61 SEMINCI. Sección Oficial. Crítica de ‘La ciénaga – Entre el mar y la tierra’: Grandes interpretaciones para amantes del sufrimiento ajeno

Las críticas de David Pérez “Davicine” en la 61 SEMINCI:
 La ciénaga – Entre el mar y la tierra

 

Manolo Cruz es uno de los actores más conocidos de Colombia desde que debutara a la edad de seis años, y decidió acometer su primer largometraje como productor y guionista con La ciénaga – Entre el mar y la tierra, dirigido por el debutante Carlos del Castillo, habitual de los escenarios de teatro de Sudamérica.

En La ciénaga – Entre el mar y la tierra Alberto tiene veintiocho años y vive en un paraje pantanoso muy próximo al mar Caribe, que él sueña con visitar algún día. Pero Alberto padece un trastorno neurológico que le mantiene postrado en su cama bajo la protección y los amorosos cuidados de su madre Rosa. Su ácido sentido del humor y su creatividad ayudan a que los dos reúnan la fuerza necesaria para sobrellevar la situación. Alberto disfruta además de la compañía de su vecina Giselle, quien le trata con mucho afecto. Pero la vida que imagina con quien desearía fuera su amada, aunque aparentemente próxima, está en realidad fuera de su alcance: lo mismo que ese mar que anhela visitar. Mientras la angustia se apodera de él, Rosa revive su pasado para aligerar la carga de su hijo y conseguir que sus sueños se cumplan.

La ciénaga – Entre el mar y la tierra viene avalada por una buena cantidad de nominaciones y premios, y quizás de ella lo único que pueda destacar es el reparto, pues cuenta con una magistral interpretación de Manolo Cruz como un enfermo crónico de distonía muscular que más de uno podría pensar que realmente lo es sin conocer al actor, y la veterana Vicky Hernández en el rol de la madre del protagonista, una mujer que no se rinde en su lucha diaria por ayudar a su hijo contra viento y marea…

No es la primera vez que un actor cambia drásticamente su físico para dar vida a un personaje, y gracias a ello se lleva el respaldo de la crítica, siendo ese el motivo por el que esta película destaca, habiendo tenido que adelgazar alrededor de 20 kg para dar vida a un hombre que sueña con ver el mar que tiene tan sólo a unos metros, distancia más que suficiente para impedir que pueda acercarse por su enfermedad.

El reparto lo completa la joven actriz Viviana Serna en el papel de Giselle, quien visita en barca (la única forma de llegar a las casas más pobres de la ciénaga) al joven enfermo y su madre, siendo prácticamente la única persona que recibe la familia cuyo día a día pasa por sobrevivir, él con su enfermedad y ella pescando y cosiendo por ganar algo de dinero con el que mantenerse a flote, y nunca mejor dicho.

Poco más se puede destacar más allá del reparto, pues ni la trama ni el desarrollo, y mucho menos el desenlace -y no voy a destripar la película- aportan algo que no se haya visto ya en otros títulos anteriores. Con estos datos, a todos nos viene a la mente la película española basada en hechos reales Mar adentro, en la que Javier Bardem interpretaba a Ramón Sampedro, un escritor y exmarinero tetrapléjico tras un accidente ocurrido durante su juventud y que permanece postrado en una cama durante casi 30 años, situación por la que desea morir mediante la aplicación de la eutanasia. Al igual que La ciénaga – Entre el mar y la tierra, logró muchas nominaciones e incluso se alzó con el Óscar a Mejor Película Extranjera, teniendo como la presente un actor que cambió drásticamente de aspecto, un personaje principal postrado por su enfermedad y un desarrollo en el que no hay mucha esperanza de vida para el enfermo.

A diferencia de Mar adentroLa ciénaga – Entre el mar y la tierra se hace mucho más pesada y larga. Durante una hora nos presentan las habilidades que tiene el protagonista aunque esté postrado, pero no deja de ser una oda al dolor de una madre que se vuelca en cuidar de su hijo ocultando sus sentimientos ante él, mientras nos muestran el sufrimiento de un hombre que sabe que en la vida no tiene más que esperar a la muerte aguantando el dolor. Y tras más de una hora de sufrir con la película, se producen todos los acontecimientos como si entraran prisas al director por terminar, con una sucesión de escenas que podrían haberse desarrollado más durante el metraje pero que se deben superponer, posiblemente por la creencia de incrementar así el sentimentalismo del espectador, y que concluye con un final que más de uno discutirá, sobre todo dentro del mundo de los discapacitados. 

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