AMFF 2021. Crítica de ‘El albor de la tragedia’: El discreto desencanto de la burguesía

Las críticas de Daniel Farriol en el AMFF 2021:
El albor de la tragedia

El albor de la tragedia (All The Pretty Little Horses) es un drama social griego con tintes de thriller escrito y dirigido por Michalis Konstantatos (Luton). Es la historia de una pareja que tras la crisis económica se aleja de la gran ciudad para buscar refugio junto a su hijo en un pueblo de la costa. Se dedican a realizar trabajos temporales y a alojarse en lujosas casas ajenas aprovechando que los dueños viven en la ciudad. ¿Podrán mantener esa mentira durante mucho tiempo? Está protagonizada por Yota Argyropoulou, Dimitris Lalos (Kala azar, Cosmic Candy), Alexandros Karamouzis, Katerina Didaskalou (Dark Illusion, Triple agente), Dimitris Kapetanakos, Kostas Antalopoulos, Vicky Papadopoulou y Antonis Myriagos. La película se ha estrenado en España en Filmin a través del AMFF 2021 el día 26 de Julio de 2021.

Una pareja de ocupas burgueses

El albor de la tragedia es otra muestra de esa nueva ola del cine griego, posiblemente una de las corrientes artísticas más características e innovadoras que ha dado el cine europeo en las últimas décadas. Su eclosión se sitúa tras la crisis económica que azotó a Europa a finales de la década de los 2000. Surgió como una respuesta crítica no exenta de rabia contra la burbuja de prosperidad que acabó reventando en nuestras narices. Si en su ópera prima Luton (2013) el director Michalis Konstantatos nos hablaba de un grupo de personas insatisfechas que deambulaban por sus vidas en plena consumación de la crisis, en esta segunda película nos sitúa en un periodo algo posterior al punto álgido de esa crisis.

Los protagonistas son una pareja formada por Aliki y Petros que hasta entonces habían tenido una vida acomodada y de estilo burgués. Ahora ella ha perdido su trabajo como anestesista y se dedica a cuidar de un anciano enfermo para ganar algo de dinero. Él también está buscando un nuevo empleo como asesor financiero, pero el mercado laboral no ofrece oportunidades. Las deudas les han hecho perder su casa en Atenas y han iniciado una nueva vida junto a su hijo en un pequeño y tranquilo pueblo costero. Pero su secreto mejor guardado es que se alojan en lujosas casas ajenas aprovechando que están vacías al tratarse de las segundas residencias de dueños adinerados que viven casi todo el año en la capital.

La crisis de los parásitos

El albor de la tragedia es como la versión griega de Parásitos (Bong Joon-ho, 2019). Tiene la particularidad de estar protagonizada por una pareja burguesa que aún no ha asumido que ha perdido su estatus social. Por eso se empeñan en mantener sus mismas costumbres en una patética representación fake de la que una vez fue su vida. Viéndoles desayunar, bañarse en la piscina o en la manera de vestir que tienen, nadie diría que están arruinados. Su necesidad de aparentar es tal que, en un momento dado, se arriesgarán a invitar a cenar a su (no) casa a una pareja de amigos a los que la crisis no les ha golpeado como a ellos.

Sin embargo, su vida está tan atascada como esa puerta de entrada a la casa que hay que arreglar y nunca acaban de hacerlo. La crisis financiera terminará por resquebrajar la relación del matrimonio en una espiral autodestructiva que sirve a Michalis Konstantatos para extrapolar el ámbito íntimo al globalizado de todo un país. Tal vez, la puesta en escena de El albor de la tragedia es menos manierista y más realista que otras propuestas del nuevo cine griego, pero las señas de identidad son reconocibles y similares a las de otros cineastas referenciales del movimiento como Yorgos Lanthimos, Argyris Papadimitropoulos, Ektoras Lygizos, Athina Rachel Tsangari o Alexandros Avranas.

De hombres y caballos

El albor de la tragedia tiene un ritmo apaciguado que muestra con fría distancia la evolución de sus personajes. Se nos escatiman la mayoría de detalles importantes de un pasado salpicado por una tragedia que nunca se aborda de manera explícita. Los escenarios luminosos y diáfonos por los que se mueven contrastan con la oscuridad que va creciendo en su interior. Para generar una mayor tensión creciente Michalis Konstantatos va añadiendo con sutileza algunos elementos distorsionadores. El atropello de un animal, un vecino que observa a la pareja mientras pasea a sus perros, el niño jugando junto a un pozo mal cubierto… El director de fotografía es Giannis Fotou (Invisible, Runaway Day) que a veces utiliza encuadres inesperados para acrecentar la incomodidad y desconexión con la realidad en que vive sumida el matrimonio. Es una gélida estructura narrativa deudora del Haneke de Caché (Escondido) (2005).

Si nos fijamos en el título original «All the Pretty Little Horses» vemos que está extraído de una canción de cuna. Podría simbolizar la inocencia del niño ajeno a la crisis que juega con su carrusel de caballitos girando en un círculo infinito. Sus padres también cabalgan por la vida sin ser capaces de cambiar la trayectoria. En círculos. Para ahondar en la metáfora se incorpora una escena onírica en la que Aliki, interpretada por una soberbia Yota Argyropoulou, acaricia a un caballo salvaje que encuentra en el jardín. Es un momento que, si se quiere, está introducido con calzador y que aporta el simbolismo que tenía el unicornio que aparecía en Blade Runner (Director’s Cut) (Ridley Scott, 1992). 

El albor de la tragedia es una película a veces imperfecta y especialmente redundante durante el segundo acto. También tiene algunas decisiones efectistas discutibles en su parte final (el doble intento de agresión sexual, por ejemplo). Sin embargo, nunca perderemos el interés por su apuesta formal y por esa sarcástica representación del desencanto de una burguesía que no acepta la pérdida de sus privilegios.  


¿Qué te ha parecido la película?

El albor de la tragedia

6.4

Puntuación

6.4/10

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