61 SEMINCI. Sección Oficial. Crítica de ‘Las furias’: Una maravilla para empezar

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 61 SEMINCI: 
Las furias

Es posible que para aquellos que no sean espectadores de teatro, el nombre de Miguel del Arco no represente gran cosa. Su nombre es en cambio imprescindible para todos aquellos que amamos el escenario como hábitat natural del pensamiento, de las ideas y de las emociones. Suyos son algunos de los montajes más importantes que se han estrenado sobre las tablas durante los últimos años en nuestro país. Cualquiera que haya visto su adaptación de El Misántropo de Molière a la cínica sociedad de nuestros días, su maravillosa puesta en escena de Antígona o el más reciente Hamlet, sabe que estamos ante alguien poco común. Un conocedor del alma humana que parte del texto como pilar básico sobre el que apoyar inteligentísimas puestas en escena y sólidas interpretaciones para profundizar en los grandes temas de la existencia a través de un teatro inquieto, inconformista y en continua rebelión contra lo acomodado. 

Su estreno en el cine no es, por tanto, el debut de un recién llegado. A pesar de las enormes diferencias entre el lenguaje teatral y el cinematográfico, Miguel del Arco hace valer su dominio escénico para adentrarse en los medios y modos fílmicos. El teatro flota durante todo el film como una continua presencia y lo hace en diferentes vertientes, la argumental es quizá la más evidente puesto que, precisamente, actor de teatro es la profesión del personaje (un maravilloso José Sacristán) del que surgen la trama y el resto de personajes al inicio del film. Pero también está presente el teatro en la puesta en escena y en la manera en la que el director (que indisimuladamente ama a sus actores) nos los muestra continuamente aproximando la cámara a sus rostros para que las interpretaciones de un maravilloso reparto supongan uno de los mayores valores de esta excepcional película. 
 
Pocos temas pueden resultar tan cercanos a un mayor número de espectadores como la familia. De una u otra manera, todos tenemos una. Y la familia es el contenido más evidente en una primera (y quizá superficial) aproximación a Las furias. Pero no es el único. Reducir Las furias a “otra película sobre conflictos familiares” sería tan simplista como descaradamente perezoso. Es curioso como la fragilidad de la memoria (consciente o inconscientemente selectiva) hace que todos, a menudo, reescribamos el pasado adecuándolo a la versión que más cómoda nos resulta. Las diferentes maneras en que cada uno recuerda los acontecimientos que marcaron la infancia o la primera juventud no son más que mecanismos para convivir con la culpa, con el orgullo herido, con la insatisfacción por los sueños no cumplidos y, en definitiva, para sobrevivir a los estragos que el paso del tiempo hace sobre la inocencia perdida.
 
Miguel del Arco explora todos estos fantasmas del pasado que devoran a la familia protagonista desde un inteligentísimo guion que hunde sus raíces en la mitología. Las furias, nacidas de la sangre derramada sobre la tierra (Gea) cuando Cronos cortó el miembro del infiel Urano, son los entes vengadores de los daños a la familia que sirven a Del Arco para hacer un delicado análisis de las relaciones que unen (y al mismo tiempo separan) a unos personajes que construye con despiadada crudeza en su libreto. Los vínculos afectivos de los tres hermanos entre sí, de cada uno de ellos con su demenciado padre y su atribulada madre, con sus respectivas parejas y el de todos los personajes con la niña (la única representante de la tercera generación) crean el sustento sobre el que el guionista y director desarrolla un discurso con tantas lecturas como espectadores sobre la incapacidad para comunicarnos con nuestros seres ¿queridos? de forma civilizada y sobre la fragilidad del amor en sus diferentes variedades: fraternal, paterno/maternofilial, conyugal y cuantas otras el espectador quiera proponer.
 
Resulta muy difícil, acaso imposible, decidir quién está mejor entre todo el brillantísimo conjunto coral de interpretaciones que componen Las furias. Desde la conmovedora creación del gran José Sacristán como ese patriarca enfermo de Alzheimer que en ocasiones parece ser la raíz de todos los males hasta la prometedora debutante Macarena Sanz cuyo personaje, la pequeña María, funciona como eje vertebrador de la trama durante gran parte del film. Mercedes Sampietro, una actriz a la que incomprensiblemente el cine español está desaprovechando durante los últimos años, realiza una interpretación soberbia. Su lucha interior (y exterior) por hacer frente a sus hijos y reclamarles algo tan sencillo como el derecho a ser feliz amando a quien quiera resulta tan enternecedora como dolorosa. 
 
Excepcionales están también Gonzalo de Castro, Carmen Machi y Alberto San Juan como los tres hermanos (que no casualmente se llaman Héctor, Casandra y Aquiles) y Emma Suárez y Pere Arquillué como las parejas de los dos primeros. Particularmente turbador resulta el personaje interpretado con exquisita sobriedad por una Bárbara Lennie que homenajea su ascendencia argentina con un perfecto acento porteño. Ella es Julia, la única que no es de la familia, y que asiste como espectadora impertérrita al cúmulo de gritos, silencios, culpas y despropósitos hasta que las circunstancias la obliguen a intervenir. 
 
Con todos ellos, Miguel del Arco ejerce una magistral dirección de actores sosteniendo a sus personajes sobre el delicado hilo que conecta el dolor con el patetismo. Las furias es una película dolorosa y divertida que toca el alma de un espectador que puede reconocerse o reconocer a algún miembro de su familia, aunque sea parcialmente, en cualquiera de los personajes. 
 
Miguel del Arco recurre al teatro para hacer cine con el mismo talento que recurre al cine para hacer teatro. Cualquiera que haya visto alguno de sus montajes, especialmente los más recientes, conoce su brillante manejo de recursos fílmicos para poner en escena momentos teatrales. Ojalá el nacimiento de su carrera cinematográfica aliente (aún más) su indomable espíritu kamikaze para seguir adentrándose en la simbiosis entre ambos medios. Los que tenemos problemas para decidir si amamos más al cine o al teatro encontraremos un acogedor refugio en su obra.

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