Crítica de ‘Mi obra maestra’: Divertida reflexión sobre la amistad en el entorno del arte

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Mi obra maestra
 

Los argentinos Gastón Duprat y Mariano Cohn han hecho hasta la fecha carrera cinematográfica en codirección firmando juntos no menos de siete largometrajes, el último de los cuales, El ciudadano ilustre, fue galardonado con la Espiga de Plata y los galardones del público y al mejor guion en la SEMINCI y con el premio al mejor actor en el Festival de Venecia. Dos años después han decidido seguir trabajando juntos pero optimizar esfuerzos alternando las labores de dirección y producción en films sucesivos, Mi obra maestra es por tanto el primer film dirigido en solitario por Gastón Duprat con Mariano Cohn haciendo labores de producción. Aún así, ambos, junto al guionista Andrés Duprat (hermano de Gastón) opinan y de una u otra forma intervienen continuamente en las labores de guion, dirección y producción que no parecen tener delimitadas de manera estanca.

Mi obra maestra es un divertido film acerca de la amistad situado en el contexto del arte, entendiendo el arte en todas su vertientes, desde el proceso creativo del artista hasta el mercadeo comercial del galerista. Y ambos personajes, artista y galerista, son precisamente los dos roles reservados a los dos actores protagonistas, Luis Brandoni y Guillermo Francella respectivamente que interpretan a dos amigos de toda la vida que se aman y se odian, se ayudan y se “cagan” la vida pero no parecen poder vivir el uno sin el otro a pesar de todas las veces que especialmente el Arturo Silva (el galerista Francella) jura no querer volver a saber nada Renzo Nervi (el artista Brandoni).

El film comienza con un auténtico y desatado canto de amor a Buenos Aires, la voz en off de Francella acompaña a las imágenes de él mismo mientras conduce por la ciudad porteña ensalzando las virtudes que la convierten, en su opinión, en la mejor ciudad del mundo y es que “todo puede pasar en Buenos Aires”.  A partir de ahí asistiremos a una historia desenfadada y bienintencionada sobre la decadencia de un artista anciano, excéntrico, egoísta, alejado de sus tiempos de gloria y que hace tiempo mucho que no vende un cuadro a pesar de que su amigo galerista que se empeñe en resucitar su carrera ideando toda suerte de estratagemas.

El tercer personaje es un chico español, de nombre Alex, interpretado con mucha gracia por Raúl Arévalo, que encarna la ingenuidad y la bonhomía llevada al extremo. Se trata de uno de esos jóvenes idealistas sumidos en la indecisión de no saber a qué quieren dedicar su vida y que todavía no han descubierto que salvar el mundo es imposible. Su empecinamiento por tomar clases de pintura de Renzo Nervi a pesar de lo claro que éste deja que no quiere tener pupilos dará lugar a un par de divertidísimas secuencias en sus primeras clases.

El guion, plagado de inteligente mala leche con chistes monumentales como el de llamar a los países emergentes, países con capacidades diferentes, hace una ácida crítica al mundo del arte desnudando todos los snobismos y frivolidades que lo habitan, ni críticos de arte, ni grandes marchantes, ni coleccionistas, ni los propios artistas salen indemnes de la afilada pluma de Andrés Duprat (que para mayor ironía es el actual director del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires).

En la divertida inteligencia del guion, en el buen hacer de Gastón Duprat manteniendo el ritmo de comedia y administrando sabiamente la comicidad sin caer en la chirigota, y, especialmente en los sensacionales trabajos interpretativos de Francella, Brandoni y Arévalo radica el éxito de una película que se presentó fuera de concurso en el pasado Festival de Venecia y que en Argentina ha obtenido muy buenos resultados de taquilla con una amplia distribución en salas.

De impecable factura con música de Emilio y Alejandro Kauderer y fotografía de Rodrigo Pulpeiro, en el resto del reparto destacan Andrea Frigeriro, María Soldi, Alejandro Paker y un breve cameo de la actriz española Melina Matthews.


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