Crítica de ‘La voz humana’: Un Almodóvar mayúsculo en formato pequeño

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
La voz humana
 

Cumplidos ya los setenta, asumido su dolor y digerida su gloria, Pedro Almodóvar está en esa edad en la que puede, y debe, permitirse hacer lo que le dé la gana. Pero lejos de las veleidades creativas de otros directores que, llegada la madurez, se han esquinado hacia propuestas disonantes, Almodóvar engrandece su condición de cineasta mayúsculo para ejercer su oficio en su proyecto más pequeño en cuanto a formato se refiere: un cortometraje de 29 minutos con la adaptación de La voz humana.

Tras varios escarceos con el texto de Jean Cocteau a lo largo de su filmografía, especialmente notorios en La ley del deseo y Mujeres al borde de un ataque de nervios, el director manchego afronta, ahora sí de frente, el monólogo teatral escrito por Cocteau hace la friolera de 90 años. Para tal empresa se ha encomendado a una de las actrices más potentes del panorama cinematográfico mundial, la británica Tilda Swinton, una intérprete tan inquietante como versátil.

Llevar el teatro al cine es una empresa peliaguda de la que no todos los directores han salido airosos. Es cierto que existe la respetable opción de filmar una puesta en escena teatral y realizar un largometraje tipo Estudio 1, si se hace con oficio y buenos actores se pueden conseguir resultados excelentes que, sin embargo, se adaptan mejor al formato televisivo que al cinematográfico. Pero no es ese, ni mucho menos, el propósito de Almodóvar con La voz humana, el cineasta manchego parte del texto para hacerlo suyo a través de una ligera actualización del mismo y una dirección soberbia con la que consigue una perfecta simbiosis entre el medio teatral de procedencia y el entorno cinematográfico de destino. La voz humana no es teatro filmado, es puro cine en el que en cada fotograma se respira la esencia teatral de su más íntima naturaleza.

La puesta en escena, con una meticulosa concepción estética marca de la casa, es tan brillante como efectista (y eficaz), no conviene desvelar los detalles de la misma porque precisamente en ella radica la genialidad del film, en ella y, claro está, en el apoteósico trabajo de Tilda Swinton que se empapa de todos los matices del texto de Cocteau tamizado por Almodóvar para desplegar una interpretación desde las entrañas, de las que hacen daño si se miran de frente y uno acaba sintiendo la piel de esa mujer al borde del colapso emocional.

Pero fíjense, más allá de la incidental aparición de Agustín Almodóvar y otros miembros de la familia en el pequeño prólogo, a pesar de tratarse de un monólogo y, por tanto, tener un solo personaje en pantalla, no sería ningún disparate que en los créditos del film figurase “La voz humana interpretada por Tilda Swinton y Alberto Iglesias”. Porque lo que hace el compositor vasco supera el mero acompañamiento musical de las imágenes, no, la partitura de Iglesias acompaña y da la réplica a las emociones de Swinton, frasea con más potencia interpretativa de la que serían capaces muchos actores y, en definitiva, impregna de emoción al texto, a la actriz y a la puesta en escena.

La voz humana es una demostración más de que no hacen falta excesivos metrajes para contar una historia ni emocionar al espectador. Almodóvar captura en media hora las emociones de esta mujer sola, abatida y rabiosa que emerge de su debilidad para hacerse fuerte. Un prodigio de cine (y de teatro).


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