Crítica de ‘Las hijas de Abril’: Sórdida maternidad

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Las hijas de Abril

Si un espectador desinformado de esos que a veces va al cine sin tener claro en qué sala se va a meter (algo que yo mismo he hecho en más de una ocasión) y se detiene a mirar los carteles de las películas en la fachada del cine para ayudarse a decidir, se encontrará esta semana con un bucólico y evocador cartel en el que una hermosa Emma Suárez abraza cariñosamente a una chica adolescente embarazada mientras mira con ternura a otra chica que aparece, ligeramente desenfocada, en primer término a uno de los lados del cartel; al fondo vemos una bonita fotografía de costa donde el mar que rodea a algunas rocas se funde suavemente con el cielo en la línea del horizonte. En la parte superior del cartel se puede leer “El amor de una madre no conoce límites” y bajo las pequeñas letras de los créditos leemos el título de la película: Las hijas de Abril. Ese espectador inicialmente desinformado y ahora movido por la información que ha recibido tras contemplar el cartel puede decidir entrar en la sala con la convicción de que va a ver una amable historia de una madre y dos hijas que viven cerca del mar y algunas circunstancias harán que esa madre demuestre ese amor que no conoce límites.

Pues bien, ese espectador desinformado no sabe lo que se va a encontrar, Las hijas de Abril es una película de difícil etiquetado ¿psicodrama?, ¿drama social? pero desde luego cualquier cosa menos una película amable.

Abril, que aquí no es un mes si no el nombre del personaje de Emma Suárez, es la madre de las dos chicas de la fotografía, Valeria (Ana Valeria Becerril) que es la embarazada a la que abraza y Clara (Joanna Larequi) un personaje tan desdibujado en el guion como desenfocado en la fotografía del cartel. Con estos tres personajes y un cuarto en forma de elemento masculino que lleva por nombre Mateo (Enrique Arrizon) y es el novio de Valeria y padre de la criatura que espera, el director mexicano Michel Franco construye una película sobre el espinoso tema de la maternidad (y paternidad) adolescente. Un tema que en manos poco respetuosas podría derivar en doctrina, folletín o libelo ideológico.

Si hay algo que agradecer a Franco es precisamente la limpieza de su mirada, en su doble faceta de guionista y director, evita con igual asepsia el tono moralista y su contrario. Ni juzga a sus personajes ni manipula al espectador obligándole a posicionarse o a seguir una línea de pensamiento predefinida. Su discurso es puramente cinematográfico y ahí es donde radica el mayor mérito de una película que se ve lastrada por unos cuarenta primeros minutos en los que todo transcurre con una lentitud exasperante. La contemplación de la inacción puede funcionar cuando la propuesta estética es deslumbrante, la puesta en escena arriesgada o la carga dramática impactante pero no es el caso, Franco arranca su película con unos planos deliberadamente largos y estáticos; y en un momento inicial en el que como espectadores nos falta toda la información, el comienzo de la película resulta tan apasionante como asistir a una carrera de caracoles.

Una vez resistido el primer tercio de película, comienzan a ocurrir cosas de un modo un poco atropellado, los personajes están simplemente abocetados, sin definir, el personaje de Clara es totalmente prescindible, de Valeria únicamente se nos muestra su bisoñez y su inconsciencia, Mateo es un simple instrumento al servicio de la trama (además de ser un simple en sí mismo) y únicamente el personaje de Emma Suarez está escrito con un poco más de esmero, pero aun así, muchas (o todas) de sus decisiones resultan absolutamente inexplicables o explicables solo desde una patología psiquiátrica que probablemente sea el meollo de la cuestión. Franco no hace ningún esfuerzo por ni tan siquiera apuntar algo sobre las motivaciones de sus personajes, no dudo que lo haya hecho de manera deliberada, pero para construir una película sin profundizar en los personajes y sin encarrilar un discurso narrativo desde el principio hace falta ser un maestro del cine que Michel Franco, hasta la fecha, no es, por mucho que se esfuercen en Cannes en premiarle en repetidas ocasiones. 

Todo lo que ocurre en Las hijas de Abril (a partir del minuto cuarenta, claro, hasta entonces no ocurre casi nada) es tremendamente perturbador, sórdido a ratos y permanentemente inquietante, pero lo es porque lo que ocurre es así. En cuanto al elenco protagonista, únicamente Emma Suárez está bien, es tan buena actriz que no necesita un guion bien escrito ni un director meticuloso para destacar pero aun así está lejos de sus mejores trabajos incluidos los más recientes en Julieta, La próxima piel o Las Furias.

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2 comentarios sobre “Crítica de ‘Las hijas de Abril’: Sórdida maternidad

  • el 20 octubre, 2017 a las 4:28 pm
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    A la hora de diseñar y ejecutar un cartel, tanto de cine como de teatro, el objetivo básico y primordial es captar la esencia de lo que el espectador va a ver. Que con ver el cartel se le mueva algo por dentro que le indique al menos el tono de la obra. Si ves un cartel que te evoca algo diferente a lo que representa, entonces por muy bonito que sea, no es un buen cartel. Esta es, al menos, mi humilde opinión.

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    • el 20 octubre, 2017 a las 11:19 pm
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      Absolutamente de acuerdo, eso es exactamente lo que he querido decir en el primer párrafo de la crítica, que el cartel no guarda relación con la película, lo cual me parece engañoso y por tanto mal.

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