61 SEMINCI. Sección Oficial. Crítica de ‘Madre solo hay una’: ¿Amor o biología?

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 61 SEMINCI: 
Madre solo hay una

 

¿Quién es nuestra madre? ¿la mujer que nos ha cuidado desde el nacimiento, alimentado, vestido, educado y fundamentalmente amado?, ¿o aquella con la que compartimos cromosomas?. Exactamente las mismas preguntas sirven para cuestionarnos sobre nuestro padre. ¿Dónde está el asiento del vínculo materno/paternofilial, en el afecto o en la sangre?, y profundizando un paso más, las mismas cuestiones podemos plantearnos acerca de nuestros hermanos. De hecho, cuando queremos mucho a un amigo ¿no le llamamos hermano aunque no compartamos ningún material genético con él? Todas estas cuestiones, y algunas más, suponen el núcleo central de la película Madre solo hay una de la directora Anna Muylaert presentada en la sección oficial de la 61ª SEMINCI. 
 
Pierre (espléndido trabajo interpretativo de Naomi Nero que huele a premio) es un chico que a sus 17 años, por si fueran pocos los trances que se atraviesan a esa edad, se encuentra en plena crisis de identidad tratando de definir sus afinidades sexuales y su propia condición de género. Se autoexplora delante del espejo, experimenta con ropas femeninas y se debate entre una novia para la que le cuesta encontrar tiempo, algún compañero de su grupo musical y breves aventuras ocasionales, insustanciales, casi anónimas.
 
Se encuentra en este delicado momento de su existencia cuando descubre (o le hacen descubrir) que su madre no es su madre, pero el asunto es más complicado que el de una adopción (como si una adopción no fuera suficientemente complicada) sino que se trata de un niño robado. La que hasta entonces ha sido a todos los efectos su madre es detenida, su padre está recientemente fallecido y se queda prácticamente solo con su hermana que para mayor desgracia también es robada pero a una familia diferente que él. 
 
A partir de aquí comienza una nueva parte en la película que se corresponde con el cambio vital de Pierre: la adaptación a un nuevo entorno, su familia biológica, que se esfuerza (demasiado) por acogerle, como si los afectos se pudieran forzar, como si uno pudiera establecer un vínculo afectivo en diez minutos o reinstalar la familia en el alma como un nuevo sistema operativo. Pierre administra con sobriedad los momentos de paciencia con los de rebeldía. Su nueva situación es, sin duda, un golpe emocional, pero también una oportunidad de autoafirmarse, de resolver dudas y abandonar la ambigüedad para conformar un carácter y una personalidad con la que adentrarse en la vida adulta.
 
La guionista y directora Anna Muylaert introduce todos estos elementos, quizá demasiados para ser tratados en 82 minutos, en un film que plantea más preguntas que respuestas. Los temas son de enjundia y Muylaert los aborda con honestidad y ambición pero el film se queda corto y el relato un tanto deslavazado. Es evidente que la directora ha concebido así su película, con numerosas elipsis y saltos narrativos que deben ser completados en la mente del espectador, y se trata de una decisión creativa muy bien fundamentada, pero tal vez, algunas secuencias más que completasen un poco el arco argumental serían muy agradecibles para el espectador menos acostumbrado a este tipo de cine (y para el espectador cansado por la sobredosis de películas a las que somete el seguimiento de un festival, pero eso no es culpa más que de quien esto escribe). 
 
Madre solo hay una es una película de personajes. Además de Pierre que supone, indiscutiblemente, la base sobre la que se asienta la trama y alrededor del cual giran los demás, existe un rico conjunto de personajes desarrollados de forma desigual en el guion. Ambas madres son, la funcional y la biológica, interpretadas por la misma actriz, Dani Nefussi, en lo que a mi entender supone un acierto al establecer una continuidad en la figura materna referente como entidad física e introducir un cambio únicamente en el vínculo emocional, es decir, en la relación. 
 
Y hay otros dos personajes muy importantes sobre los que Muylaert hace gravitar su discurso narrativo, uno es Jaqueline (Lais Dias) su hermana de toda la vida, una niña a la que Pierre manifiestamente quiere y el otro es Joca (Daniel Botelho), su nuevo hermano, el biológico, con el que habrá de comenzar a compartir casa, tiempo y emociones. Es enormemente significativo y de una fuerza visual y emocional tremenda ese último plano en el que Pierre busca a su hermana (a la que quiere) por internet al tiempo que su hermano (el biológico) se le acerca buscando establecer un nuevo afecto, un nuevo vínculo emocional al que Pierre responde. Nuestra capacidad de amar es enorme, ni el vínculo biológico ni el vital están por encima del amor, es el ser humano en su infinita estupidez el que establece los límites y etiquetas.

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