Las críticas de Laura Zurita:
Backrooms
Una extraña puerta aparece en el sótano de una tienda de muebles. Cuando el paciente de una terapeuta desaparece en una dimensión más allá de la realidad, ella deberá adentrarse en lo desconocido para intentar rescatarlo. Adaptación de un cortometraje del propio Kane Parsons.
Backrooms está dirigida por el jovencísimo Kane Parsons y escrita por Will Soodik, a partir de una historia del propio Parsons. En el reparto encontramos a Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Mark Duplass, Finn Bennett, Lukita Maxwell, Avan Jogia, Chelah Horsdal, Toby Hargrave, Philip Granger y Patrick Baynham, entre otros. La película se estrena en España el 5 de junio de 2026, distribuida por Elástica Films.

Sensaciones que confunden y retan
Me gusta la sensación de ir al cine sin saber nada de la película que voy a ver, dejar que la película se abra ante mí y me cuente lo que es, qué quiere ser, e ir descubriéndola poco a poco. Eso hice con Backrooms y me llevé una gran sorpresa. Entré en una experiencia que me confundía y me imponía retos; al mismo tiempo hermética y desnuda, en la que las imágenes eran su propio lenguaje y la historia apenas servía para sostenerlas. El reto era otro. Consistía en descubrir qué me estaba proponiendo aquel mundo, qué me estaba contando y qué estaba revelando.
La película nace de uno de los fenómenos más singulares de internet de los últimos años. Los ‘Backrooms’ surgieron a partir de una imagen anónima publicada en un foro en 2019 que mostraba una oficina vacía, iluminada por fluorescentes y de aspecto inquietantemente banal. A partir de ella se desarrolló toda una mitología colectiva sobre espacios interminables, habitaciones repetidas hasta el infinito y lugares fuera de la realidad. El responsable de convertir ese imaginario en una auténtica experiencia audiovisual fue Kane Parsons, conocido en internet como Kane Pixels, que con apenas dieciséis años realizó una serie de cortometrajes que acumularon millones de visualizaciones y demostraron que aquel concepto podía transformarse en una narración visual hipnótica y perturbadora. La adaptación cinematográfica asume el desafío de trasladar ese universo a un formato mucho más ambicioso sin perder su naturaleza enigmática.
La premisa del filme es tan sencilla como inquietante. El protagonista regenta una tienda que parece existir en los márgenes del mundo, como uno de esos lugares por los que pasamos sin llegar nunca a verlos realmente. Cuando descubre un acceso a un espacio que desafía toda lógica, la realidad comienza a perder consistencia y el relato se convierte en territorio de pesadillas. Conforme se adentra en ese lugar, la tienda va perdiendo realidad y consistencia, y él se interna cada vez más en una reconstrucción de lo que conoce a través de los filtros de la propia mente. Allí deberá enfrentarse, literalmente, a sí mismo. En esta exploración intenta seguirlo y ayudarlo su psicóloga, quien, a su vez, tendrá que enfrentarse a sus propias habitaciones.

Representación casi táctil del inconsciente
Los laberintos siempre han sido un objeto muy querido por los narradores. Teseo venció al Minotauro en un laberinto; el mundo de Alicia se acumula y retuerce de una manera similar; Kafka contó historias de dédalos físicos y mentales; y «El jardín de los senderos que se bifurcan», de Borges, es en cierto modo un laberinto de ideas.
En el cine ocurre algo parecido: el Hotel Overlook de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), no solo contiene un laberinto, sino que también se enmaraña en sí mismo; David Lynch nos condujo a través de cortinas rojas y pasillos imposibles en Twin Peaks. Ahora Backrooms se adentra precisamente en uno de esos laberintos mentales de fronteras difusas, donde habitaciones aparentemente normales se convierten poco a poco en espacios de pesadilla, y donde el miedo no surge de aquello que podamos encontrar en ellas, sino del propio espacio. Y la película, sin explicar ni interpretar nada, nos enfrenta con sus propias marañas de espacios imposibles al horror que habita nuestras mentes.
El diseño de sonido de la película constituye uno de los pilares fundamentales en su capacidad para generar inquietud. Tan áspero, doloroso y enrevesado como los espacios que recorren sus personajes, construye una experiencia sensorial que parece extender los límites físicos de cada estancia hasta convertirlos en un laberinto mental. Zumbidos eléctricos, ecos imposibles, reverberaciones que llegan desde ninguna parte y ruidos cotidianos deformados hasta resultar irreconocibles conviven en una atmósfera sonora que oscila entre el realismo y la pesadilla. El resultado es una sensación de desorientación permanente, como si el propio entorno respirara y observara desde la oscuridad. El sonido se infiltra bajo la piel del espectador, apelando a miedos primarios difíciles de racionalizar y penetrando directamente en el inconsciente, allí donde lo familiar se transforma en amenaza y donde el silencio parece esconder una presencia imposible de nombrar.
No tendría sentido contar nada más de Backrooms, y tampoco sé si sabría hacerlo. Los seguidores de la mitología tendrán seguramente opiniones encontradas sobre hasta qué punto esta película se acerca o se aleja de aquello que imaginaban. Yo solo sé que esta película me ha dejado la sensación de haber visto una representación casi táctil del inconsciente y de la memoria, de esa experiencia fragmentada del mundo que cada uno de nosotros arrastra consigo y sobre la que construye su identidad.
Backrooms no es una película fácil de recomendar. La experiencia no es hermosa ni relajante, ni tampoco busca serlo. Pero permite al espectador asomarse a visiones de sueño y de pesadilla que pocas veces encuentran una traducción tan física en la pantalla. Y también permite experimentar cierto alivio cuando se encienden las luces de la sala y uno descubre que, al menos por ahora, el laberinto está controlado.
¿Qué te ha parecido la película Backrooms? 7,3
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