Las confesiones

Quiero liberarme en el primer párrafo, y cuánto antes, de dejar bien claro que Las confesiones es una película pretenciosa. Como bien saben las personas que me leen con regularidad, la pretenciosidad es uno de los pecados para los que tengo menos indulgencia de todos cuantos puede cometer un cineasta pero, como para casi todo en la vida, existen las excepciones. Se me ocurren así, sin pensar demasiado, dos circunstancias en las que perdono la pretenciosidad; la primera de ellas, la más obvia sin duda, es cuando las pretensiones del cineasta, por desmesuradas que sean, son conseguidas en el resultado final. Se me ocurre como ejemplo y vendrá luego al caso, La gran belleza de Paolo Sorrentino, probablemente la película más pretenciosa que recuerdo en la última década cuya apabullante realización y acabado hacen que uno perdone las desmedidas ínfulas autorales de Sorrentino y termine por rendirse a “la gran belleza” de lo que ve en la pantalla y al hechizo que provoca el modo de contar-mostrar del director italiano.

Crítica completa aquí.

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