10 D’A FILM FESTIVAL. Crítica de ‘Un blanco, blanco día’: Gélido viaje de la tristeza a la ira

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en el 10 D’A FILM FESTIVAL: 
Un blanco, blanco día 
 

Superar una pérdida afectiva es uno de los procesos más dolorosos a los que, tarde o temprano, todos estamos condenados a enfrentarnos. A pesar de que, como casi todo en la vida, el proceso del duelo está estudiado y existen profesionales a los que pedir ayuda en caso de quedarse estancado en una de sus fases, lo que suele predominar es un dolor íntimo que uno ha de digerir poco a poco ayudado por el paso del tiempo y la implacable vida cotidiana que sigue sometiéndonos a sus rutinas y sus sobresaltos. Pero si, en medio del proceso, sufrimos un sobresalto en forma de información desconocida sobre la persona cuya pérdida estamos gestionando, el duelo se complica y la gestión de las emociones puede alterarse con consecuencias difíciles de predecir.

En este momento vital de pérdida afectiva se encuentra Ingimundur (Ingvar  Sigurðsson), un jefe de policía recién jubilado que acaba de perder a su esposa en un accidente de tráfico provocado por una niebla tan densa que teñía el día de blanco. Este hombre de apariencia rocosa y carácter flemático trata de reanudar su vida rehabilitando una casa en un paraje recóndito (de la recóndita Islandia) para que vivan su hija y su nieta. Y es precisamente su nieta Salka (Ída Mekkín Hlynsdóttir) la única persona con la que Ingimundur parece sentirse a gusto. Pero cuando revisando los objetos personales de su fallecida esposa, comienza a sospechar que le era infiel, la tristeza empieza a ceder terreno a la ira y sus conductas a una peligrosa obsesión por averiguar la verdad y, llegado el caso, cobrar venganza.

Esta difícil digestión de las emociones es el caldo de cultivo sobre el que el director islandés Hlynur Pálmason construye su segunda película, un drama gélido como el clima en el que se desarrolla, que conduce con un ritmo deliberadamente lánguido para el que se ayuda del uso recurrente de la foto fija, más como recurso estilístico que narrativo, especialmente durante la primera mitad del film en la que predomina el tono intimista con el que su director hace un delicado retrato de las emociones de su protagonista.

En la segunda mitad de la película, el ritmo se torna más aguerrido y el film adquiere ciertos tintes de thriller en los que Pálmason toma decisiones más al servicio de la narración que del estilo. Las cosas que hasta este momento ocurrían hacia dentro comienzan a ocurrir hacia afuera, lo cual permite a Sigurðsson abandonar (parcialmente) el intimismo y dar rienda suelta a esta nueva emoción mucho más fácil de exteriorizar que la tristeza.

Película un tanto anodina en la que lo más destacable son, sin la menor duda, algunas de las secuencias que comparten abuelo y nieta, amén de la espléndida interpretación de Sigurðsson que le valió el premio a la mejor interpretación en la Semana de la Crítica del pasado Festival de Cannes. Su personaje, emparentado con los vaqueros solitarios de los westerns clásicos, cambia el caballo por el cuatro por cuatro y las llanuras del oeste americano por los paisajes islandeses de “los días en los que todo es tan blanco y no se distingue entre el cielo y la tierra en los que los muertos pueden hablar a los vivos” según reza la cita anónima con la que comienza el film.


Un blanco, blanco día se ha alzado con el Premio Talents (sección competitiva) de la décima edición del D’A Film Festival de Barcelona que en este año 2020 se ha celebrado online a través de la plataforma Filmin debido a las restricciones provocadas por la pandemia Covid 19. 


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Un comentario en «10 D’A FILM FESTIVAL. Crítica de ‘Un blanco, blanco día’: Gélido viaje de la tristeza a la ira»

  • el 15 mayo, 2020 a las 10:03
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    Magnífica crítica con un primer párrafo esplendoroso y que clava la situación personal postpérdida. La historia parece fría como suelen ser las películas islandesas y del norte de Europa, creo que más que nada por la diferencia de carácter que nos separa.

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