sábado, junio 22, 2024

Ciclo Shôhei Imamura: Crítica de ‘Intento de asesinato’ (1964)

Las críticas de Daniel Farriol:
Ciclo Shôhei Imamura
Intento de asesinato (1964)

Intento de asesinato (Akai Satsui / Intentions of Murder), también conocida en castellano bajo el título Deseos impuros, es un drama japonés que está dirigido por Shôhei Imamura, el cual co escribe el guion junto a Keiji Hasebe (Punishment Room, La balada de Orin), adaptando una historia de Shinji Fujiwara. La trama se centra en la triste existencia de una mujer que siempre ha sufrido la humillación, el abuso y el castigo por parte de los demás. Su horrible vida da un giro inesperado cuando es asaltada y violada por un sádico ladrón en su propia casa. Está protagonizada por Masumi Harukawa, Kô Nishimura, Shigeru Tsuyuguchi, Yûko Kusunoki, Ranko Akagi, Tomio Aoki, Hyôe Enoki y Hamasuke Hisamatsu.

La ambigüedad como hilo conductor en ‘Intento de asesinato’

Intento de asesinato es una de las películas más controvertidas y ambiguas en la filmografía de Shôhei Imamura, ya que su aproximación al deseo se efectúa desde una sexualidad violenta que puede proporcionar lecturas antagónicas acerca del posicionamiento o contenido moral que tiene la película.

Al igual que sucedía en La mujer insecto (1963), la historia vuelve a centrarse en las penurias por las que pasa la vida de una mujer dentro de la sociedad japonesa de posguerra, aunque aquí se efectúa desde una perspectiva muy distinta que va ligada a cierto enfoque atemporal. En este caso, la protagonista es Sadako (Masumi Harukawa), una ama de casa de carácter sumiso que está casada con un hombre machista y controlador, Koichi (Kô Nishimura). El hombre se resiste a registrarla oficialmente como su esposa debido a que se avergüenza de la procedencia humilde que tiene ella, antes de casarse era la criada de la familia y él se afana en recordárselo siempre que discuten.

La rutina de Sadako pasa por cuidar de su hijo Masaru y controlar los gastos de la casa bajo la estricta vigilancia de un marido tacaño que compra electrodomésticos que luego le insta a no utilizar demasiado para ahorrar luz. El hogar familiar es descrito como un sitio lúgubre tan solo iluminado por una bombilla desnuda y que se encuentra hundido en las inmediaciones de las vías del tren. El ferrocarril es un símbolo de prosperidad y de la industrialización creciente en el Japón de la época, pero en la película posee otros rasgos metafóricos que analizaremos después.

Intento de asesinato

Una mujer pasiva y sumisa

La descripción que hace Imamura de la monótona vida de Sadako funciona como la «Cara B» del luminoso cine japonés que realizaban Ozu o Mizoguchi. El tradicionalismo patriarcal del viejo Japón se convierte en una pesada losa sobre los hombros de una protagonista acostumbrada a sufrir humillaciones, abusos y maltratos de todos los que le rodean. Su marido la trata como a un objeto inerte que puede usar cada noche para satisfacer su apetito sexual sin que ella oponga resistencia. Esa pasividad de Sadako en todos los contextos de su vida resulta dolorosa y cuesta presenciarla en pantalla, aún más cuando su desgracia se incremente con otra vuelta de tuerca que provocará un cortocircuito en el espectador y en la propia protagonista.

Ocurrirá durante una noche en la que Sadako se encuentra sola en su casa tras haber acompañado a marido e hijo a la estación. Un violento ladrón, Hiraoko (Shigeru Tsuyuguchi), decide seguirla en su camino de regreso e irrumpir por la fuerza en el hogar para propinarle una paliza, amenazarla de muerte y después violarla. La vergüenza junto al sentimiento de culpabilidad de la víctima asolarán sus pensamientos más oscuros al no saber qué reacción tendrá su marido y si la repudiará por lo sucedido. Como haría toda buen japonés ante una situación de esas características, intentará suicidarse tirándose a las vías del tren y ahorcándose, pero Sadako es una mujer imperfecta, torpe, insegura y cobarde. En lugar de matarse decidirá saciar su ansiedad nerviosa atiborrándose con las sobras de la cena y no se lo explicará a nadie.

Esa reacción evidencia un cambio de registro sustancial en Intento de asesinato respecto a la descripción de otras mujeres del cine de Imamura, por ejemplo, de la protagonista de La mujer insecto. Sin embargo, Sadako también es otra muestra de la resiliencia de la mujer en la sociedad japonesa que acabará reinventándose a sí misma como haría un gusano de seda. Hay que tener en cuenta que su personalidad ha estado definida por los demás a partir de la maldición de un linaje familiar compuesto por las mujeres proscritas que le precedieron y que han «marcado» su destino desde la niñez.

Intento de asesinato

Las violaciones como elemento transformador recurrente en las películas de Imamura

Las escenas de violación son algo recurrente en el cine de Imamura y funcionan como detonante dramático que propicia una metamorfosis en sus protagonistas femeninas. La «nueva ola japonesa» coincidió en el tiempo con el auge del género erótico Pinku Eiga que desafiaría a una extraña censura que impedía mostrar en pantalla relaciones sexuales explícitas y, paradójicamente, sí permitía la violencia sexual o el sadomasoquismo. Shôhei Imamura iría más allá de la provocación lúdica convirtiendo el sexo en un elemento antropológico que describe los instintos primarios de un país que perpetuaba las diferencias en los derechos sociales entre hombres y mujeres. Eso queda evidenciado, por ejemplo, en la distinta actitud del entorno social frente a las posibles infidelidades de Sadako o Koichi.

Sadako será violada en repetidas ocasiones por Hiraoko, pero esas escenas violentas contienen un evidente paralelismo con las relaciones matrimoniales «consentidas» en las que Koichi ejerce un rol de superioridad heredado del feudalismo. Ambos tipos de abusos quedarán relacionados a través de un objeto, la plancha con la que Hiraoko amenaza a la mujer durante el ataque (un plano asombroso) que volverá a aparecer cuando Koichi se acerque a su esposa las noches siguientes. La plancha será un espejo cruel que recuerda a la mujer todas las violaciones sufridas a diario para confrontarla con las propias contradicciones que emanan de sus deseos.

La inmadurez sexual de la sociedad japonesa de posguerra queda patente mediante la instrumentalización del cuerpo de la mujer que hacen los personajes masculinos. Koichi se aferra a los senos de su esposa como si fuera un bebé, ese complejo edípico queda verbalizado al llamarle mamá, lo mismo que sucedía en las relaciones incestuosas de La mujer insecto. Por otra parte, Hiraoko, solo es capaz de demostrar su amor a través de la fuerza bruta, algo que ha aprendido conviviendo con una madre prostituta y trabajando como músico de un club de striptease.

En la primera violación de Intento de asesinato, Imamura utiliza un truco de cámara muy parecido al empleado en Cerdos y acorazados (1961) en la escena de los marineros estadounidenses violentando a Haruko en una habitación de hotel. La cámara se eleva hasta un plano cenital para luego girar en espiral y escenificar así el shock transformador causado por el trauma del personaje, con la salvedad que aquí no sirve como elipsis para ocultar el acto violento sino que se ubica a posteriori para entender mejor el cambio que ha producido en Sadako. Y es que la protagonista es igual que esos hámsters enjaulados que corren sin descanso por una rueda sin moverse del sitio, pero un día el ratón pequeño se come al grande.

Intento de asesinato

La liberación sexual a partir de la represión

Intento de asesinato convierte el estudio sociopolítico de La mujer insecto en un retrato más íntimo donde los eventos históricos carecen de la misma importancia. De todas formas, sí existen conexiones de fondo entre ambas películas en el reflejo que hace de las diferencias de clase, la perspectiva de género o las tradiciones ancestrales causantes del anquilosamiento sociocultural. Los avances tecnológicos que muestran el «milagro económico» del país (la nevera, la televisión, la aspiradora…) contrastan en amarga ironía con los nulos avances sociales para las mujeres. Imamura critica duramente la regia estructura de la sociedad japonesa mediante el desorden provocado por las incontrolables emociones humanas. El comportamiento pasivo de Sadako es una vasija donde confluye el caos de lo irracional, el de los hombres que la utilizan y el de ella misma mostrándose comprensiva con su violador, perdonándole la vida en dos ocasiones o sintiendo atracción por su presencia.

Ese es el punto más conflictivo de la trama en una película realizada en 1964 que parece inconcebible pudiera rodarse hoy en día. No es fácil entender a Sadako y haríamos una lectura demasiado simplista si dijéramos que reafirma su deseo sexual a partir de la experiencia de una violación. Es importante entender que se trata de una mujer educada en la represión (lo vemos en un flashback donde siendo una niña es reprendida por el hecho de dejar reptar a un gusano de seda por su muslo), para ella el sexo placentero se ha convertido en algo prohibido y el resto de su vida lo tendrá asociado a un acto forzado. Por eso nos costará discernir si en las relaciones con su abusador siente algún tipo de excitación o simplemente lo simula igual que hace con su marido.

Lo cierto es que su pasividad, la ocultación del secreto y sus encuentros finales con Hiraoko para fugarse juntos a Tokio, nos invitan a pensar que sí siente algo por el psicópata, aunque en mi caso me inclino a pensar que le seduce más romper con lo establecido (en la entrada de la casa aparece el lema «obedecer las reglas de la familia, sin reglas la casa no funcionará»). El sonido del tren y los murmullos de «las viejas del visillo» asociados a un pasado castrante son indicadores acústicos que aparecen en todas las escenas donde Sadako es violentada por los hombres o por sus pensamientos impuros (sexo, suicidio, mentiras, etc). Intento de asesinato camina constantemente por una cuerda floja de gran ambigüedad moral cuyas escenas pueden adquirir significados opuestos según los ojos del que mire, pero no cabe en su análisis la ligereza de los juicios impulsivos.

Intentions of Murder

La influencia del cine negro en ‘Intento de asesinato’

En el aspecto visual, Intento de asesinato tiene secuencias brillantes. El uso dramático del encuadre es atrevido como se demuestra en el momento de la violación. Otro momento espectacular es el travelling lateral desde el exterior del tren en el que seguimos la persecución de Hiraoko a Sadako por los pasillos interiores hasta llegar al último vagón donde amenaza con tirarla al vacío si no cede a sus impulsos sexuales (según él románticos).

Esa escena en particular y la ambientación noir que recorre toda la película nos hace asumir como probable una inesperada influencia de Hitchcock. En La sombra de una duda (1943) existe un forcejeo similar en un tren en marcha, mientras que en Extraños en un tren (1951) vemos la imagen de un crimen a través del cristal de unas gafas como sucede con el plano de la plancha-espejo antes citado. De hecho, las gafas de la bibliotecaria Yoshiko (Yûko Kusunoki), una mujer odiosa que mantiene una aventura con Koichi, adquirirán especial relevancia en dos secuencias concretas que subrayan la distancia entre la realidad y la ceguera social.

Intento de asesinato bebe tanto del cine negro como del expresionismo (esos contrastes de la fotografía en blanco y negro de Shinsaku Himeda) o del surrealismo (hay una escena onírica muy potente), pero conservando intacto el acercamiento sociológico donde el director busca concentrarse en las emociones humanas desde el naturalismo, en especial, en «la relación entre la parte baja del cuerpo humano y la parte baja de la estructura social», como aseveraba el autor en una entrevista.

Intentions of Murder

La crisálida de otra mujer insecto

Durante la parte final Intento de asesinato acelera el ritmo y el suspense adquiere un mayor protagonismo ante la incertidumbre de lo que pueda pasar. Sadako se reúne con Hiraoko en una estación, otra vez, los trenes adquieren en la película un sentido fálico donde el sonido del silbato es la advertencia de los peligros que acechan a la protagonista. Violador y víctima han quedado allí para escaparse juntos, pero no conocemos si la verdadera intención de la mujer es huir o envenenarlo. Serán perseguidos por Yoshiko que lleva consigo una cámara de fotos para demostrar el adulterio y apropiarse en exclusiva de Koichi. El deseo y la obsesión son emociones que ejercen el (des)control de los personajes e Imamura se muestra implacable cuando esas obsesiones se tornan tóxicas.

La larga secuencia en la nieve es otro de los momentos cumbre que tiene la película. Es una manera abstracta y, si se quiere, caprichosa de plasmar todas esas obsesiones en un paisaje purificador que aleja de manera consciente a los personajes de la civilización. Otra cosa a tener en cuenta es la referencia que hacíamos antes a la mirada del espectador y es que el propio director reflexiona sobre la mirada como una actitud subjetiva que distorsiona la realidad, el cine también tiene algo de eso: lo que no se ve no existe y lo que no queremos que exista no lo vemos (por eso Koichi acepta que Sadako no es la que aparece en las fotos o ella misma lo niega como si en verdad fuera otra persona).

Como ya es habitual en el cine del director, los hombres se muestran más débiles que las mujeres (pese a que la sumisión de Sadako pueda indicar lo contrario). La masculinidad frágil de los dos abusadores va más allá de un comportamiento sexual anómalo, el marido es asmático y el violador padece una enfermedad cardíaca, por contra, la protagonista soporta sin quejarse un vía crucis de autoconocimiento para adquirir el posicionamiento social que se le negaba. No parece un gran avance para ella, pero la aparición final de esos gusanos de seda con los que jugaba en su infancia representan la metamorfosis interna de una mujer liberada de las constricciones morales que culpabilizaban sus deseos más íntimos.


¿Qué te ha parecido la película?

Intento de asesinato

9

Puntuación

9.0/10

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