68 SSIFF. Sección Oficial. Crítica de ‘Rifkin’s Festival’: Woody Allen homenajea a sus maestros

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en el 68 SSIFF: 
Rifkin’s Festival
 

Para referirse a muchos directores de cine, a algunos de manera injustificada, se emplea con frecuencia esa frase tan relamida de que tienen un universo reconocible, un mundo propio o un estilo inconfundible; pero de pocos como de Woody Allen puede decirse que después de cincuenta largometrajes más alguna producción televisiva ha conseguido convertirse en un género cinematográfico en sí mismo. Por encima de comedias o dramas, sus obras son películas de Woody Allen, en todas ellas aborda sus fantasmas personales, la muerte, el sexo, la hipocondría,  la infidelidad, las crisis creativas, las dudas existenciales, la culpa o la religión. Algunas veces (la mayoría) lo hace desde los mecanismos de la comedia, los cuales maneja como pocos directores de la historia del cine y otras ejerce un acercamiento más dramático, incluso en algunas ocasiones con tintes de thriller (Delitos y Faltas o El sueño de Casandra por ejemplo). Rizando el rizo llegó a hacer el experimento de contar la misma historia dos veces en un mismo film desde los dos (aparentemente) antagónicos puntos de vista en la infravalorada Melinda y Melinda

Tras todas las dificultades que los (a juicio de quien esto escribe injustos) avatares de su vida privada ocasionaron al estreno y distribución de su anterior largometraje Día de lluvia en Nueva York, Allen ha tenido que regresar a Europa para poder sacar adelante su siguiente proyecto interrumpiendo por primera vez desde 1981 su incansable ritmo de película por año. Afortunadamente la coproducción entre España, Italia y Estados Unidos ha dado a luz esta deliciosa Rifkin’s Festival que hoy sirve de inauguración a la sexagésimo octava edición del Festival de San Sebastián, precisamente la ciudad en la que fue filmada y en el Festival en el que se sucede todo el núcleo argumental de la película y que sirve a su autor para, en clave amable, volver a tratar muchos de sus temas referenciales anteriormente citados. 

Un matrimonio estadounidense formado por Mort Rifkin, un profesor de cine y eterno aspirante a novelista (Wallace Shawn) y Sue, una representante de actores (Gina Gershon) viajan al Festival de San Sebastián por motivos de trabajo de ésta última, pues Philippe, uno de sus directores representados (Louis Garrel), presenta a competición su última película, una suerte de película pacifista a propósito de la cual el guion desgrana algunos de los chistes más tronchantes del film. Una vez allí, la tensión sexual entre Sue y Philippe tendrá a Rifkin (notablemente mayor que su esposa) con la mosca detrás de la oreja haciendo aflorar toda una suerte de hipocondrías que le llevarán a conocer a la Dra. Rojas (Elena Anaya) una eminente cardióloga casada con un impresentable pintor (Sergi López). Con estos personajes, Woody Allen construye una divertida película con dosis de enredo romántico al tiempo que ejerce una acerada crítica a la impostura que rodea al mundo del cine, prensa cinematográfica incluida, y ofrece un precioso homenaje a algunos de los más inmortales clásicos del cine europeo a cuyos directores Woody Allen siempre ha reconocido como sus maestros.

Si bien es cierto que en algunas películas Woody Allen había jugado a ser Fellini (Recuerdos) o Bergman (Interiores, Septiembre), nunca a lo largo de su filmografía había sido tan explícito en mostrar sus devociones fílmicas que, sin embargo, son bien conocidas por sus seguidores pues siempre las ha citado en sus entrevistas y, más recientemente, en su autobiografía “A propósito de nada”. Las secuencias en las que la fotografía del maestro Vittorio Storaro vira al blanco y negro para emular a Truffaut, Godard, Fellini, Bergman o Buñuel son puro deleite para el cinéfilo y algunas de ellas, como la de El séptimo sello interpretada por Christoph Waltz, sencillamente desternillantes. 

En cuanto al reparto es imprescindible destacar al gran Wallace Shawn (alter ego de Allen aunque él insista en negarlo) que derrocha simpatía, bonhomía y el sarcasmo marca de la casa (de su director y guionista). Su crisis creativa y existencial son el auténtico tema central de una película que, por encima, barniza con una historia romántica. También está particularmente brillante una Elena Anaya con un excelente inglés y a la que la cámara adora. Gina Gershon hace un sólido trabajo. Me gusta menos Louis Garrel ciñéndose demasiado a un arquetipo que podía haberse enriquecido con muchos más matices y resulta esperpéntica la (afortunadamente) breve aparición de Sergi López, un actor que, por lo demás, siempre me ha encantado. 

La otra gran protagonista del film es la ciudad de San Sebastián que aparece retratada con todo el encanto de sus parajes en un auténtico alarde de localizaciones. No he tardado en escuchar en tono despectivo que la película peca de publirreportaje de la ciudad como si esta no fuera una constante del cine de Allen quien, urbanita confeso, siempre ha retratado con devoción las ciudades en las que se desarrollan sus películas desde aquellos planos iniciales de Manhattan con los que hacía una auténtica declaración de amor a su ciudad, Nueva York, en la que se desarrollaron todas sus películas durante décadas. Cuando las circunstancias le obligaron a cambiar de ubicación, dedicó el mismo mimo a retratar Londres, París, Barcelona, Roma o ahora San Sebastián. Lo que en otros directores se asumiría como un rasgo de estilo, a Woody Allen se le tacha como concesión a sus productores. Precisamente la crítica española, que fue la única que trató con una fiereza desmedida a la infravalorada Vicky Cristina Barcelona volverá a cargar las tintas contra este film precisamente por ser de producción nacional. Que no cuenten conmigo. Rifkin’s Festival es una película divertida, inteligente y enormemente entretenida. 


¿Qué te ha parecido la película?

 

9

Puntuación

9.0/10

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