Crítica de ‘La trinchera infinita’: Asfixiante historia de fantasmas durante la dictadura

Las críticas de David Pérez “Davicine”:
La trinchera infinita

Aitor Arregi, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga ya nos sorprendieron gratamente con Handia y Loreak, y parece que no quieren bajar el nivel tras haber conquistado la Concha de Plata a la mejor dirección por La trinchera infinita, donde también la película ha ganado el Premio al Mejor Guion para Luiso Berdejo y Goenaga, además de los siguientes galardones: Premio Irizar al Cine Vasco, Premio FIPRESCI, Premio FEROZ Zinemaldia y Premio al Mejor Guión Vasco, postulándose como una gran triunfadora en los próximos Goya.

La trinchera infinita cuenta la historia de un “topo” que permanece encerrado en su casa más de 30 años. Higinio y Rosa llevan pocos meses casados cuando estalla la Guerra Civil y la vida de él pasa a estar seriamente amenazada. Con ayuda de su mujer decidirá utilizar un agujero cavado en su propia casa como escondite provisional. El miedo a las posibles represalias, así como el amor que sienten el uno por el otro les condenará a un encierro que se prolongará durante más de 30 años.

En 2011, Manuel Hidalgo Martín estrenó 30 años de oscuridad, un documental que nos contaba cómo, tras el final de la Guerra Civil, Manuel Cortés, antiguo alcalde de la localidad malagueña de Mijas, no tuvo ocasión de escapar de España y consiguió llegar de noche a su hogar sin ser descubierto, donde abrió un pequeño hueco en una pared en la que se escondió, sin llegar a pensar que aquel pequeño espacio se convertiría en su cárcel particular durante 30 años. Ya aquí nos contaban la historia de los llamados “topos de la posguerra”, que tuvieron que sacrificar una vida entera para huir de la represión.

La historia de los “topos” de ambas producciones conecta con la de muchas otras personas que tuvieron que esconderse en el marco de guerras internacionales. Desde los dos años y medio que se ocultó Anna Frank de los nazis, hasta los más de 25 años que estuvo escondido el soldado japonés Teruo Nekamura tras el final de la II Guerra Mundial.

La trinchera infinita, al igual que si se tratara de un documental, nos cuenta esta historia con gran rigor, un fiel retrato de las personas que debieron esconderse en sus propios hogares con el trasfondo de una dictadura que, sin llegar a verse, nos oprime igualmente a través de las reacciones de sus propios vecinos. Para hacernos partícipes de la angustia de los protagonistas, la película se centra en el interior del hogar, y nos pide poner algo de nuestra parte para conocer lo que acontece en el exterior a la vez que sus protagonistas, viendo la realidad a través de las grietas y agujeros que permiten entrar escasa luz al escondite de Higinio.

De la misma forma que la película arranca cámara en mano, con persecuciones y huidas como consecuencia de los enfrentamientos entre ambos bandos, poco tardan los cineastas en llevarnos a una película más íntima, en la que la oscuridad y la soledad son las únicas herramientas disponibles para poder poco a poco ir cicatrizando las heridas abiertas por un conflicto en el que ambas partas creían tener razón. Con el paso de los años, el miedo se desvanece, la tecnología avanza, y es más fácil recibir la información, de ahí que la segunda parte de la película juegue menos con el misterio y el miedo, deje entrar mayor luz en nuestras retinas, y veamos el mundo con otros ojos, aunque en el fondo no haya cambiado tanto.

Antonio de la Torre y Belén Cuesta son los encargados de dar vida a la pareja protagonista, y son los responsables de mantener tanto la tensión como el drama de esta historia de amor y miedo, cargada de suspense, en la que poco importa lo que suceda fuera de las cuatro paredes donde se encuentran ellos, pues ambos son los protagonistas absolutos de esta historia tan íntima. No sólo es importante la ambientación para generar la sensación de claustrofobia que puede generarse viviendo encerrado tras una pared, sino que los impecables diálogos y reacciones de los protagonistas ayudan a incrementar la tensión que se vivía con el temor a ser descubierto, y como el paso de los años iba haciendo mella en su relación. 

Durante todos esos años de encierro el país va sufriendo diversos cambios políticos, y nos los muestran a través de lo que Higinio escucha en la radio o ve en la televisión, pues poca es la información que recibe de su esposa, quien también tiene que adaptarse a los cambios de cara a los vecinos, pues debe simular empezar de cero tras la perdida de su marido en la guerra. Es obvio que el papel de mayor dificultad lo interpreta el siempre impecable Antonio de la Torre, pero Belén Cuesta es capaz de mostrarnos los dos rostros de una mujer que debe estar de luto en la calle, y dentro de su hogar “compartir” vida con su “difunto” marido.

La trinchera infinita es una combinación perfecta de silencios y sombras para recrear la soledad y el miedo con el que vivieron muchas personas durante la dictadura, y nos da una clase magistral de cómo contar una emotiva a la par que dura historia, con dos impecables interpretaciones, y una asfixiante ambientación que permanecerá en nuestra memoria.


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8

Puntuación

8.0/10

David Pérez "Davicine"

Informático de profesión, cinéfilo de afición. Bloguero, tuitero y todo lo que me permita comunicarme. En mis ratos libres escribo en esta web, y me dejo ver en RTVCyL. Twitter e IG: @davicine79.

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