Crítica de ‘Van Gogh, a las puertas de la eternidad’: El genio que pintaba para gente que aún no habíamos nacido

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Van Gogh, a las puertas de la eternidad 
 
Aunque existen infinidad de películas sobre la vida y obra de (casi) todos los pintores importantes de la historia, es incuestionable que la figura de Vincent Van Gogh tiene un atractivo especial para los realizadores cinematográficos que han filmado no menos de una docena de documentales y varios largometrajes dramáticos desde aquel primer El loco del pelo rojo (Vincente Minelli, 1956) hasta este Van Gogh, a las puertas de la eternidad filmado por Julian Schnabel en 2018. Recuerdo haber visto Vincent y Théo (Robert Altman, 1990), Van Gogh (Maurice Pialat, 1991), el episodio de Los sueños de Akira Kurosawa (Akira Kurosawa, 1990) en el que el pintor era interpretado por el mismísimo Martin Scorsese o la joya de animación estrenada el año pasado Loving Vincent (Dorota Kobiela, Hugh Welchman, 2017) en el que cada fotograma (echen cuentas hasta completar 80 minutos) estaba pintado al óleo siguiendo la técnica y el estilo que hicieron inmortal al genio holandés.

Cabría preguntarse por qué, tras tantos largometrajes, la figura de Van Gogh sigue resultando atrayente para filmar una nueva película, imagino que su carácter de pintor maldito y su genialidad incomprendida que hizo que no vendiera un cuadro en vida tienen los suficientes alicientes dramáticos, más aún si tenemos en cuenta su cruda biografía y su trastorno psíquico, pero me resisto a no pensar que parte importante del interés radique precisamente en su concepción pictórica, en las características de su pincelada, en su inconfundible estilo y, cómo no, en la enorme fama alcanzada tras su muerte que ha convertido a muchas de sus obras en auténticos iconos presentes en medios artísticos, decorativos y publicitarios.

Tampoco me parece obviable que la película que ahora nos ocupa haya sido dirigida por Julian Schnabel, antes pintor que cineasta como a él mismo le gusta repetir en cada entrevista o aparición pública. De hecho, su obra pictórica es ingente y está presente en museos de todo el mundo mientras que su filmografía se reduce a cinco largometrajes (seis si contamos el documental sobre Lou Reed que filmó en 2007). Y esta personalidad pictórica de Schnabel está presente tanto en el acercamiento a la figura de Van Gogh como en la artística puesta en escena y en la plasticidad de unos planos que en ocasiones parecen más obras pictóricas que composiciones cinematográficas. De hecho, algunas de las veleidades de Julian Schnabel con la cámara no benefician en nada al relato cinematográfico aunque, sin duda alguna, ayuden a mostrar la introspección del artista y su progresiva locura.

Schnabel no filma un biopic al uso sobre Van Gogh, se ciñe a sus últimos años de vida como ya hiciera también Maurice Pialat en su película. Asistimos por tanto al crepúsculo vital y artístico como el propio título de la película vaticina, un Van Gogh a punto de convertirse en eterno. Y es ahí donde más indaga la película, en la sustancia de la inmortalidad del artista, en qué hizo que un pintor que murió pobre alcanzase al poco de su muerte la gloria del reconocimiento y le convirtiera en uno de los más cotizados para museos y coleccionistas.

Schnabel enfrenta a Van Gogh a la inmensidad de la naturaleza con esos espacios abiertos que tanto frecuentó y persigue su alma con la cámara para desentrañar la génesis de su enfermedad mental, su progresivo distanciamiento de la realidad al mismo tiempo que profundiza en alguna de las cuestiones claves de la teoría del arte como la compleja relación entre retratado y retrato, entre realidad y representación de la misma o en el rupturismo de ciertos cánones de representación que abanderaron primero los impresionistas y posteriormente los postimpresionistas.  

La cámara se detiene por momentos en su dibujo, en su pincelada, en su concepción del color y en su composición pero por encima de todo se detiene en el rostro que le presta ese actor descomunal llamado Willem Dafoe que convierte el Óscar a Rami Malek en una broma pesada. Dafoe encarna con la misma apabullante autenticidad la naturaleza artística de un pintor genial que la humanidad crepuscular de un hombre enfrentado a sus demonios interiores y a la hostilidad exterior de un mundo que le desprecia. Un hombre atormentado que tan solo encuentra consuelo en su hermano Theo (Rupert Friend), a ratos en su amigo Paul Gauguin (Oscar Isaac) o, al final de su vida, en la afabilidad del Dr. Gauchet (Mathieu Amalric) bajo cuya supervisión pasó sus últimos días en Auvers-sur-Oise.

Todos los actores citados y otros como Mads Mikkelsen, Emmanuelle Seigner, Niels Arestrup, Anne Consigny, Amira Casar o Vincent Pérez están excepcionales en personajes, algunos de ellos de muy poca presencia, que acompañan a la soberbia interpretación de Dafoe para poner en imágenes el guion del propio Schnabel junto a Louise Kugelberg y el prestigioso Jean-Claude Carrière que firman un texto que en ocasiones peca de diálogos demasiado teóricos sobre la pintura como para ser verosímiles en una conversación normal, aunque los que conversen sean los mismísimos Gauguin y Van Gogh.

Van Gogh, a las puertas de la eternidad es una película incuestionablemente hermosa, la dirección artística y la fotografía nos transportan al interior de las estancias de sus cuadros, a los rostros de sus retratados y a los campos de Arlés que tan presentes están en su pintura. La música de Tatiana Lisovkaia se imbrica en la narración como determinante de los estados de ánimo y de la pulsión creativa de un hombre que nació demasiado pronto y pintó para los que todavía no habíamos nacido.


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