Crítica de ‘Morir’: El arte de decir adiós

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Morir
 

Existe una entidad clínica conocida como “síndrome del cuidador” que describe el agotamiento físico y emocional que sufren las personas que se dedican a cuidar a alguien enfermo, con mayor o menor grado de dependencia, durante prácticamente todo el día. Aunque puede afectar a personal sanitario a cargo del paciente, suele cebarse fundamentalmente con los familiares más directos del mismo, padres, hijos, hermanos y cónyuges que además de sufrir la tristeza motivada por la enfermedad en sí, deben afrontar el cuidado de su ser querido hasta límites que sobrepasan el aguante del más pintado. Cuando los cuidados se reparten entre varios de esos familiares la cosa se lleva mal, pero cuando, como ocurre muy a menudo, hay un cuidador único, el derrumbe físico y psicológico es solo cuestión de tiempo.

El explícito título de la segunda película de Fernando Franco, Morir, no puede llevar a nadie a engaño, durante sus 104 recios minutos asistimos a la enfermedad y muerte de un hombre que transita por una diversa variedad de estados de ánimo al tiempo que va sufriendo el deterioro propio de su irreversible enfermedad. Pero la adusta cámara de Fernando Franco no se dedica a hacer un minucioso retrato de la enfermedad de Luis (Andrés Gertrúdix), su interés está más centrado en retratar el devastador efecto que todo el proceso tiene sobre su pareja, Marta, una descomunal Marian Álvarez que vuelve a mostrar la excelente actriz que es en una película del mismo director que la hizo explotar en La herida (Fernando Franco, 2013).

Puede que sin pretenderlo, (o sí, habría que preguntárselo a él), Fernando Franco ha hecho con su película uno de los más realistas y veraces retratos de ese síndrome del cuidador que, fruto de unos tiempos en los que cada vez vivimos más pero no necesariamente mejor, ocurre con más (muda e invisible) frecuencia de la que pensamos. El personaje de Marian Álvarez experimenta un progresivo aislamiento familiar, laboral y personal que pondrá en riesgo su trabajo, sus relaciones personales y, en definitiva, su salud física y emocional. Y por si esto fuera poco, lo más duro de todo es comprobar como la otra persona, esa a la que dedica todo su tiempo y cariño, no solo no es capaz de mostrar agradecimiento sino que, por el contrario, cada día aumenta las exigencias y los reproches por el progresivo deterioro de su carácter.

Morir es una película dura, no apta para espectadores que hayan sufrido una pérdida afectiva reciente, especialmente si han tenido que cuidar del ser querido o vivir de manera muy cercana sus últimos momentos. Esto, una vez dicho, no quita para que estemos ante una película excepcional con algunos momentos de gran cine. El guion del propio Fernando Franco está lleno de virtudes, la mayor de las cuales es mantenerse con firmeza en la línea de la contención sin mover en ningún momento a la lágrima fácil o al exceso melodramático. En este sentido es también ejemplar la cuidada puesta en escena y la coherente dirección de actores. No hay ningún exhibicionismo emocional en el trabajo de Andrés Gertrúdix ni de Marian Álvarez, pareja en la vida real, que ofrecen dos de las mejores interpretaciones del año. Sobre sus rostros se posa delicadamente la cámara de Fernando Franco que hace que ambos intérpretes no sean nunca el vehículo de las emociones sino las emociones mismas.

Película de acciones, meticulosamente ejecutadas especialmente por Marián Álvarez y rigurosamente filmadas por Fernando Franco como ese silencioso fregado de un vómito a destiempo que resulta demoledor, ese temblor de manos al encender un cigarrillo, ese apretón de manos. Todo, hasta las acciones simbólicas (ese abrir y cerrar la ventana) respira una autenticidad que conduce cadenciosamente al bergmaniano final que corona una de las mejores películas que ha dado nuestro cine en lo que va de año.

Este Morir de Fernando Franco está vinculado con otro largometraje español de este mismo año y de similar corte temático, el No sé decir adiós de Lino Escalera con el que marca distancias en una diferente manera de afrontar la muerte tanto desde el punto de vista del enfermo en sí (un magistral Juan Diego) como en el de sus familiares, en aquel caso sus hijas Lola Dueñas y especialmente una soberbia Nathalie Poza que devoraba el film. Todo hace pensar que entre Nathalie Poza y Marian Álvarez andarán los Feroz, Forqué, Goya y demás premios anuales cuya temporada se avecina.

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