeno muy contemporáneo, la facilidad con la que el anonimato permite juzgar a los demás de manera brutal y sin matices. La película recuerda que la violencia no siempre adopta formas físicas o visibles; a veces se ejerce desde la comodidad de una posición protegida, amparada por el silencio colectivo o por la distancia que proporciona no dar la cara.


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La luz

7

Puntuación

7.0/10

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