Crítica de ‘No sé decir adiós’: Conmovedora desde su pulcritud emocional

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: No sé decir adiós

Al inicio del tercer acto de Tosca de Giacomo Puccini, el pintor Mario Cavaradossi interpreta una de las más bellas arias de la historia de la ópera. Aunque su título es “E lucevan le stelle” (Y lucían las estrellas) es popularmente conocida como el “Adiós a la vida” de Tosca y en ella, Cavaradossi (papel que han interpretado los más grandes tenores), sabedor de la cercanía de su muerte, entona un último canto de despedida: para siempre desvanecido mi sueño de amor… la hora ya ha pasado y muero desesperado. Y jamás he amado tanto la vida. No se me ocurre una despedida más difícil que hacerlo precisamente de la condición de estar vivo. Con plena consciencia de la inminencia del final, ser capaz de ordenar serenamente las cosas y despedirse con entereza de los seres queridos antes de afrontar cara a cara a la vieja de la guadaña.

El director español Lino Escalera, con cierto bagaje como cortometrajista y director de episodios de series de televisión, debuta en el largometraje con la más que notable No sé decir adiós, un auténtico canto de “Adiós a la vida” protagonizado por un tremendo Juan Diego y una apoteósica Nathalie Poza. No sé decir adiós, a su paso por la última edición del Festival de Málaga obtuvo cuatro galardones, entre ellos la Biznaga de plata, el premio al mejor guion, y los correspondientes a mejor actriz y mejor actor de reparto para los citados Poza y Diego respectivamente.

La grave enfermedad de José Luis (Juan Diego) pone a sus dos hijas, Blanca (Lola Dueñas) y Carla (Nathalie Poza) en la extrema situación de no saber cómo enfrentarse al inevitable desenlace al que está abocado su padre. Las diferentes personalidades de ambas se contraponen entre sí y ambas lo hacen con la bajada a los infiernos del padre. El “No sé decir adiós” del título hace, por tanto, alusión a una triple ignorancia de cómo afrontar la despedida, la de José Luis a la vida y la de ambas hermanas al padre que van a perder. Las diferentes personalidades de una y otra reaccionan de muy distinto modo a sentimientos comunes como el dolor, el amor, el rencor, el miedo y sobre todos ellos, la necesidad de perdonar y ser perdonado.

Lino Escalera construye con estos mimbres un lúcido film sobre la anticipación de la pérdida, lo que podríamos llamar la fase previa al duelo, y lo hace de una manera sencilla, descarnada y con el más que evidente propósito de evitar, en fondo y forma, caer en la sensiblería ramplona y en el tono lacrimógeno con el que el material de partida se prestaría a ser tratado. Y a pesar de ciertos deslices menores al inicio del film como una presentación de los personajes un tanto precipitada y en algunos casos (como el del personaje de Poza) a brochazo limpio, Lino Escalera toma enseguida el control para proponer una película sólida, áspera y tocada por ese hálito de autenticidad con el que muy pocas veces vemos tratadas en el cine situaciones de tanta dureza emocional.

Cualquiera que haya pasado varias noches en un hospital acompañando a un ser querido gravemente enfermo sabrá apreciar el verismo con el que se muestra ese ambiente de tristeza, esos sillones para los acompañantes del enfermo que son auténticos potros de tortura, esos silencios demoledores de las noches en blanco solo perturbados por los ocasionales quejidos de algún enfermo vecino, ese discurrir de las enfermeras desde tempranísima hora de la mañana para tomar tensiones, temperaturas y glucemias, ese no saber qué hacer a caballo entre la impotencia y el hastío, y sobre todo, y acaso sea lo peor, ese vivir atormentado por el miedo y la incertidumbre de qué, cómo y cuándo va a ocurrir.

Verismo, limpieza emocional y autenticidad que se sustentan en el guion coescrito por Escalera junto a Pablo Remón que además de, como he dicho, purgarse de sensiblería y utilizar sabia y medidamente ligeros toques de humor, se estructura en torno a una concienzuda y depurada construcción de los tres personajes centrales a los que Diego, Poza y Dueñas dotan de vida con su incuestionable talento y unas interpretaciones memorables. El reparto se completa con Pau Durà y Miki Esparbé, también brillantes a pesar de sus escuetos roles. La gélida fotografía de Santiago Racaj redondea la propuesta estética de una película conmovedora desde la honestidad de su planteamiento y la pulcritud de su ejecución. 

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