jueves, mayo 30, 2024

Centenario Alain Resnais: Sus mejores cortometrajes (2ª parte)

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Sus mejores cortometrajes (2ª parte)

En esta segunda parte dedicada a los cortometrajes de Alain Resnais nos ocupamos de otros tres de sus películas más celebradas entre su obra corta. Las estatuas también mueren (codirigido con Chris Marker) en 1953, Toda la memoria del mundo (1956) y El canto del estireno (1958).

Las estatuas también mueren (1953)

“Cuando un hombre muere se convierte en historia, cuando una estatua se muere se convierte en arte. Esta botánica de la muerte es lo que llamamos cultura”. Así comienza el cortometraje documental que en 1953 dirigieron Alain Resnais y Chris Marker sobre un guion de este último.

De tono discursivo y, como toda la obra corta de Resnais, con una narración vehiculizada por la voz en off como único soporte textual a las imágenes, Las estatuas también mueren comienza con el tono de un documental de naturaleza artística en el que se suceden las reflexiones acerca de la genuina naturaleza del arte y la consideración que debe hacerse de los objetos que, presuntamente artísticos, han sido creados con fines utilitarios, religiosos o rituales. Para ello, se apoyan en una extensa serie de máscaras y esculturas africanas que fueron concebidas y realizadas para dar respuesta a ritos mágicos y leyendas de determinadas tribus. Las imágenes, pertenecientes a colecciones de arte africano presentes en museos europeos, se suceden al ritmo visual marcado por la música de Guy Bernard.

Esta disertación, que en ningún momento se expone con un tono aleccionador ni dogmático, se aventura a hacer reposar esta naturaleza intrínseca del arte (dicho de una manera simplista “qué debe ser considerado arte y qué no”) en los dos extremos de la creación artística: la intención del creador y la mirada del espectador.

Pero estas reflexiones teóricas sobre la creación artística no son más que un preámbulo con el que Marker prepara su guion para, una vez metidos en la cuestión, ejercer una afilada denuncia al colonialismo y la opresión del imperialismo occidental sobre los pueblos africanos: “Africa se convierte en un laboratorio donde fabricar al negro bueno que los blancos sueñan”.

El film termina con una reivindicación de la raza negra a través de imágenes de músicos de jazz, boxeadores o jugadores de baloncesto que “entretienen a los blancos” alternadas con algunas secuencias de disturbios raciales. Diez años antes de que Martin Luther King pronunciara su célebre discurso “I have a dream” y casi setenta años antes del movimiento Black Lives Matter, Resnais y Marker ya ejercieron un activismo antirracista cuyo indisimulado tono de denuncia al colonialismo no pasó desapercibido para las autoridades francesas que censuraron la película durante diez años.

Las estatuas también mueren
Las estatuas también mueren (Alain Resnais y Chris Marker, 1953)

Toda la memoria del mundo (1956)

Lo que en apariencia no sería más que un rutinario documental sobre los protocolos y procedimientos de la Biblioteca Nacional de París es convertido por Alain Resnais en un auténtico canto a las bibliotecas en general (y esta en particular) como templos atesoradores de la sabiduría, el conocimiento y la creación humanas. Los libros como vestigios de ese conocimiento, como modo de atraparlo para que no escape de las frágiles memorias de los hombres: “Como su memoria es corta, los hombres acumulan innumerables recordatorios”.

Con la omnipresente música de Maurice Jarre (antes de alcanzar la fama por las partituras para muchas de las películas de David Lean), Resnais desplaza su cámara en permanente movimiento deleitándose con la configuración arquitectónica del edificio del que parte desde los sótanos para, subiendo escaleras, mostrando paredes y techos, recorrer el departamento de manuscritos, la sala de lectura de la hemeroteca, el gabinete de estampas, el de medallas, el departamento de cartografía

La voz en off, nuevamente el recurso narrativo, nos describe cómo la biblioteca crece hacia el suelo y se eleva hacia el cielo para contener los millones de libros y estampas que siguen un minucioso proceso de catalogación y almacenaje. Vemos a sus operarios clasificar, sellar y guardar todos los periódicos y revistas que llegan a diario y todas las demás obras de las que se nutre el “templo” gracias a donaciones, adquisiciones, intercambios y el depósito legal que obliga a los editores a entregar a la Biblioteca Nacional ejemplares de cada obra publicada.

En una era preinformática, asistimos al minucioso proceso de catalogación en fichas bibliográficas, algunas de ellas escritas a mano con su sistema de referencia para ser guardadas en ficheros y archivos. Resnais documenta el viaje de las obras catalogadas a lo largo de pasillos y ascensores al ritmo de la música de Jarre hasta su destino final en alguno de los miles de estantes.

Los veintiún minutos de Toda la memoria del mundo sirven a Resnais para detenerse en algunas de sus referencias literarias favoritas, desde clásicos como Víctor Hugo o Émile Zola hasta cómics de Mandrake o Dick Tracy pasando por libros inencontrables de Harry Dickson o el manuscrito de los pensamientos de Pascal. El resultado del viaje es la imposibilidad de decidir cuál de todas las maravillas albergadas en el edificio es realmente la joya principal de la colección.

La última parada del viaje es el departamento de restauración donde se reparan las obras deterioradas, se vacunan unos libros, se protegen con plásticos otros y se aplican ungüentos a los viejos volúmenes para evitar el deterioro del paso del tiempo y que sigan ejerciendo su función de guardianes de la memoria, esa memoria que durante toda su filmografía fue, acaso, la principal preocupación temática de Alain Resnais.

Toda la memoria del mundo
Toda la memoria del mundo (Alain Resnais, 1956)

El canto del estireno (1958)

Visto con los ojos de un siglo XXI en el que a todas horas se nos alecciona contra las maldades y peligros del plástico, ya sea en forma de bolsas de supermercado, botellas de agua desechables o empaquetado de alimentos de rápido consumo, podría decirse que El canto del estireno es una obra totalmente desfasada e incluso reaccionaria. Pero esto no sería más que una reflexión superficial y terriblemente equivocada, hija también de estos tiempos banales que nos está tocando vivir.

Lo que Alain Resnais hizo en esta obra encargada por la Sociedad Industrial Péchiney para cantar las bondades del plástico como material versátil por excelencia fue un ejercicio cinematográfico de primer nivel en el que el desentrañó de una manera didáctica el proceso de fabricación del plástico empleando recursos visuales atractivos y un texto de naturaleza poética que, a priori, podría no parecer lo más adecuado para algo tan frío y poco sensible como un proceso industrial.

Tras unos coloristas títulos de crédito, una cita de Víctor Hugo da paso a unas no menos coloristas imágenes de productos de plástico que se erigen como un muestrario de formas geométricas vinculadas por una naturaleza misteriosa que el metraje tratará de desenmascarar siguiendo el camino inverso de su fabricación, desde el producto acabado hasta el petróleo como materia primigenia que lo originó. Todo es narrado mediante una voz en off que, como particularidad (quizá irónica) relata un proceso técnico empleando versos alejandrinos, emparentando materias tan aparentemente alejadas como la industria y una disertación metafísica sobre la naturaleza de los objetos enunciada en clave poética.

El canto del estireno
El canto del estireno (Alain Resnais, 1958)

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