Crítica de ‘Isla de perros’: Él ladra, tú ladras, yo muerdo

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Isla de perros 

Durante los nueve años transcurridos entre Fantástico Sr. Fox (2009) y esta Isla de perros, la animación stop motion (lo que toda la vida se llamó paso de manivela o fotograma a fotograma) ha evolucionado al mismo ritmo que la calidad de las lentes, la resolución que ofrecen las cámaras o el desarrollo del tratamiento informático de la imagen. Evolución mucho más difícil de apreciar en el cine de uno de esos directores que a base de repetir una y otra vez un mismo esquema visual y (vamos a llamarlo) narrativo ha conseguido revestirse de un halo autoral y rango de poseedor de un universo propio que consigue los (casi) unánimes parabienes de la crítica, la rendición de los festivales más prestigiosos y una legión de seguidores.

Aquí nos sitúa en Japón, en una sociedad un tanto distópica (con todas las precauciones que supone emplear el término distópico al referirse al cine de Wes Ánderson) en la que los perros, aquejados de un extraño virus, son desterrados a una isla llena de basura sin otro futuro que el de esperar la muerte. Un niño, para más señas el pupilo del dictador de turno, viajará en aeroplano a la isla con el objetivo de encontrar a su perro que, para dar ejemplo, fue el primero en sufrir el exilio.

La estructura es la misma que en sus anteriores películas, un guion con pretensiones trascendentes puesto en marcha por una (excesiva) acumulación de personajes afectados de verborrea que saltan continua y arbitrariamente de localización espacio-temporal en localización espacio-temporal. Saltos, eso sí, subrayados hasta la extenuación por repetitivos rótulos que parecen poner en duda la inteligencia del espectador mas allá de la propia incapacidad de Anderson por seguir un relato (el suyo, no lo olvidemos) con un mínimo de coherencia narrativa. En Isla de perros se alcanza el paroxismo cuando, llevado por su frenesí didáctico, nos avisa del inicio y el final de un flashback mediante los correspondientes intertítulos. No dudo que una especie de sarcasmo esté detrás de todo este batiburrillo narrativo, pero, como ya ocurriera en sus anteriores (y celebradísimas) películas, resultan fatigosos e irritantes para cualquier espectador que tenga el sencillo anhelo de que le dejen ver la película sin tener sentado al director en la butaca de al lado dándole la manita y susurrándole al oído quien es quien y dónde estamos.

Tampoco pongo en duda que las intenciones de Wes Anderson sean más elevadas, que detrás de su jauría de perros charlatanes y de humanos estereotipados se atisbe una soterrada crítica a los totalitarismos que buscan chivos expiatorios entre las clases más desfavorecidas mientras adornan las reelecciones con un barniz de comicios democráticos. No cuestiono sus loables intenciones humanistas en este drama pretendidamente existencialista en el que los perros tienen ideación suicida mientras los humanos asisten hipnotizados a las arengas de su líder. El problema es que todo esto hay que suponerlo porque Wes Anderson, una vez más, se ensimisma en el aparataje técnico y en el estilo visual para conseguir una (muy) atractiva propuesta estética a la deriva de un relato que nunca está a la altura de su envoltorio. El torpe dispositivo narrativo hace que la voz en off y los rótulos se hagan imprescindibles para poder llevar la experiencia como espectador a algo más que quedarse en el puro e incuestionable deleite visual.

Es decir, la fábula se pierde en los intrincados vericuetos visuales en los que Anderson se esfuerza por resultar epatante en cada plano aliñando su producto con sofisticadas alusiones a la antigua tradición japonesa (la utilización de estampas japonesas no puede ser más arbitraria) e intentando, mediante burdos (por evidentes) resortes, que en sus imágenes y sonidos haya ecos del cine de Akira Kurosawa

Llega hasta tal punto el desinterés de Anderson por todo lo que no sea el mecanismo formal de su película que se desentiende de unos personajes que lo tenían todo para empatizar con el espectador (¿cuántas cosas se les ocurren más emocionantes que un niño huérfano buscando a su perro?) y se quedan en la pantalla sin transmitir risas, lágrimas o inquietud. Únicamente en el último de los capítulos en los que está dividida la película, cuando el aburrimiento del tramo medio del film ha sometido a muchos espectadores, Isla de perros adquiere cierto sentido del ritmo que hace avanzar la narración hacia un final tan convencional y previsible como el de cualquier película de perros parlantes, La dama y el vagabundo o 101 dálmatas, por ejemplo, pero mucho más aburrida.


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Crítica de ‘Isla de perros’: Él ladra, tú ladras, yo muerdo
1.7 (34.29%) 7 votes

4

Puntuación

4.0/10

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Un comentario sobre “Crítica de ‘Isla de perros’: Él ladra, tú ladras, yo muerdo

  • el 22 abril, 2018 a las 16:17
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    Yo la vi el otro día y ni fu ni fa.
    Es una película entretenida. No más.
    Le doy un 6 de 10. A ver. Está bien.
    Pero que no está tan bien como la ponen por internet.

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