Crítica de ‘The Rider’: Viviendo de ocho segundos en ocho segundos

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
The Rider
 

Una de las más trascendentales decisiones que tiene que tomar un ser humano es a qué quiere dedicarse en la vida, y lo más peliagudo del asunto es que habitualmente hay que tomar la decisión en una edad en la que ni se está preparado ni se tienen ganas de tomar decisiones. Una vez encontrado el camino, cuando uno ya tiene claro aquello en lo que es bueno y, cuando se da el caso, en el paroxismo de las suertes, le hace feliz, pocas cosas hay tan dramáticas como que algo inesperado, generalmente en forma de accidente, te aparte de tu oficio, profesión o modo de vida.

A pesar de su apariencia (estética) de western, The Rider es más un docudrama intimista acerca de un hombre que debe redefinirse a sí mismo cuando ya había conformado su identidad en torno a aquello en lo que destacaba. La disyuntiva de poner en riesgo su salud y su vida frente a renunciar a aquello que le da sentido como persona conforma el eje ético de un film sensible (que no sensiblero) y de una humanidad apabullante.

Brady Jandreau (que se interpreta a sí mismo), era una estrella del rodeo americano en Dakota del Sur cuando sufrió un grave traumatismo craneoencefálico que a punto estuvo de costarle la vida. A partir de su lenta recuperación y de sus intentos por volver a ser quien era antes del accidente, la directora china (afincada en EEUU) Chloé Zhao compone una hermosísima película que en sus ciento cuatro minutos de metraje hilvana con delicadeza temas como el compromiso emocional con los propios sueños, los vínculos con los seres queridos y un cuestionamiento de la visión tradicional de la masculinidad, lo cual tratándose de un cowboy en pleno corazón de los Estados Unidos no parece un asunto menor, un hombre que vive a través de lapsos de ochos segundos (lo que por término medio se resiste en un rodeo sobre los lomos del animal) no puede pasar de la noche a la mañana a trabajar en un supermercado. 

Con el aroma característico del cine americano independiente aunque con el sello de Sony Pictures (los de Spiderman, aclaro, para aquellos que se rasguen las vestiduras con el cine comercial) apoyando la distribución internacional, Zhao realiza su segundo largometraje tras la multipremiada Songs My Brothers Taught Me y para ello, escribe un guion basado en la historia real de Brady Jandreau que, al parecer, conoció mientras con motivo de su primer film se encontraba en la reserva donde viven los protagonistas.

Zhao adopta un estilo visual evocador, onírico a ratos, que vincula el lirismo de sus imágenes con la base realista del relato de la que nunca se desprende. En aras a ese realismo, Zhao tomó la arriesgada decisión de apoyarse en un reparto de actores y actrices no profesionales que se interpretan a sí mismos, algo que resulta asombroso pues en ningún momento chirria su amateurismo a pesar de que se incluye a Lilly Jandreau, la hermana autista del protagonista (que derrocha carisma) y a su mejor amigo, parapléjico en la vida real (Lane Scott). El conjunto de elementos argumentales se completa con una revisión de los valores familiares, fundamentalmente a través de la relación de Brady con su padre (la figura materna ausente marca claramente la convivencia) y un trasfondo religioso que impregna algunos de los momentos más atribulados del protagonista.

Abundan los momentos intensos, a veces por la fuerza argumental (Brady trabajando en el supermercado) y otras por la potencia visual como las secuencias de Brady adiestrando caballos salvajes que derrochan una autenticidad apabullante y están filmadas con exquisitez. En este equilibrio entre relato, imágenes y emociones radica el punto fuerte de una película que crece en la memoria del espectador a medida que pasan las horas después de ser vista.

La parte artística se completa con la música de Nathan Halpern y una preciosista dirección de fotografía de Joshua James Richards que captura la belleza del paisaje de Dakota del Sur con la esencia del western clásico tamizada con un moderno punto de vista sobre todos los tópicos citados en los párrafos precedentes.

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Crítica de ‘The Rider’: Viviendo de ocho segundos en ocho segundos
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