Crítica de ‘Omar’: El conflicto palestino-israelí desde la más intensa humanidad

Las críticas de Carlos Cuesta: Omar

Omar nos ofrece una postal parcial pero honesta del conflicto entre palestinos e israelíes desde el gran acierto de plantear el relato a través de un punto de vista humano y sentimental. Se trata de una recreación realista de la compleja vida de un grupo de milicianos palestinos y nos acerca a su entorno y a la legitimidad de sus objetivos hasta el punto de hacernos dudar de si aplicarles o no el apelativo de terroristas. Para quienes vivimos este episodio de la historia a miles de kilómetros y sólo gracias a las imágenes de los informativos, Omar es una de las escasas opciones que tenemos de plantearnos otros puntos de vista.

Omar, Amjad y Tarek son amigos desde la infancia y viven en la Cisjordania ocupada, listos para combatir como guerrilleros contra Israel. El asesinato de un soldado hebreo atraerá los esfuerzos de las autoridades por arrestar a los culpables.  Omar será capturado y torturado y finalmente liberado con el compromiso de entregar al líder, a Tarek. Aunque recelosos de la lealtad de Omar, sus amigos deciden preparar una emboscada a los israelíes cuando el joven finja entregar a su compañero. La frialdad de los servicios de inteligencia hebreos pondrá a prueba la unidad del grupo y tejerá sobre ellos una red de desconfianza capaz de poner en peligro su amistad y la relación con las personas que más aman.

Impresiona la desbordante humanidad que logra la película de Hany Abu-Assad con el apoyo del grupo de jóvenes actores que nos transmite toda una gama de emociones desde la responsabilidad al liderazgo, pasando por la lealtad, el amor, los celos, el romanticismo, la vergüenza, la desoladora certeza de la mentira, la amargura de la traición y el deseo de vivir. Esta historia sabe ponernos de parte de una causa sin planteamientos burdos y sin grotescos chantajes emocionales.

El director es especialmente inteligente a la hora de introducir una tierna historia de amor en la vida de Omar (Adam Bakri), un proyecto de futuro, la apremiante sensación de que la vida se escapa mientras realiza el sacrificio que le impone el deber. El muchacho tiene celos de Amjad, su compañero, que también está enamorado de la misma chica, hermana del tercero. La discreción, el peligro y varios pasos por prisión como sospechoso del atentado distanciará al grupo y hará incluso dudar a Omar de la sinceridad de su amada Nadia.

Estamos ante una película cargada de frescura, intensidad, verdad cinematográfica y sentimiento, capaz de recordar lo shakesperiano a través de las mentirosas trampas del destino. Mientras, el protagonista librará un tenso y peligroso duelo de voluntades con Rami (Waaled Zuaiter), uno de los responsables del servicio de inteligencia israelí. Incluso el agente, pese a su falta de escrúpulos, se nos presenta como un personaje absolutamente plenamente humano, que de hecho juega esa baza para conseguir la cooperación de Omar. La relación de odio entre ambos es vibrante.

Estamos ante una historia trágica, pero no me canso de repetir que la tragedia vendida por sí misma no suele alcanzar más que el agotamiento. Por eso es de agradecer que se nos muestre además una forma de vida, una posibilidad de éxito a la hora de buscar la felicidad, una dosis de humor y por supuesto una realización ágil. Omar tiene todo esto. Sólo podría reprocharse que la desbordante personalidad y carácter del protagonista a través de la destacable actuación de Adam Bakri no tenga una correspondencia con su pareja femenina.

La película tiene la fuerza de esas películas redondas que gustan en su conjunto, que sobrecogen y que cambian tu opinión y tu referente de las cosas; que te sorprenden y te agitan al instalar en tu cabeza la idea de que quizá la realidad no sea tan clara, que hay que pensar un poco más antes de colocar pegatinas y estereotipos a personas y conflictos que no conocemos de primera mano.

Nota: Crítica recuperada y editada de la 58 edición de la Seminci.

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