Crítica de ‘1917’: Sam Mendes consigue hacer poesía en medio de la guerra

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
1917
 

Cuando en 1999 Sam Mendes hizo su debut como director cinematográfico con American Beauty, convirtiéndose en el sexto director de la historia del cine en ganar el Óscar a la mejor dirección con su ópera prima, era ya un respetadísimo director teatral en el West End londinense que a su paso por la Royal Shakespeare´s Company y el Royal National Theatre, sumaba aclamadísimas puestas en escena de Chéjov, Tennesse Williams y actualizaciones de musicales clásicos como sus celebrados montajes de Cabaret u Oliver.

Durante estas dos décadas, Mendes ha simultaneado su febril actividad teatral en Londres y Nueva York con la dirección de ocho largometrajes, entre ellos la magistral joya del cine negro Camino a la perdición, el sobresaliente drama Revolutionary Road o, a juicio de muchos cinéfilos, entre ellos quien esto escribe, el mejor James Bond de toda la serie: Skyfall. Todas sus películas hasta la fecha hablaban de un cineasta con un sentido exquisito de la puesta en escena, del tempo de cada género cinematográfico, de la utilización de los recursos propios del cine y de la dirección de actores. Pero ha sido con su octavo film, el recién estrenado 1917, con el que se ha consagrado como un auténtico maestro del cine cuyo nombre merece estar, ya para siempre, entre los grandes de la historia.

Decir que 1917 es una película de género (bélico) es, al mismo tiempo, una obviedad y una inexactitud. Obviedad porque la película transcurre en el año que da título al film, durante la Gran Guerra, situándonos en el seno del ejército inglés que luchaba en Francia y argumentalmente nos cuenta algo tan simple como la historia de una misión de guerra que debe ser ejecutada por dos cabos. Pero a pesar de que como película bélica se ajusta a varios de los cánones del género, sería enormemente simplista reducirla únicamente a eso porque 1917 es, además de una película de guerra, una poderosa reivindicación de la vida como valor absoluto.

En las estremecedoras imágenes de 1917 se encierra un poético canto al humanismo más esencial, el que nos lleva (o debería llevarnos) a hacer siempre lo que creemos que debemos hacer por encima de lo más cómodo, lo más conveniente, lo más rentable o lo más cobarde. La epopeya de los cabos Schofield (George MacKay) y Blake (Dean-Charles Chapman) supone una nada pueril exaltación de la amistad, la lealtad y el sentido de la responsabilidad y del deber sin recurrir a soflamas políticas o símbolos patrióticos. Y todo está filmado de tal forma por la mano maestra de Mendes que es imposible no implicarse, no acompañar a estos dos hombres en su penoso transitar por las trincheras, por las alambradas y por los poblados arrasados por los bombardeos.

Pero acaso la mayor virtud de 1917 estribe en que Sam Mendes bebe de algunos clásicos del género (se respiran aromas de Senderos de Gloria o de Salvar al Soldado Ryan) para crear algo nuevo, su dispositivo fílmico narrando la historia en dos planos secuencia con un único salto temporal, lejos de resultar artificioso, juega muy a favor de la autenticidad, del verismo y de la capacidad para conmover. En este sentido resulta incuestionable el mérito de una estudiadísima puesta en escena que permite que la cámara esté siempre donde tiene que estar sin que las exigencias a las que se ve sometida por los movimientos de los actores, los cambios de ubicación o las vicisitudes que sufren, hagan que se note su presencia.

Pero, como he dicho, además de filmar con mano maestra las trepidantes secuencias bélicas, Mendes consigue dotar a sus imágenes de poesía en medio de la mayor manifestación de la barbarie humana, algo solo al alcance de creadores con una sensibilidad especial. Para ello se vale, fundamentalmente de la naturaleza: esos árboles permanentemente en plano como delimitadores de la puesta en escena y como símbolos vitales, esa simbiosis entre el cielo, la tierra y el agua y la belleza de las flores de los cerezos encierran metáforas de una sutileza enternecedora; pero no solo de la naturaleza destila poesía Mendes, a pesar de la sofisticada puesta en escena fruto de la filmación en plano secuencia, consigue que los planos generales se conjuguen con planos medios y con planos detalle de una delicadeza exquisita que potencian la carga dramática de algunos de los momentos más emocionantes.

No es ajeno a todo esto la impecable dirección de fotografía del maestro británico Roger Deakins que hace un maravilloso manejo de la luz tanto en exteriores como (sobre todo) en interiores ni la portentosa banda sonora compuesta por otro maestro, Thomas Newman, ante el que la Academia de Hollywood debería sonrojarse por no haberle premiado nunca. La música que ha compuesto para 1917 tiene valor por sí misma, pero unida a las imágenes de Deakins para los planos de Mendes constituyen una mezcla sublime.

En cuanto al reparto, la decisión de otorgar los dos papeles protagonistas a dos (incuestionablemente) excelentes actores pero poco conocidos me parece, acaso, el mayor acierto. Los rostros de dos estrellas del cine distraerían a buen seguro la atención de lo esencial que no es tanto ellos mismos como lo que les ocurre y cómo lo viven. Las interpretaciones de Dean-Charles Chapman y muy especialmente de George MacKay son tan desbordantes en lo físico como austeras en lo emocional. Ambos llevan el peso interpretativo del film con dos personajes complejos a los que la concepción del film y las exigencias formales de la filmación convierten en endiabladamente difíciles. Algunos nombres más conocidos figuran, sin embargo, en el reparto dando vida a personajes decisivos en la trama pero con poco tiempo de presencia en plano. Todos ellos están brillantes.

Es peligroso hablar en caliente de las películas porque se corre el riesgo de caer en la hipérbole y no colocar a ninguna en un término medio. Todas son obras maestras o inmundas porquerías. Y muy pocas películas al año son obras maestras y tampoco hay tantas a las que calificar con tal desprecio. Sin embargo, al salir de ver 1917 tuve sensaciones que he tenido muy pocas veces, esa sensación de haber visto un clásico instantáneo, una de esas películas que perdurarán para siempre, sobre las que se escribirán sesudos ensayos y que serán enseñadas en las escuelas de cine. Porque lo que ha hecho Sam Mendes es un puro derroche de gran cine, una de las mejores películas de lo que llevamos de siglo y vamos a completar ya dos décadas.


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