Las críticas de Laura Zurita:
Ídolos
Edu es un joven piloto de motos muy agresivo en quien ningún equipo confía. Eli, jefe del equipo de Aspar Team en Moto2, le ofrece una oportunidad con la condición de que sea su padre, Antonio Belardi, quien le entrene. Edu lleva muchos años sin ver a su padre, un expiloto que se retiró de las pistas tras provocar la muerte de otro piloto durante una carrera. Aunque Edu odia a su padre por haberle abandonado, sabe que sólo con él puede llegar a alcanzar su sueño.
Edu se someterá al estricto control de preparación que le exige Antonio, el cual incluye dejar a un lado el amor… Hasta que conoce a Luna, una joven artista que acaba de abrir un salón de tatuajes justo debajo de su casa.
Ídolos está dirigida por Mat Whitecross, escrita por Jordi Gasull, Inma Cánovas y Ricky Roxburgh y protagonizada por Óscar Casas, Ana Mena, Claudio Santamaría, Enrique Arce, Saul Nanni y Simone Baldasseroni. La película se estrena en España el 23 de enero de 2026 de la mano de Warner Bros. Pictures.

Relaciones y carreras
El núcleo narrativo de Ídolos gira en torno a Edu Serra (Óscar Casas), un piloto joven, impulsivo y marcado por un carácter que ya le ha generado problemas en su trayectoria profesional. Cuando lo conocemos, obtiene lo que podría ser su última oportunidad en Moto2, bajo la condición de ser entrenado por Antonio Belardi (Claudio Santamaría), expiloto retirado tras un accidente trágico y, además, su padre. La premisa plantea un territorio dramático que se intuye fértil, pero que la película no termina de explotar en toda su amplitud. Sabemos poco de la madre de Edu y su relación con el padre para que nos quede claro el contexto de la relación entre ellos. Se intenta construir una rivalidad paterno-filial cargada de tensión emocional, con posibilidades de conflicto, convivencia y superación, pero este eje queda relegado frente al peso dominante de la espectacularidad de las carreras.
Otros vínculos personales, incluido el romance entre Edu y Luna (Ana Mena), aparecen planteados con buenas intenciones, aunque con un desarrollo irregular. Los momentos íntimos no alcanzan siempre la densidad emocional que el relato promete, y algunas resoluciones narrativas se perciben apresuradas, sin la profundidad ni la intensidad necesarias para consolidar el arco dramático de los personajes.
Como dictan los tropos clásicos del cine deportivo, Edu deberá aprender no solo a competir, sino a sobrevivir dentro de un sistema que devora a los más débiles. La película plantea que ganar no es un concepto unívoco, sino una noción llena de matices. Los objetivos narrativos están claros desde el inicio; la verdadera cuestión no es qué va a ocurrir, sino cómo se nos cuenta ese recorrido de aprendizaje y transformación.
Desde sus primeros compases, Ídolos coloca al espectador en el centro mismo del universo MotoGP. Las secuencias de competición, rodadas en circuitos reales como Misano, Motegi, Jerez o el Circuit of the Americas, son espectaculares y se constituyen en el corazón de Ídolos. La cámara consigue transmitir velocidad y peligro con eficacia y algo de magia, ya que todo parece transcurrir con más intensidad y vitalidad en la pista. Reforzando esta idea, los colores se saturan y se hacen más brillantes y definidos. Estas escenas consiguen crear tensión en el espectador, y que tomemos partido por los personajes a los que conocemos.
Visualmente, estas escenas de Ídolos evocan a referentes recientes del cine de motor —como F1: La película— sin llegar a superarlos, pero funcionan con solidez como dispositivo espectacular. El montaje de Ídolos aporta ritmo y claridad espacial, construyendo secuencias de carrera que resultan dinámicas, fascinantes y claramente orientadas al entretenimiento.

Velocidad por sobre todo
Por cierto, en no pocas ocasiones los diálogos de Ídolos tienen lugar en italiano y/o inglés. En la versión que yo vi esos diálogos no estaban subtitulados, y me parece mucho asumir que el espectador va a comprender ambos idiomas sin ayuda. Es de esperar que en la versión en cines esto se haya corregido.
En el apartado interpretativo, el reparto de Ídolos cumple de manera profesional. Óscar Casas sostiene con ganas su papel protagonista, mostrando el esfuerzo físico y emocional que exige un personaje sometido a una constante presión competitiva. Claudio Santamaría aporta peso dramático al rol del padre marcado por el trauma, aunque el guion no le concede el espacio suficiente para desplegar todas las capas posibles del personaje. Ana Mena tiene encanto y carisma, pero su figura queda más cerca del recurso narrativo que de un retrato plenamente desarrollado: sabemos poco de ella como individuo, lo que dificulta percibirla como un personaje autónomo y complejo. En conjunto, el reparto es consciente de que opera dentro de un marco que prioriza la emoción deportiva por encima de la introspección psicológica.
Ídolos brilla, sobre todo, en la pista. Su ambición visual y su empeño por trasladar la intensidad del Mundial de MotoGP a la pantalla constituyen sus principales virtudes. Sin duda hay un sector del público que disfrutará estas secuencias de competición y la emoción que las acompaña. Sin embargo, cuando la película se adentra en el territorio del drama personal y de las relaciones humanas, la narración se hace convencional y pierde parte de su fuerza y de su singularidad.
En definitiva, Ídolos juega la baza de entretener y fascinar, potenciando más la vertiente espectacular que la construcción profunda de sus personajes. Estamos ante una propuesta recomendable para quienes disfrutan del cine deportivo y buscan ver el motociclismo en todo su esplendor.
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