Crítica de ‘¡Déjate llevar!’: Que te lleven a ti, que yo no voy

Crítica de ‘¡Déjate llevar!’: Que te lleven a ti, que yo no voy
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Las críticas de Pablo Cózar: ¡Déjate llevar!

A veces podemos llegar a pensar que algunos de los males que asolan algunas producciones cómicas españolas son algo endémico, algo que solo podemos encontrar en nuestro país. Por suerte o por desgracia esto no es así y no hay que irse muy lejos para demostrarlo. Mismamente en un país tan cercano como Italia podemos ver estrenos como ¡Déjate llevar!, enésimo ejemplo de comedia caduca cargada de tópicos y con intentos de humor que no alcanzan para sketch de televisión.

¡Déjate llevar! nos cuenta el día a día en la consulta romana de Elia, un psicoanalista judío gruñón y rácano, y de cómo problemas de salud le hacen conocer en un gimnasio a Claudia, una española de corte de extra radio que se convertirá en su entrenadora personal. Con esta premisa encontramos una comedia de enredo a través de la relación entre ambos protagonistas.

Francesco Amato, hasta ahora especializado en comedias de corte juvenil como Cosimo e Nicole, se pone detrás de la cámara para dirigir una historia en lo que todos sus personajes superan la treintena, y en más de un caso, incluso la doblan. El trabajo de Francesco Amato es pobre, incapaz de imprimir ritmo a la narración, fallando a la hora de llevar a buen puerto los amagos de momentos supuestamente graciosos y, sobre todo, capaz de conseguir que sus protagonistas sobreactuen yendo más allá del histrionismo, consiguiendo sonrojar al espectador más crítico. Tampoco ayuda el guión, obra tanto suya como de Francesco Bruni (Comisario Montalbano) y David Lantieri, donde ninguna de las seis manos que lo escribe es capaz de dar una a derechas. Entre el festival de tópicos que desfilan por nuestros ojos encontramos romanos vigoréxicos, pacientes esquizofrénicos, criminales de Europa del Este, celos folletinescos, enredos religiosos y toda una serie de elementos que bordean la incorrección política y la vergüenza ajena que el espectador irá descubriendo en pequeñas dosis.

El reparto está encabezado por Verónica Echegui (No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas) en plena expansión internacional, puesto que además de en esta producción italiana está inmersa en una producción para el canal estadounidense FX. De la interpretación de Echegui poco se puede decir, hay veces que el material recibido para trabajar es tan pobre que es complicado rascar algo, pero el recital de expresiones aleatorias en castellano y un histrionismo desmedido hacen que este sea su peor papel en los últimos años. Tampoco sale bien parado Toni Servillo (La gran belleza), incapaz de adaptarse al registro cómico en las casi dos horas de película. En los roles secundarios también encontramos problemas. Luca Marinelli (Le llamaban Jeeg Robot) sufre con un personaje caricaturesco incapaz de integrarse en la narración, aunque una vez más la culpa debe recaer en Francesco Amato y su pobre dirección y guión. Tampoco corre mejor suerte Carla Signoris (Mujeres contra hombres), quien apenas cambia la expresión en cada una de sus escenas.

En conclusión, ¡Déjate llevar! Es un desastre de la que poco o nada se puede salvar. De nada sirve tener de cabeza de cartel a dos intérpretes de demostrada solvencia si la dirección y el guión no acompañan. Y es que en este naufragio todo es culpa del capitán Francesco Amato, quien no solo ha decidido que la mejor forma de salir a flote con una cinta como esta es salpicarla por doquier con dosis de tópicos rancios que rozan el insulto, sino que es incapaz de arrancar no ya una carcajada, sino una ligera sonrisa al espectador. Por mucho que se empeñen algunos la comedia no es un género fácil, de hecho es en muchas ocasiones más complicado que el drama, por eso aunque se produzcan como churros es más fácil cruzarnos con cintas que no alcanzan un mínimo de calidad que con grandes obras. ¡Déjate llevar! es una piedra más en el difícil camino de la comedia en este 2018 y el ejemplo perfecto de que, por mucho que a veces el panorama patrio parezca desolador, la cosa no está mucho mejor en el resto de Europa. Habrá que confiar en que la situación mejore, y sino, siempre nos quedará París.

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