sábado, febrero 24, 2024

Crítica de ’Los Fabelman’: Hijos de Spielberg, nietos de John Ford

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Los Fabelman

Cuando hablo de mi cinefilia siempre me declaro (por edad y generación) hijo cinematográfico de Spielberg y nieto de John Ford. Comparto esto con algún amigo (de edad similar a la mía) e incluso nos referimos a Spielberg como “papá” cuando tiene película nueva o le postulan para alguno de los muchos (demasiados) premios que últimamente ocupan el tiempo de los aficionados al cine. No tiene porque ser algo común a todos los cinéfilos de mi generación, pero es incuestionable que muchos de los que fuimos niños y adolescentes entre finales de los setenta y los ochenta, fuimos captados para la causa por títulos como E.T. El Extraterrestre, las dos primeras de Indiana Jones o las más adultas El color púrpura o El imperio del sol, además de muchas otras que, sin dirigirlas él personalmente, tenían su poderoso influjo como productor.

El paso de las décadas fue alimentando la devoción con un puñado de muy buenas películas, algunas obras maestras y algún que otro (pocos) patinazo. Esto hace que cada estreno del padre se convierta en un acontecimiento ante el cual uno tiene la tentación de vestir sus mejores galas aunque sea para ir a verla a una pequeña sala de cine en el centro de una capital de provincias (de las pocas que van quedando).

En el caso de Los Fabelman (The Fabelmans, 2022), la idea de que Spielberg se había unido a la corriente (¿moda?) de hacer una película autobiográfica como en los últimos años han hecho Alfonso Cuarón, Kenneth Branagh, Pedro Almodóvar o Paolo Sorrentino por citar solo unos cuantos, situaba el listón de las expectativas en una altura demasiado arriesgada para alguien que, como yo, aspiraba a pasarse los ciento cincuenta minutos de película sumido en una especie de trance de emoción permanente. Más aún cuando los breves fragmentos de la partitura de John Williams que había escuchado previamente ya me habían puesto la piel de gallina.

Y ese es el problema de las expectativas, que llevan a territorios de desilusión tan difíciles de calibrar que uno no sabe hasta que punto las opiniones que está emitiendo corresponden a la realidad o al despertar de una ensoñación de la que nadie es más responsable que aquel que la alimentó, en este caso, yo mismo. Y tratando de calibrar, de ser justo, ecuánime y explicarme debidamente habré de empezar diciendo que Los Fabelman me parece una muy buena película, pero desigual, en la que se alternan fragmentos memorables que podrían estar entre lo mejor de la filmografía de Spielberg (la última media hora de película es antológica) con otros momentos de medianía en los que los desarreglos familiares o las desventuras de Sammy en el instituto carecen del interés argumental y de la fuerza visual que podrían convertir Los Fabelman en una de las obras cumbres de su creador.

El film se inicia con una secuencia preciosa en la que Spielberg/Sammy acude al cine por primera vez acompañado de sus padres a ver El mayor espectáculo del mundo (Cecil B. De Mille, 1952), las imágenes del niño boquiabierto recuerdan a las del pequeño Buddy (sosías de Kenneth Branagh) en Belfast cuando contemplaba, rodeado también de su familia, Chitty Chitty Bang Bang (Ken Hughes, 1968). Por cierto, en ambas películas, Los Fabelman y Belfast, Spielberg y Branagh hacen a sus respectivos alter ego ver y admirar una misma película: El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962). Por algo será.

Esta secuencia inicial del film e iniciática en la cinefilia y vocación de Sammy le llevará a tratar de repetir la secuencia más impactante de la película (el descarrilamiento de un tren) con su tren eléctrico de juguete y, a partir de ahí, a filmarlo con la complicidad de su madre (Michelle Williams) y a espaldas de su padre (Paul Dano) que no ve con buenos ojos estropear los juguetes.

Spielberg pone lo mejor de si mismo (y eso es mucho decir) en filmar secuencias que reproducen el surgimiento de su pasión por el cine. Con la cámara casera de su padre continuamente pegada a su mano emula las películas que admira, con sus hermanas como sufridas protagonistas y recoge los momentos familiares hasta el punto de ser capaz de ver, a través de sus filmaciones, lo que no ha sido capaz de ver con sus propios ojos. A medida que se va haciendo mayor, su vocación de cineasta (que, para su disgusto, su padre llama hobby) va extendiéndose a pequeñas películas con sus amigos y compañeros de colegio con las que Spielberg hace guiños a las que, años más tarde, serán algunas de sus obras maestras.

Todo este despertar y crecimiento de su talento como cineasta está filmado de un modo sublime, el problema viene cuando el anecdotario de lo que supuso para el joven realizador la crisis matrimonial de sus padres, la muerte de su abuela, sus cambios de ciudad a causa de los sucesivos ascensos laborales de su padre o su inadaptación al instituto, no mantiene ni el rigor argumental ni la suficiente tensión dramática como para justificar los ciento cincuenta minutos de metraje o las fugaces apariciones de personajes que parecen metidos con calzador: la aparición del tío interpretado por el gran Judd Hirsch es un buen ejemplo de esto.

En cuánto al reparto, sufro por tener que escribir algo en lo que soy consciente de estar muy solo, pero no veo por ninguna parte los méritos que se atribuyen al trabajo de Michelle Williams, muy al contrario, la encuentro afectada, histriónica y pasada de vueltas. No sé hasta qué punto esto responde a la dirección de Spielberg y en qué medida refleja el retrato que el director ha querido hacer de su madre, pero no es el personaje lo que me repele si no los excesos gestuales, vocales y corporales de una actriz que, dicho sea de paso, habitualmente me encanta. Casi lo contrario me ocurre con Paul Dano, un actor que no suele gustarme demasiado y nunca me había movido una fibra y aquí le encuentro veraz, contenido y pulcramente emotivo. Judd Hirsch está sublime, pero su papel es tan corto que no justifica la nominación al Óscar a mejor actor de reparto por mucho aprecio que se tenga al actor.

Dicho esto de los más célebres, la joya del reparto me parece el joven Gabriel LaBelle interpretando a Sammy con el que consigue evocar a Spielberg en su forma de hablar y de moverse sin caer en la imitación o la caricatura.

De lo que realmente me gustaría hablar (escribir) es de la última media hora de película y, en particular, de la secuencia final en la que Spielberg recrea una anécdota real que vivió cuando era un jovencito iniciándose en el cine y conoció al más grande director de cine de todos los tiempos (para discutir esto pidan cita de uno en uno). Pero no voy a hacerlo porque yo no tenía ni idea de la anécdota, ni de la secuencia, ni de quien la interpreta, y el hecho de descubrirlo viendo la película me produjo el mayor momento de emoción genuina durante las dos horas y media de metraje. Así que no se lo voy a arruinar a nadie.

De la partitura de John Williams o la dirección de fotografía de Janusz Kaminski poco puede decirse que no se haya dicho ya de dos grandes maestros de sus respectivas áreas artísticas. Los Fabelman es una película de obligado visionado y, sin duda, una obra importante de la filmografía de Spielberg, pero antes de ir a verla revisen las expectativas. Si la película no las cumple puede que sea culpa de ustedes. Yo ya estoy entonando el mea culpa.


¿Qué te ha parecido la película Los Fabelman?

Los Fabelman

8

Puntuación

8.0/10

1 COMENTARIO

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