Crítica de ‘Wonder’: Cuando el cine cuida las emociones

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Wonder
 

El cine “de sentimientos” no suele tener mucho predicamento entre la crítica cinematográfica. Aunque no es mi caso, talmente parece que alguien que escribe sobre cine ha de sentir reparos en reconocer que el poder de una película radica precisamente en su fuerza emotiva y no en otras virtudes como un guion provocador, una realización audaz, un montaje novedoso o unas interpretaciones sobresalientes. Es cierto que habitualmente estas películas cuyo principal activo es su capacidad para conmover suelen optar por una realización ramplona que, más que mover, empuje al espectador a emocionarse a base de burdos clichés, subidas del volumen de la música y movimientos de cámara grandilocuentes. Pero no siempre es así, y sería tremendamente injusto no distinguir el grano de la paja y meter una excelente película como Wonder en el mismo saco que a los centenares de telefilms con los que nuestras queridas cadenas de televisión nos obsequian durante las sobremesas.

Quizá la primera matización que deba hacerse sea demasiado básica pero no voy a evitar hacerla, no es lo mismo un argumento que un guion, y precisamente en esa trasposición de la idea argumental a un guion cinematográfico escrito sobre el cual filmar es donde radique la clave del asunto. Contar la historia de un niño aquejado de un cruel síndrome raro que le deforma el rostro, su difícil integración en el medio escolar convencional y el impacto que todo ello tiene sobre su círculo familiar es algo demasiado delicado como para dejarlo en manos de alguien que no tenga el talento para poner el acento en lo que sucede y en como lo viven los personajes y se dedique a recrear anécdotas con las que estrujar el lagrimal del espectador. Y en este sentido, resulta tan ejemplar el guion de Steve Conrad y Jack Thorne adaptando la novela de la neoyorkina Raquel Jaramillo Palacio “La lección de August” como la delicada dirección de Stephen Chbosky que en todo momento evita edulcorar la historia y opta por una realización cuyo norte es siempre hacer avanzar el relato. A partir de aquí, el que se emocione será porque la historia le toca el corazoncito, no porque nadie le obligue a llorar y además le subraye en qué momento debe hacerlo.

August Pullman es un niño de diez años aquejado del síndrome de Treacher Collins, una enfermedad genética que cursa con graves alteraciones faciales como ausencia de pómulos y malformaciones en la mandíbula entre otras. Los pacientes afectos, como el niño protagonista, han de sufrir numerosas intervenciones de cirugía plástica para poder tener algo parecido a un rostro humano formado. August, interpretado por un irreconocible Jacob Tremblay, el mismo niño que nos encogió el corazón en La habitación (Lenny Abrahamson, 2015) debe, tras haber sido educado en casa por su madre (Julia Roberts), incorporarse a un sistema educativo convencional e integrarse en un colegio, rodeado por niños, que como todo el mundo sabe pueden ser tan adorables como cabrones.

Este proceso de la difícil adaptación al colegio es el núcleo central de un relato que sin embargo tiene numerosas ramificaciones a través de todo el arco de personajes secundarios que ejercen de narradores ocasionales enriqueciendo los puntos de vista. Los abnegados padres de August interpretados por un sorprendentemente contenido Owen Wilson y por una exquisita Julia Roberts encarnan los papeles más exigentes, pero la gran sorpresa es la joven Izabela Vidovic que devora la pantalla cada vez que sale en plano interpretando a Via, la hermana de August, probablemente el personaje más rico y complejo de la película, que convive con el profundo amor que siente por su hermano y con la difícil situación de no haber ocupado (casi) nunca el centro de atención de sus padres.

Todas las secuencias que se desarrollan en el colegio, dirigido por Mandy Patinkin, tratan de huir de los tópicos habituales a pesar de que algunos momentos del acoso (o del vacío) que sufre August ya los hayamos visto varias veces en el cine. El reparto infantil es, en general, muy por encima de la media de las películas en las que salen demasiados niños a pesar de que algunos personajes sean necesariamente repelentes. Wonder es un muy recomendable film para todos los públicos, niños incluidos (o especialmente niños) que sin adoctrinar y sin soltar monsergas encierra entrañables y necesarias lecciones sobre la aceptación del diferente, la capacidad de superación, el amor incondicional y la amabilidad como forma de vida, porque “cuando debas elegir entre tener razón y ser amable… elige ser amable”.

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