Crítica de ‘La llamada de lo salvaje’: Entretenida y emotiva versión de la novela de Jack London

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
La llamada de lo salvaje
 

Según reza la leyenda, cuando le preguntaron a Alfred Hitchcock cuales eran las cosas más difíciles de filmar respondió “niños, perros, trenes y Charles Laughton”. No he encontrado nunca una fuente bibliográfica fiable donde aclare verazmente qué quiso decir exactamente, pero me encantaría ver la cara del maestro si resucitase por un momento y alguien le dijese que se puede hacer una película de perros sin perros.

No tengo nada en contra del empleo del CGI (Imágenes generadas por ordenador) en el cine, todo lo contrario, si los dibujos animados nos han entretenido durante décadas con películas de animales que hablan, que sufren y padecen vivencias humanas con sentimientos y comportamientos humanos, no sé porqué vamos a privarle al cine de seguir haciéndolo de forma más verosímil ahora que la tecnología lo permite. De hecho, hace apenas unos meses escribí unas elogiosas líneas acerca de los espectaculares resultados conseguidos en la nueva versión de El Rey León. Es incuestionable que esta tecnología permite conseguir interpretaciones sorprendentes, baste recordar el Gollum de El señor de los anillos creado digitalmente sobre el trabajo de Andy Serkis.

El problema sucede cuando esta creación digital aplicada a una película que pretende ser realista termina consiguiendo el efecto contrario, es decir, resultar artificial. Buck, el perro protagonista de esta nueva versión del clásico literario de Jack London, está creado con tecnología de captura de movimiento aplicada al trabajo de Terry Notary, otro imprescindible (junto al citado Serkis) cuando se trata de dar vida a criaturas mediante este tipo de efectos visuales (ha participado en Avatar, Las aventuras de Tintín, El planeta de los simios o El Hobbit entre otras). El resultado del trabajo conjunto de Notary y los informáticos es un perro humano, demasiado humano. La gestualidad del rostro, las miradas, las elevaciones de las cejas e incluso algunos movimientos corporales son, por así decirlos, tan impropios de un perro que, aunque funcionarían con un dibujo animado, aquí, en algunos momentos, chirrían.

Dicho esto, La llamada de lo salvaje (traducción más literal del título de la novela The Call of the Wild, que la habitual traducción La llamada de la selva) es una película incuestionablemente entretenida que cumple con creces lo que se propone y hará las delicias de su público diana que no es otro que el familiar.

Hay, en La llamada de lo salvaje, dos partes que no resultan demasiado difíciles de diferenciar. Una primera parte trepidante, que cumple a la perfección con todos los principios del cine de aventuras y resulta, además, enormemente divertida al explotar momentos de comicidad entre el perro y el actor francés Omar Sy (el cuidador de François Cluzet en Intocable). La narración avanza a golpe de voz en off (la del protagonista John Thornton interpretado por Harrison Ford) y se respira cierto aroma de la novela de Jack London. Acompaña a Omar Sy la actriz canadiense Cara Gee que pone el contrapunto serio en esta peculiar pareja dedicada al reparto del correo en la recóndita región del Yukón durante la época de la fiebre del oro.

Mediado el film, coincidiendo con la cesión del protagonismo a Harrison Ford, la película abandona paulatinamente el tono divertido para tornarse un poco más intimista y emotiva apoyándose en el vínculo entre hombre y perro. Comienza entonces la exaltación de determinados valores como la lealtad o la generosidad y un canto a la naturaleza como un bien a preservar. Desconozco cuánto de metraje se filmó en espacios naturales y cuánto en estudio, pero la grandiosidad de los impresionantes paisajes es filmada con un enorme sentido de la belleza por el maestro Janusz Kaminski. A pesar del carácter más sombrío, La llamada de lo salvaje mantiene durante esta segunda mitad el tono y el ritmo de una película de aventuras, con cierto mensaje moralizante lo suficientemente matizado para no resultar molesto.

El reparto funciona fundamentalmente gracias a un entrañable Harrison Ford y un divertido Omar Sy. El resto de los personajes son meros vehículos para hacer avanzar la narración con el contrapunto entre drama y comedia, ya saben, malos malísimos, buenos buenísimos, listos listísimos y tontos tontísimos. En conclusión, una historia de las de antes filmada con los medios de ahora que maneja una acertada mezcla entre aventuras, comedia y drama. Un dignísimo entretenimiento.


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6

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