64 SEMINCI. Sección Oficial. Crítica de ‘Bergmál (Echo)’: Brillante, audaz, creativa y emocionante

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 64 SEMINCI: 
Bergmál (Echo)
 

Entre las muchas cosas que le agradezco al cine, incluidas algo tan esencial como el mero disfrute, está el hecho de que, en ocasiones, me ponga en contradicción conmigo mismo. En no pocas ocasiones he dicho que lo mínimo que le pido a una película es que me cuente algo, que tenga un argumento, a partir de ahí puede interesarme más o menos, tocarme alguna fibra o dejarme indemne, pero soy tan simple que necesito que me cuenten una historia. Es por eso que me resulta muy fácil verme a mí mismo poniendo a parir una película como Bergmál (Echo) que prescinde de algunos de los principios del cine que a mí me parecen (o parecían, miren, ya no sé) inviolables. Estamos ante una película que no tiene argumento, que no tiene personajes y que no tiene movimiento de cámara alguno. Si me lo cuentan antes de entrar a la proyección me hubiera puesto de mala leche. Y hete aquí, que Bergmál (Echo) me ha parecido una pequeña (por la duración) joyita.

Se trata de 79 minutos de sucesión de planos fijos, algunos más largos, otros más cortos, en los que, de una manera u otra, a veces con predominio de lo visual, otras con la fuerza de los diálogos, se nos cuenta una pequeña vivencia, algunas incluso no pasan de anécdotas, pero que, cada una de ellas con más o menos eficacia apelan a una emoción para despertar un sentimiento: sentimientos tan básicos como el amor, la piedad, la compasión, el dolor, la inocencia, la pérdida, la envidia, la soledad, el cabreo, el arrepentimiento, los celos o la incomprensión. Y todas ellas juntas, a pesar de no tener relación argumental (existe una relación como mucho conceptual) funcionan.

A través de estos planos y esta apelación a las emociones humanas, el director islandés Rúnar Rúnnarsson (ganador hace unos años de la Concha de Oro del Festival de San Sebastián con Gorriones) construye un largometraje difícil de concebir y difícil para el público. No podría culpar a nadie por no gustarle esta película, como no se entre en la dinámica de una narración atípica, al espectador le esperan 79 minutos de tedio o, en el mejor de los casos, una buena cabezadita qué en un festival, de vez en cuando, no viene nada mal.

No ha sido mi caso, tras unos primeros minutos un tanto expectante (no sabía nada del dispositivo formal del film), he conseguido conectar con muchos de los pequeños sucesos filmados por Rúnnarsson con la extraña habilidad de hacer conjugar una rigidez formal exquisita con una meritoria capacidad para tocar las emociones y, al mismo tiempo, ejercer una refinada crítica de la sociedad occidental con cuestiones tan candentes como el rechazo a la inmigración, el consumismo, la idiotización tecnológica, el culto al cuerpo, los problemas de la clase obrera, los abusos de las grandes corporaciones bancarias o los irreconciliables desencuentros de ideas políticas.

Puede parecer sencillo, pero todo este entramado formal exige un perfecto dominio del encuadre y una meticulosa concepción de la puesta en escena. Rúnnarsson demuestra además una diestra utilización del fuera de campo (¿cómo si no, con planos fijos?), un inteligente y respetuoso uso de las metáforas y una sensibilidad fuera de lo común para filmar los pequeños detalles.

No podemos hablar de interpretaciones porque ninguno de los actores que intervienen ejerce un protagonismo más allá de los breves segundos o como mucho dos minutos que dure su plano, pero Bergmál (Echo) se mantiene con firme convicción en si misma entre la ficción y el documental, entre el cine convencional y la creación audiovisual propia de un museo de arte contemporáneo. No le auguro una gran carrera comercial, pero no es esa su guerra.

8.5

Puntuación

8.5/10

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