Crítica de ‘Aftersun’: Una honda reflexión sobre el amor paternofilial (y viceversa)

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Aftersun

Supongo que es necesario cumplir una edad, no sabría precisar cual, para tomar conciencia de lo que tus padres significaron realmente en tu vida y hasta qué punto están presentes, acaso de un modo inconsciente, en lo que eres y cómo eres. Es particularmente difícil, doloroso incluso, cuando ya no viven y su presencia está hecha sustancialmente de recuerdos que no siempre vienen a la memoria de una manera fidedigna ni ordenada cronológicamente. A veces podemos apoyarnos en cartas, fotografías o grabaciones de video, pero incluso estos elementos materiales acaban por demostrarse endebles cuando surgen las preguntas, preguntas que ya no puedes hacerles y que tratas de responder por ti mismo apoyándote en esos recuerdos que componen la impronta de lo que dejaron en ti.

Algunos de esos recuerdos son nítidos, indelebles y te permiten evocar incluso aspectos sensoriales del momento en que se produjeron, a qué olía, cómo era el tacto de aquel regalo o qué música sonaba en aquel momento; otros, sin embargo, son difusos, confusos, imprecisos y despiertan dudas sobre si aquello que recuerdas ocurrió realmente así o sencillamente ese recuerdo responde a la construcción que has acomodado en tu memoria para que sea más soportable o menos doloroso.

Muchas preguntas quedan sin responder, particularmente cuando la pérdida es temprana y uno se cuestiona hasta qué punto conoció al hombre que estaba dentro de su padre o a la mujer que estaba dentro de su madre. Personas que existían, tenían miedos e inseguridades, sufrían y gozaban mucho más allá de lo que su rol de padre o madre permitían ver. La madurez te permite comprender que seguramente hubo momentos en los que reían con el corazón roto por dentro o llenos de preocupaciones de la misma manera que en otras ocasiones tuvieron que enfadarse o reñirte por algo que, en realidad, les provocaba ternura o risa.

La directora escocesa Charlotte Wells indaga en Aftersun sobre todas estas cuestiones sin una estructura cinematográfica clásica ni una pretensión argumental convencional. Se apoya en sus propias vivencias (no se me ocurre otra manera de tratar una materia tan sensible) aunque niega que la película sea estrictamente autobiográfica. Y para esta indagación construye dos personajes fundamentales, un padre Calum (Paul Mescal) y una hija Sophie (Frankie Corio), treintañero él, treceañera ella, que pasan juntos unas vacaciones en Turquía. A través de los fragmentados recuerdos de aquel viaje, la Sophie adulta (Celia Rawlson-Hall) trata de componer las emociones y sentimientos de aquel vínculo entre un padre que vivía entre la euforia y la melancolía y una niña que se asomaba con curiosidad a los primeros indicios de la vida adulta.

Charlotte Wells filma con tanta sutileza narrativa como exuberancia estilística, de tal modo que al espectador no informado puede costarle entrar en el juego fílmico que plantea, con alternancia de diferentes texturas cinematográficas que combinan grabaciones caseras de videocámara con planos y secuencias cercanas a la videocreación y con las imágenes, más convencionales, del rodaje propiamente dicho. Se establece por tanto una dialéctica entre las miradas subjetivas de ambos personajes y la mirada del espectador ante quien Wells coloca a un padre y a una niña sin juzgarles, con tanta franqueza como le permite la dificultad de desprenderse de todas las capas emocionales de un relato tan personal en el que los recuerdos difusos y los indelebles conviven sin márgenes nítidos que los separen.

Como con todas las películas que tienen un punto de partida personal, y pocas lo tienen tan marcado como Aftersun, es imprescindible que el espectador conecte emocionalmente con los personajes para deslizarse entre las pendientes de un relato deliberadamente ambiguo. Esto lo pone particularmente fácil la pareja protagonista, un Paul Mescal que compone un personaje que se hace enorme en la suma de todas sus contradicciones: divertido y atormentado, responsable y gamberro, ordenado y errático… y, particularmente, una Frankie Corio que es mucho más que un acierto de casting. Es absolutamente prodigioso que una niña debutante en la interpretación pueda expresar tal cantidad de matices en los sentimientos y emociones a través de miradas, silencios y acciones mínimas. Su rostro tiene ángel (ese concepto tan difícil de definir pero que uno reconoce cuando lo ve) y Wells lo aprovecha apoyando su cámara en su naturalismo desbordante y candorosa gestualidad.

A pesar de las dificultades de un proyecto tan personal y de una propuesta visual que asume ciertos riesgos, la película se hace fuerte en su vindicación de una paternidad que, con sus luces y sus sombras, es vivida desde la esencia del amor paternofilial (y del filiopaternal, claro está).

Aftersun es una de esas películas pequeñas en pretensiones a las que el sucesivo paso por festivales va haciendo grande. Desde su reconocimiento en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes, el film no ha dejado de cosechar premios y parabienes allá donde ha sido proyectado. Sin duda alguna estamos ante una de las mejores propuestas del cine independiente durante este 2022 que ya termina.


¿Qué te ha parecido la película ‘Aftersun’?

Aftersun

9

Puntuación

9.0/10

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