Crítica de ‘Las confesiones’: El silencio como única forma de libertad

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Las confesiones

Quiero liberarme en el primer párrafo, y cuánto antes, de dejar bien claro que Las confesiones es una película pretenciosa. Como bien saben las personas que me leen con regularidad, la pretenciosidad es uno de los pecados para los que tengo menos indulgencia de todos cuantos puede cometer un cineasta pero, como para casi todo en la vida, existen las excepciones. Se me ocurren así, sin pensar demasiado, dos circunstancias en las que perdono la pretenciosidad; la primera de ellas, la más obvia sin duda, es cuando las pretensiones del cineasta, por desmesuradas que sean, son conseguidas en el resultado final. Se me ocurre como ejemplo y vendrá luego al caso, La gran belleza de Paolo Sorrentino, probablemente la película más pretenciosa que recuerdo en la última década cuya apabullante realización y acabado hacen que uno perdone las desmedidas ínfulas autorales de Sorrentino y termine por rendirse a “la gran belleza” de lo que ve en la pantalla y al hechizo que provoca el modo de contar-mostrar del director italiano.

La segunda circunstancia en la que paso por alto la pretenciosidad, y esta le puede ocurrir a todo el mundo pues es tan personal como intransferible, es cuando por la razón que sea, no siempre fácil de explicar, lo que me cuentan me interesa tanto que me vinculo emocional o intelectualmente con la historia y o no veo los andamiajes aunque sean visibles o hago como que no los veo. Y no me resulta difícil encontrar fascinante esta historia de Las confesiones en la que se tratan cuestiones como la “presunta” humanidad de los poderosos a la hora de tomar las decisiones que determinan el devenir de la economía mundial o la absoluta renuncia a todo lo material y mundano como única forma posible de libertad.

El punto de partida de Las Confesiones es, como mínimo morboso. El director italiano Roberto Andò nos invita desde su guion y dirección, a entrar en las intimidades de la reunión de los ministros de economía del G8 con el director del Fondo Monetario Internacional en un lujoso (¿podía ser de otra manera?) hotel de la costa alemana. Parece evidente que para contar la historia Andò necesita de más personajes y, por razones poco explicadas, el director del FMI Daniel Rochè (magnífico, como siempre Daniel Auteuil) invita también a una escritora de éxito que resulta ser un remedo de J. K. Rowling (interpretada por Connie Nielsen), a una estrella de la música y a un silencioso e introvertido monje cartujo (Toni Servillo) que terminará por convertirse en el personaje sobre el que gravite prácticamente todo el peso de la trama.

La toma de una trascendental decisión, no explicada en el guion, que irremediablemente causará más sufrimiento en los países más pobres, es el núcleo central de la reunión cuya votación parece separar a los diferentes ministros. Y aunque Roberto Andò evita sibilinamente subrayar quienes son los más malos de entre los malos no consigue del todo caer en el maniqueísmo al convertir en los buenos al ministro italiano (nacionalidad principal de la película) y a la ministra canadiense (curiosamente la única mujer del G8 y precisamente de Canadá, el país menos “polémico” de entre los 8 más industrializados). Todo se precipitará cuando el director del FMI tome su propia decisión que será determinante para el desarrollo de la cumbre y se aluda al monje Roberto Salus, un personaje con el que Toni Servillo (en las antípodas de su Jep Gambardella de La gran belleza) vuelve a demostrar porque es uno de los mejores actores vivos de la actualidad.

A partir de este hecho que no conviene contar, la película gravita con acierto entre el drama existencialista y el thriller clásico. Roberto Andò, consciente de que tanto el título Las confesiones como el desarrollo del argumento nos pondrían a todos los escribidores de cine a buscar referencias en Yo confieso (Alfred Hitchcock, 1953), trata hábilmente de desactivar las comparaciones aludiendo él mismo a la película a través de un comentario puesto en boca de uno de sus personajes. Bien. Referencias desactivadas. Pasemos a otra cosa. Los soberbios Servillo y Auteuil y una breve intervención de Lambert Wilson suponen lo mejor de un reparto que se completa con una poco creíble Marie-Josée Croze como la ministra canadiense y un conjunto de comparsas en los restantes ministros entre los que intenta destacar, sin mucho éxito, Pierfrancesco Favino como el ministro italiano.

La propuesta estética de la película me parece claramente deudora del estilo de Sorrentino, por eso decía al inicio de este escrito que luego vendría al caso el ejemplo de La gran belleza, pero encuentro más similitudes con La Juventud (Paolo Sorrentino, 2015), la cual también situaba en un hotel lujoso (en este caso en Los Alpes) a un grupo de personas de diferente extracción sociocultural y las ponía a intercambiar ideas, reflexiones y vivencias con un resultado, bien es cierto, de mayor altura intelectual y fílmica que el que consigue Andò en Las confesiones.

La (inconfundible) música del gran Nicola Piovani se hace notar desde los primeros minutos de película y dota de sutileza y delicadeza al desarrollo del metraje de este film que a pesar de su arrogante planteamiento y algunas secuencias de relleno, consigue resultar entretenido e inspirador al plantear cuestiones ineludibles que podrían mover a la reflexión a los espectadores que huyan del ruido y explosiones de las pelis de superhéroes que parecen copar la cartelera que se avecina.

También te puede interesar

Deja un comentario