Crítica de ‘Las estrellas de cine no mueren en Liverpool’: Existe una Gloria Grahame más interesante que esta

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Las estrellas de cine no mueren en Liverpool

Las estrellas de Hollywood son fugaces. Suerte tienen si, tras su recorrido, dejan un trazo lo suficientemente luminoso para ser recordado. La gran mayoría se apagan sin más. Las estrellas de cine no mueren en Liverpool habla de una de ellas. Es una historia tierna y agridulce, cuya intimidad, por desgracia, se ahoga en la falta de ritmo

El 2017 será recordado en Hollywood como el año del escándalo Weinstein. No deja de resultar algo hipócrita el llevarnos las manos a la cabeza cuando los castings de sofá han estado siempre a la orden del día en la meca del cine. Es el caso, por ejemplo, de la actriz Gloria Grahame. Una promesa que llegó a llevarse el Oscar en 1953 y que, de la noche a la mañana, fue relegada a pequeños papeles en títulos de segunda. Ahora sabemos que Grahame se negó a acostarse con el todopoderoso Howard Hughes y que fue el productor quien la vetó en varios proyectos. Eso, sumado a cuatro matrimonios (uno de ellos con su propio hijastro) era demasiado para Hollywood.

Gloria Grahame terminó su carrera entre la televisión y el teatro. Fue el último el que la llevó a Inglaterra, donde conoció a Peter Turner. Las estrellas de cine no mueren en Liverpool trata los cuatro últimos años de la vida de Grahame y su relación con Turner, un joven actor casi treinta años más joven.

Paul McGuigan (Victor Frankenstein) dirige este guion de Matt Greenhalgh (Nowhere boy) basado en las memorias de Peter Turner. La historia no explora la tensa relación de Grahame con Hollywood y se centra en la corto, pero pasional noviazgo de los protagonistas. La película se mueve entre el pasado y presente de la historia que comparten sus personajes. Desde su primer encuentro en 1978 a la muerte de Grahame en el 81.

El tono íntimo, casi entrometido de Greenhalgh, con el que pinta cada escena que comparten los personajes, rara vez nos conmueve. El problema se encuentra en su ritmo flemático que tiende, además, a la explicación innecesaria. Flashbacks contados desde ambos puntos de vista, conversaciones repetidas con terceros personajes; todo consigue que el espectador piense que lo toman por tonto.

La película fracasaría por completo si no fuese por el trabajo magistral de sus dos actores protagonistas y a la presencia de dos secundarias de lujo como son Julie Walters o Vanessa Redgrave.

Annette Bening está imponente como Gloria Grahame. Su interpretación es exuberante, vivaz, divertida y, al mismo tiempo, insegura y melancólica. Su retrato de la decadencia de la estrella es menos furioso que el de la Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses, y se acerca más a la resignación de Norman Maine en Ha nacido una estrella.

Salva la película su mano a mano interpretativo con Jamie Bell. El protagonista de Billy Elliot ha crecido para convertirse en uno de los mejores actores de su generación. Su Peter Taylor baila entre la pasión, la admiración y la ternura. Si Annette Bening maravilla, Jamie Bell conmueve, creciendo ante nuestros ojos en esa relación condenada.

Pero unas interpretaciones impecables y una historia tierna e íntima no salvan la falta de ritmo. Por el contrario, restan fuerza emocional a la película que termina cayendo en el melodrama. Poco favor a Gloria Grahame quien vivió en los personal y lo profesional poniéndose al mundo por montera. 


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