Crítica de ‘La escopeta nacional’: Ni fueron felices ni comieron perdices

Las críticas de José F. Pérez Pertejo : 
La escopeta nacional
 

Apenas unos días después del centenario de Luis García Berlanga (nacido el 12 de junio de 1921) se reestrena en cines La escopeta nacional (1978), una de sus obras más populares e icónicas aunque, en opinión de quien aquí escribe, esté un escalón por detrás de sus grandes obras maestras Bienvenido Mister Marshall (1953), Plácido (1961) y El verdugo (1963).

Berlanga inaugura con La escopeta nacional una trilogía coescrita junto al gran Rafael Azcona que se completaría con Patrimonio Nacional (1981) y Nacional III (1982). Recientemente se ha conocido la existencia de una cuarta parte cuyo título, Nacional IV: ¡Viva Rusia!, se ha desvelado al encontrarse el guion de la misma entre el contenido de la caja depositada en 2008 por el propio realizador valenciano en el Instituto Cervantes con el compromiso de ser abierta justo al cumplirse su centenario. Falta por saber si algún director actual se atreverá a filmar dicho guion escrito a cuatro manos por el propio Luis García Berlanga junto a su colaborador habitual Rafael Azcona, el escritor y periodista Manuel Hidalgo y su hijo Jorge Berlanga.

Película inclasificable y genuina de un estilo que con el tiempo daría en llamarse berlanguiano, La escopeta nacional reúne un deslumbrante reparto con lo más granado de un determinado momento del cine español: José Sazatornil, Luis Escobar Antonio Ferrandis, José Luis López Vázquez, Rafael Alonso, Agustín González, Mónica Randall, Laly Soldevila, Amparo Soler Leal, Luis Ciges, Chus Lampreave y Bárbara Rey se dan cita en torno a una cacería organizada por un empresario catalán (Sazatornil) interesado en hacer negocios con la instalación de porteros automáticos para lo cual quiere hacer contactos con un influyente ministro (Antonio Ferrandis) a través de un intermediario (Rafael Alonso) en la casa de campo del excéntrico Marqués de Leguineche (Luis Escobar) y toda su corte de aduladores y advenedizos entre los que no faltan representantes del clero, la prensa, la banca, la política, la farándula y una decadente aristocracia franquista.

A todos ellos les azotarán el dúo de guionistas tejiendo un retrato tan descarnado como divertido en el que se desnudan la falsa moral, el afán por las apariencias, el egoísmo tribal, la ambición sin escrúpulos y la hipocresía que imperaban en los sectores señalados y, por extensión, en una buena parte de la sociedad española que se resistía a despedirse de su privilegiada posición.

A pesar de su vocación coral, tan propia del cine de Berlanga, resulta difícilmente discutible el protagonismo de un Sazatornil en estado de gracia a quien la cámara sigue continuamente en sus continuas desventuras desde su llegada a la casa del marqués hasta su partida, perdices en mano, junto a su amante secretaria (Mónica Randall). Su transitar en busca de financiación para su proyecto empresarial nos permitirá conocer a una suerte de personajes disparatados como el impagable cura preconciliar interpretado por Agustín González, la arribista actriz representativa de la época del destape (Bárbara Rey) o el pajillero hijo del marqués (enorme José Luis López Vazquez) y su inseparable criado (Luis Ciges).

Berlanga compone en La escopeta nacional una mordaz sátira con continuas pinceladas del humor escatológico marca de la casa y una deliberada tendencia al esperpento de la que hace cómplices a todo su elenco, un conjunto de grandísimos intérpretes que se sitúan permanentemente en el delicado filo del límite entre la interpretación y la extravagancia.

Pensar en la vigencia de la película más de cuatro décadas después de su estreno nos aboca a dos conclusiones aparentemente contradictorias. Por un lado, y a pesar del incuestionable lavado de cara de la sociedad española tras cuarenta y seis años de democracia y modernidad, no resulta difícil reconocer en algunos personajes de la película a los antepasados de los políticos arribistas, empresarios sin escrúpulos y burgueses snobs que, en pleno siglo XXI siguen entregándose con desenfreno a los tráficos de influencias y corruptelas varias con los que, de vez en cuando, desayunamos en los periódicos. Tal vez hoy no se reúnan en cacerías (o sí, no lo sé) pero no resulta difícil verlos en los palcos de algunos estadios de fútbol (sedes de la nueva aristocracia) o en las revistas del colorín adornando con su presencia las bodas de sus delfines.

Sin embargo, y esto es claramente un retroceso, me cuesta creer que en esta sociedad sigloveintiunesca de pulcros bienpensantes, inquisidores aficionados, ofendidos profesionales e insultadores anónimos que gobiernan con mano de hierro los estados de opinión a través de las redes sociales y un periodismo de baratillo, Luis García Berlanga y Rafael Azcona pudieran escribir con la libertad, la frescura y el desparpajo que emplearon en 1978 en una España recién asomada a una balbuceante democracia, con la censura recién derogada y en la que los poderes fácticos del franquismo todavía tenían predicamento. En 2021, personajes como el que interpreta Bárbara Rey desataría las iras de los guardianes de la corrección política con tanto encono como lo haría la colección de vellos púbicos de las amantes del Marqués de Leguineche. Los mismos que le ríen la gracia a Berlanga ajusticiarían a quien hoy en día se atreviera a escribir algo similar.

“Y ni fueron felices ni comieron perdices… desgracia habitual mientras existan ministros y administrados”.


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La escopeta nacional

7.5

Puntuación

7.5/10

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