SEFF 2017: Crítica de ‘Barbara’: Mathieu Amalric crea el género “protobiopic”

Las críticas de Fernando Quintero en SEFF 2017: Barbara

El cine francés es siempre sinónimo de pasión. Cuando le preguntan a uno qué es lo primero que se le viene a la cabeza con el cine francés, la respuesta puede ser el comienzo del cine o las calles de París a medianoche en blanco y negro. No sólo son avanzados en esto de los sentimientos, sino en el cine en general. Tienen algo que hipnotiza, incluso sus diálogos cuando parece que no hablan de nada y dicen todo con muy poco. Barbara es esto y más.

Obviamente no es una película de gusto general. No es un taquillazo y no lo será. Lo que sí, es una película que mueve sentimientos y placer visual gracias a la mano y la visión de Mathieu Amalric, quizá uno de los actores más conocidos de Francia y también un reconocido director que ya ha ganado varios premios en su trayectoria cinematográfica realizando películas como Tournée, con la que logró ganar el premio al mejor director en Cannes. En Barbara se reúne con Jeanne Balibar para hacer un raro experimento centrándose en la vida de la cantante francesa Barbara.

Si creemos que vamos a ver el típico biopic que nos cuenta la vida de una persona, estamos ante un error muy grande. Claro que la película es un biopic, pero Barbara (la película que he visto) narra el rodaje de Barbara (la película que rueda el personaje de Amalric). Sí, un poco extraño, pero a su vez encantador y otra manera de enfocar la vida de una persona en la gran pantalla. Para no liarnos, Barbara es una película que cuenta el rodaje del biopic de una película. Es un protobiopic.

Su punto de vista a la hora de enfocar esta película es a su vez caótica y lúcida. Nunca vamos a saber qué es que. Qué es película, qué es la película de la película o qué es la vida del personaje de Jeanne Balibar (Briggite). Esto es una de las cosas más características de Barbara. Aun recordando las escenas de la película, nunca sé cuando Balibar hacer de Barbara o cuando hace de Brigitte y eso es lo que provoca el famoso “método” de los actores. Aunque su personalidad pueda enfadar a algunos espectadores, es precisamente esto lo que hace que su interpretación delante de las cámaras (y de las protocámaras) haya sido un éxito. En ocasiones incluso parece que sobreactúa, pero ¿quién sobreactúa? ¿Balibar? ¿Brigitte? Sea como fuere, su papel engrandece la cinta, y esto bien lo sabe Yves Zand (Mathieu Amalric), quien parece en ocasiones romper la cuarta pared haciéndonos dudar sobre quien tenemos delante cuando interactúa con la actriz.

Comprendo que este último párrafo puede parecer extraño, pero es la manera más simple de reseñar este aspecto de la película. Y creo que este es el objetivo de Amalric, contar una historia distinta a lo que estamos habituados a ver, siguiendo unos patrones confusos, pero con un orden lógico y cronológico. El director ha hecho un trabajo de realización bastante costoso (a nivel de esfuerzo), pues recrea con exactitud los decorados mientras que a su vez ha utilizado imágenes de archivos para rodar su película, es arduo trabajo. En ocasiones Barbara (la cantante) aparece como ella misma en la película, sin llegar a percatarnos que no se trata de Jeanne Balibar la que se encuentra frente a nosotros. Esto dice mucho sobre el trabajo de caracterización y, valga la redundancia, sobre el trabajo de Balibar para ponerse bajo la piel de la cantante. 

Barbara es como mirar a través de un vaso de cristal. Nunca sabemos si lo que estamos viendo es real o no, si está cerca o lejos, si tiene final o ha comenzado tarde. Pensamos que estamos viendo algo que no está ahí, pero que a los dos segundos llega, confundiendo y mareando, siempre con el objetivo marcado de deformar los típicos biopics para experimentar y crear algo nuevo.

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