Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Sección Oficial
Tender Loving Care
Ken Loach (90 años), Stephen Frears (85) y Mike Leigh (83) son los tres directores que mejor encarnan el cine realista social británico durante las últimas décadas. Sin ellos es imposible entender (desde el cine) todos los efectos económicos y sociales del thatcherismo (1979-1990) y de los años que vinieron después. Los tres comenzaron sus carreras entre finales de los sesenta e inicios de los setenta del pasado siglo y los tres, a pesar de sus provectas edades, siguen en activo. Hace tres años asistimos a la más reciente película del militante impenitente Loach, El viejo roble, con la que seguía abordando los problemas sociales que sufre esta Europa nuestra del siglo XXI, concretamente el de la inmigración; Frears, aunque hace ya mucho que se apartó del cine social (Mi hermosa lavandería, Sammy y Rosie se lo montan, La camioneta) y su filmografía es mucho más heterogénea, ha hecho más de una docena del films en lo que llevamos de siglo y la más reciente, The lost King, es de 2022.
En cuanto a Mike Leigh, aunque menos directamente político que Loach, no se ha apartado casi nunca (salvo con el biopic del pintor Turner y con algún drama histórico) de un cine pegado a la realidad de las relaciones personales, de los vínculos familiares y de las diferencias de clase.
Tras la reciente Mi única familia (Hard Truths, 2024) que pudimos ver hace un par de años en Perlak del Festival de San Sebastián, regresa a Donosti, ahora en la Sección Oficial, con esta Tender Loving Care que, en palabras del propio realizador, será casi seguro su última película.
Y lo hace fiel a su ideario temático y estilístico, es decir, con personajes pegados a la realidad social (las dos protagonistas son trabajadoras sociales para más señas), explorando los vínculos familiares (los ancianos padres de una de ellas son fundamentales en la historia) y con un cine de poco guion escrito, mucha improvisación y mucha libertad actoral (algo que se puede permitir quien, como es el caso, tiene un buen reparto).
La idea es sencilla (quizá demasiado), dos amigas de toda la vida vuelven a vivir juntas durante un tiempo; tras la ruptura sentimental de Amy (Kate O´Flynn), esta se aloja en casa de Rosie (Alice Bailey Jones), las dos comparten risas, desengaños amorosos y copas de vino con las que aligerar sus jornadas laborales llenas de amarga ingratitud de gente que no se quiere dejar ayudar o de, más amarga aun, impotencia al constatar que los limitados recursos públicos no les permiten ayudar a quien sí quiere (y además necesita) ser ayudado.
Pero el tono social del inicio del film pronto se torna familiar y Leigh se centra casi exclusivamentalmente en el micronúcleo compuesto por ambas amigas y los ancianos padres de Amy: Birdie (Marion Bailey) y Geoff (Paul Jesson) a quienes visitan a menudo. En estas secuencias entrañables (donde se aprecia la improvisación de la que antes hablábamos), se cuentan anécdotas que el espectador puede reconocer como propias, cantan canciones, bailan y toman conciencia del paso de la vida reflexionando sobre una forma de vivir que ya no existe. Todo es filmado con naturalismo extremo por la cámara de un realizador al que el único giro de guion que le interesa es el previsible deterioro de Geoff sobre el que aposenta el tema central del film al que, en cierto modo, da título: los cuidados.
Cuidados que, cuando el sistema social no alcanza (y si el sistema social del mal llamado primer mundo ya ha claudicado, imaginen ustedes en países más desfavorecidos), solo se pueden dar desde la ternura, desde el cariño (Tender Loving Care), desde la compasión y desde la empatía. Y eso es, precisamente, lo que le interesa contar y mostrar a Mike Leigh y a lo que se ponen, manos a la obra, los tres personajes femeninos del film: a cuidar, a acompañar, a ayudar, a proteger, a escuchar, a respetar y, en definitiva, a dignificar el tránsito por el deterioro de las facultades físicas y mentales de un ser humano. ¿Y puede hacerse todo esto desde un estricto profesionalismo, sin poner los otros ingredientes, los que no van incluidos en la nómina, la ternura, el cariño, la compasión, la empatía…?, ¿puede hacerse?, yo no alcanzo a responderme.
Cuánta humanidad hay en esta última película de Mike Leigh que, sin ser la de mejor factura cinematográfica, es la más tierna, la más cariñosa, la más compasiva, la más empática… para quedarse a vivir en ella.
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