62 SEMINCI. Sección Oficial. Crítica de ‘Foxtrot’: Una película excepcional

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 62 SEMINCI: 
Foxtrot
 

Algunas veces sucede. Desgraciadamente pocas, pero de vez en cuando ocurre que todos los elementos que conforman un film se alinean de tal modo que el resultado es fuera de lo común. Últimamente tengo cierto reparo a la hora de emplear el término “obra maestra” para referirme a una película, especialmente si la acabo de ver y todavía no la he reposado lo suficiente. Alguna que otra vez me ha ocurrido que, releyendo tiempo después lo escrito, me he reconvenido a mí mismo por haberme dejado llevar por el fragor del momento y una emoción sin sedimentar. Pero como resulta que hoy he visto Foxtrot durante la Seminci y un festival aprieta con la inmediatez de publicar las críticas, allá va: Foxtrot me ha parecido una obra maestra y la mejor película que he visto en el festival de Valladolid desde Incendies (Denis Villeneuve) y de eso hace ya siete años.

El israelí Samuel Maoz escribe un excepcional guion con estructura de pieza teatral en tres actos y una coda que dirige conjugando dos elementos que confieren a la película su carácter excepcional: un sentido visual poco común y una soberbia puesta en escena. Pero no se alarmen, Maoz no les va a ofrecer un bonito envoltorio vacío, en su caso la dimensión visual del cine está al servicio de la idea y no al contrario.

El primer acto arranca con una tragedia, un mazazo en forma de muerte que sirve a Maoz para explorar las diferentes reacciones ante la pérdida, desde el desgarro visceral al atormentado silencio o la violenta rabia pasando por el llanto, la indiferencia anestesiada por la pérdida de contacto de la realidad o la turbación de un perro (qué magnífico actor ese perro) que no sabe cómo consolar a su amo. Pero Maoz no se queda ahí, a través de la introducción de personajes accesorios a la trama central, desliza una soterrada crítica a la militarización de la sociedad de su país.

El director filma con una efectista y efectiva concepción de los planos (incluyendo algunas tomas cenitales que apuntalan la propuesta estética) y se sirve de unas localizaciones casi expresionistas que dan coherencia a la puesta en escena, como ese apartamento en blanco y negro, con ventanas en forma de ojo de buey y suelos de azulejado geométrico o esa residencia de ancianos con un corredor circular de grandes ventanales. Samuel Maoz deja claro desde el principio que su película está concebida para ser contada desde el fondo y desde la forma.

La entrada en el segundo acto supone un cambio de localización y de personajes. Desde Tel Aviv nos desplazamos unos cientos de kilómetros, a un destartalado destacamento militar compuesto por cuatro soldados que vigilan un control de carretera con un más que rudimentario sistema informático. Cuatro jóvenes que matan el aburrimiento hablando, jugando, escuchando música y bailando foxtrot. La puesta en escena vuelve a tomar protagonismo, Maoz se divierte con forzados planos en el interior del furgón inclinado aprovechando todos los recursos del lenguaje cinematográfico, montaje incluido. Aquí la crítica al ejército de Israel es menos soterrada y más patente, y de nuevo a través de un guion bien escrito y mejor filmado va cocinando la acción hasta conducirla hacia el acto conclusivo en una transición animada en forma de comic con la que Maoz enriquece más aún su tesis sobre el lenguaje cinematográfico.

Este tercer acto se desprende de algunos de los elementos filmicos para adoptar una representación más teatral. Dos personajes rescatados del primer acto se adueñan de la “escena” y repasan los acontecimientos ocurridos que lentamente se van revelando al espectador. El dolor se puede masticar mientras los dos personajes se escupen los reproches, reevalúan su amor, recuerdan, olvidan, perdonan o no, mientras ríen y lloran en una perfecta encarnación de la tragicomedia en el sentido literal de la palabra. Ya no hay tiempo para mucho más, la entrada de un tercer personaje apenas esbozado en el acto inicial dará el tirón final al relato para llevarlo, finalizado el tercer acto, hacia un epílogo brutal.

El reparto es sencillamente excepcional, Lior Ashkenazi y Sarah Adler, la pareja protagonista del tercer acto están soberbios en su tormentosa travesía de estados de ánimo, sus rostros (Maoz también utiliza sabiamente los primeros planos) transmiten emociones desde el silencio y cuando hablan, sus palabras surgen desde las tripas, desde el corazón o desde lo más profundo de su ser. No vemos nunca a los actores, vemos a dos seres humanos deslizándose por el filo más cortante de la vida. Con menos matices pero igualmente creíble está el joven Yonathan Shiray en su segundo papel cinematográfico y los más veteranos Dekel Adin, Yehuda Almagor y Shaul Amir.

La fotografía de Giora Bejach es rica en matices y vira de un carácter casi expresionista en el primer acto a los tonos ocres del desierto y a la contrastada iluminación de interior con la que retrata el tercer acto. La música de Ophir Leibovitch y Amit Poznansky se funde con las imágenes y el montaje sirve al relato enriqueciendo la narración.

Y cuando tenemos actores talentosos, elementos estéticos hermosos, fuerza visual, una dirección con talento y estilo detrás de la cámara; y todo esto se pone al servicio de una gran historia, ocurre el milagro, y una película como Foxtrot se convierte en excepcional.

Hasta la fecha la película ya ha obtenido en Premio Especial del Jurado en el pasado Festival de Venecia, ocho premios Ofir (los premios de la academia israelí) y es la película seleccionada por Israel para competir por el Óscar a la mejor película en habla no inglesa. A estas alturas todavía no sabemos si añadirá algún premio, quien sabe si en forma de espiga, de la presente Seminci a su exitosa trayectoria. Así debería ser.

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2 comentarios sobre “62 SEMINCI. Sección Oficial. Crítica de ‘Foxtrot’: Una película excepcional

  • el 28 octubre, 2017 a las 18:39
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    Me gusta mucho tu comentario sobre Foxtrop. Me gustaría saber si encuentras, porque creo que lo hay aunque yo no sé ponerle nombre, un simbolismo en el camello

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    • el 31 octubre, 2017 a las 19:36
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      Yo entiendo que en sus primeras apariciones tiene un carácter premonitorio de lo que luego va a ocurrir, no he querido hablar de ello en la crítica por no desvelar lo que ocurre. Respecto a si tiene alguna simbología propia, es decir, por qué un camello y no un caballo o una vaca o un perro… pues no lo sé, probablemente lo tenga pero no soy un experto en el tema. Es una buena pregunta para habérsela hecho al director si hubiera venido a Valladolid a presentar la peli, desafortunademente no fue así. Gracias por tu amable comentario.

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