Crítica de ‘La buena esposa’: El genio oculto

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: La buena esposa

Los premios Nobel no pasan su mejor momento. A las denuncias por la disparidad de galardonados, patente especialmente en la categoría de física donde solo tres mujeres han recibido tal honor en los 107 años de la Fundación, se suma la denuncia por violación contra Jean-Claude Arnault, que ha obligado a la Academia Sueca a posponer el Nobel de literatura de este año. En esa atmósfera de egos hinchados se ambienta La buena esposa, un drama íntimo del director sueco Björn Runge que ofrece una de las mejores interpretaciones de su protagonista, Glenn Close.

Basado en la novela de Meg Wolitzer, “The Wife”, el guion de La buena esposa está firmado por la ganadora de tres Emmys, Jane Anderson (Olive Kitteridge, Mad Men) que desarrolla de forma dinámica, pero sin perder su tono intimista, una historia de la que hemos oído hablar cientos de veces: la gran mujer a la sombra del ilustre hombre.

Joan es la esposa del famoso escritor estadounidense Joe Castleman. Cuarenta años de casados y dos hijos de por medio han convertido al matrimonio en un binomio inseparable: él crea, ella cuida. Sin embargo, tras una llamada de la Academia Sueca anunciando que Joe ha sido galardonado con el premio Nobel de literatura, la vida conyugal empieza a desmoronarse.

El guion de La buena esposa es predecible, pero eso es debido a la honestidad de su historia. Joan es tan trasparente que el espectador conecta con ella y puede reconocer sus pasos. Del mismo modo, Joe sigue el decálogo del genio. Ambos personajes se complementan: ella vive en la cotidianidad y los mundanos asuntos familiares; él entre la inseguridad y la arrogancia. Pero esa complementación es artificial, porque Joan y Joe guardan un secreto. Para entender la historia de la relación y asociación del matrimonio, Joan viaja a sus recuerdos, a los orígenes de la pareja en los 50.  

Se habla ya de la posible nominación al Oscar para Glenn Close, la séptima de la actriz, y no es para menos. Close brilla en cada escena y muestra una dualidad entre la esposa devota y casera y la mujer frustrada y sensual. Está envejecida y gris en sus momentos a la sombra de su marido y sorprendentemente atractiva tomando una copa, liberada de su papel de más uno. Joan es una mujer abnegada que no quiere ser tratada como tal. Es una víctima, sí, pero no de su marido, sino de su propio tiempo.

Sin eclipsarla en ningún momento, pero con una interpretación igual de soberbia, Jonathan Pryce también ofrece uno de sus mejores papeles. Egoísta, infantil y encantador, su personaje es un parásito para su mujer. Un hombre aparentemente fuerte pero cuyo único combustible es su esposa. La química que construyen ambos actores es tan poderosa que cada escena conjunta se convierte en una batalla interpretativa de la que uno no está seguro quién sale victorioso.

No desmerece tampoco la interpretación de sus versiones más jóvenes. Harry Lloyd (La teoría del todo, La dama de hierro) como el joven Joe Castleman es más atractivo, más seguro de sí mismo que su versión setentona, pero mantiene su naturaleza dependiente de una mujer. Para Glenn Close era más complicado encontrar a alguien que estuviese a la altura y, finalmente, su versión veinteañera es interpretada por su propia hija, la actriz Annie Starke. Starke es menos feroz en su interpretación que su madre, pero su personaje se encuentra en un momento vital distinto, donde el amor aún no se mezcla con el rencor y la frustración.  La joven Joan es más pura, más idealista.

Los dos personajes que nos guían hacia la verdad del matrimonio Castleman son el hijo de la pareja, David, y Nathaniel Bone, un biógrafo interesado en escribir un libro sobre Joe. El primero está interpretado por Max Irons, hijo de Jeremy Irons, con quien Glenn Close ya trabajó en La casa torcida. Su personaje mendiga las atenciones de su padre, del que busca su reconocimiento y orgullo, mientras ignora las alabanzas de su madre. Irons, en su pequeño papel, se las arregla para estar a la altura de sus padres cinematográficos y demostrar que está entre los nombres más talentosos de su generación.

Pero más sorprendente es la aparición de Christian Slater como Nathaniel Bone. El actor, que siempre se me ha antojado bastante mediocre, parece aceptar aquí su lugar de secundario y explotar al máximo no solo su tiempo en pantalla, sino el juego interpretativo con los dos protagonistas sin ser ensombrecido por ellos.

La buena esposa podría ser un texto teatral; condensa toda su fuerza en cuatro personajes y en escenarios pequeños. Incluso los pocos exteriores de Estocolmo (rodados en realidad en Glasgow) se perciben grises, solitarios. El director de fotografía Ulf Brantas se regocija en los colores fríos y subordina la imagen a los personajes, verdaderos artífices de la historia. Porque el premio Nobel no es más que un desencadenante de todo lo que los protagonistas callan.

En la cuesta abajo que son estos últimos meses del año, donde la cartelera se llena de blockbusters de cara a las Navidades, La buena esposa parece un título pequeño, incapaz de enfrentarse contra superproducciones, pero se trata de una película esplendida y bellísima con una historia que, aunque ficción, no tiene nada de ficticia y homenajea y da voz a la gran mujer. Esa de la que siempre se dice que está detrás de un gran hombre.


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8

Puntuación

8.0/10

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