Sentido adiós al gran Federico Luppi

Hay preguntas que no tienen demasiado sentido y que solo puedes responder si te las hacen y las respondes a bocajarro, si te tomas un tiempo para pensar la respuesta, lo más probable es que termines por declinar la pregunta con un “es imposible elegir”. Si a mí me preguntan a bocajarro quién es mi actor favorito, a bocajarro respondería que Federico Luppi. Luego vendrían las matizaciones, el distinguir entre actores clásicos y actuales, entre actores americanos, asiáticos o europeos, entre héroes de acción, galanes o intérpretes intimistas, de cine o de teatro… ¿qué se yo? Digo que es una de esas preguntas que no tienen demasiado sentido porque no hay ninguna razón que nos obligue a elegir uno. Hoy podemos disfrutar de James Stewart, mañana por la mañana de Paul Newman, por la tarde de Robert de Niro y al día siguiente de José Sacristán.

Lo que ocurre es que, al margen de apreciar las cualidades interpretativas de un actor (o actriz), uno tiende a empatizar con los personajes a los que da vida y ahí precisamente es donde probablemente radique la razón de mi afinidad, mi admiración y ¿por qué no decirlo? mi cariño hacia Federico Luppi. Sus personajes (no todos evidentemente, también hizo de malo) eran hombres íntegros, de principios firmes, de pensamientos profundos y acciones coherentes. Luppi encarnaba como nadie al hombre pegado a unos ideales que defendía con vehemencia.

La primera vez que vi a Federico Luppi fue en una película que ha marcado mi vida y mi pasión por el cine, se titula Un lugar en el mundo (1992) y precisamente compartía protagonismo con el gran José Sacristán al que antes cité y con Cecilia Roth, estaba dirigida por Adolfo Aristarain, un director con el que trabajó en varias películas y del que se decía que Luppi era su alter-ego en la pantalla. Precisamente en Un lugar en el mundo, Luppi daba vida a Mario, un profesor idealista que había encontrado su “lugar en el mundo” en una pequeña aldea donde construye una precaria escuela con la que pretende evitar que los niños crezcan analfabetos como sus padres y sean perpetuamente engañados por los terratenientes de la zona. Luego vendría el obstinado guionista Martín Echenique de Martín (Hache) (1997) también de Adolfo Aristarain, el Raúl de Sol de Otoño (Eduardo Mignogna, 1996), el Pepe de El último tren (Diego Arsuaga, 2002) o el profesor de literatura Fernando Robles de Lugares comunes (Adolfo Aristarain, 2002) por citar solo algunos ejemplos de ese tipo de personajes a los que Luppi dotaba de una fuerza y una autenticidad pasmosa.

Durante los años 90, cuando prácticamente se afincó en España cuya nacionalidad obtuvo, se convirtió en un nombre imprescindible de nuestro cine con títulos como Extasis (Mariano Barroso, 1995), Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (Agustín Díaz Yanes, 1995) o Lisboa (Antonio Hernández, 1999). Pero además de ser un nombre imprescindible en el cine español y argentino de las tres últimas décadas también trabajó con directores internacionales como Guillermo del Toro en Cronos (1993), El espinazo del diablo (2001) o El laberinto del fauno (2006) y con Walter Salles (Hombres armados, 1997).

Su mayor arma interpretativa era la naturalidad sin artificios con esa gran presencia en pantalla, esa voz contundente que pronunciaba cada palabra con la inflexión necesaria para cargarla de significado y la delicadamente mínima utilización del gesto facial para acompañar esos silencios con los que, a menudo, decía más que con sus palabras.

Pero además del cine, como actor total que era (como me cuesta hablar en pasado), Federico Luppi también pisaba las tablas teatrales con relativa frecuencia. Tuve ocasión de verle subido a un escenario cuando en 1999 hizo una gira por 26 ciudades españolas con la obra El vestidor, de Ronald Harwood, con dirección de Miguel Cavia y acompañado por el actor argentino Julio Chávez. Recuerdo con profunda emoción aquella función a la que acudí con un montón de amigos con los que por aquel entonces yo también hacía teatro aficionado, éramos muy jóvenes y ver a Luppi en vivo en nuestra ciudad era como una especie de milagro y, sin duda, una lección magistral de teatro. Precisamente el teatro ha sido su última ocupación y a pesar de su avanzada edad y su delicado estado de salud tras el traumatismo craneal que sufrió meses atrás, tenía pendiente una gira por Argentina con Las últimas lunas, de Furio Bordón y dirigido por su mujer Susana Hornos.

Tuve la ocasión de conocerle personalmente cuando en 2002, con motivo de la 47ª edición de la Seminci vino a Valladolid a presentar El último tren junto a su director Diego Arsuaga y a sus compañeros de reparto Héctor Alterio (otro gigante) y Pepe Soriano. Al final de la rueda de prensa de presentación de la película tuve el atrevimiento de acercarme a él y pedirle un autógrafo sobre una postal del cartel de Un lugar en el mundo que unos meses atrás me había firmado José Sacristán. Esa postal firmada por ambos es hoy día uno de mis mayores tesoros de coleccionista cinéfilo. Luppi fue todo amabilidad y finalmente me hice con él una foto que hoy he puesto como foto de perfil en mis redes sociales.

Desde el profundo agradecimiento por los momentos disfrutados viendo sus obras, desde la arrebatada admiración por su talento y desde la honda tristeza que me causa su muerte: descanse en paz Federico Luppi.

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