Crítica de ‘El amanecer del Planeta de los simios’: La revolución de la evolución

Las críticas de Fernando QuinteroEl amanecer del Planeta de los simios
En El amanecer del Planeta de los simios una nueva nación de simios evolucionados genéticamente y dirigidos por César se ve amenazada por un grupo de supervivientes humanos (una década después de que el devastador virus dotara a los simios de gran inteligencia). Ambos bandos entran en una frágil paz que les mantiene al borde de una guerra final, la cual determinará qué especie será la dominante sobre la faz del planeta Tierra.
Segundas partes nunca fueron buenas. Menos mal que existen excepciones y El amanecer del Planeta de los simios es una de ellas. Salvo por un par de momentos un tanto empalagosos, la película se merece todas y cada una de las alabanzas recibidas. Y es que la tensión que reflejan sus escenas, los efectos visuales y, sobretodo, el guión, hacen que esta película se haya convertido en uno (sino el que más) de los blockbusters más recomendados de los que llevamos de año. 
Digna secuela y precuela, ha sabido explotar el estilo que hizo triunfar a su antecesora, llevando a otro nivel superior a esta. ¿Los motivos de ello? Unos increíbles efectos visuales que han dominado la pantalla en todo instante y que se han desarrollado progresivamente a lo largo de estos tres años que separan El origen del Planeta de los simios con su secuela. Tanto es así que, cada vez que uno veía alguna escena con actores reales, deseaba que acabase para poder ver de nuevo a los simios y disfrutar de la tecnología CGI (Imágenes Generadas por Computadora).
Esto es debido a que en ningún momento se ha podido ver nada hecho por ordenador, sino que estos efectos están tan trabajados, que parece que son realmente simios los que están ante nuestros ojos y eso es algo que el espectador agradece desde el comienzo hasta el final de la película.
Un acierto del guión es la lenta evolución que han sufrido los primates que, a pesar de haberse producido por el virus ALZ-113, no utilizan la lengua humana salvo en escenas de auténtica tensión. Aun así, es clara la evolución producida por la comunidad que han creado, en contrario a la involución que tienen que sufrir los humanos de manera obligada por la falta de recursos energéticos.
Aunque el guión pueda parecer simple en un principio, actúa igual que la sociedad primate al que plasma en la gran pantalla. Evoluciona hacia otras ramas más intensas y genera más protagonistas y conflictos de una manera lenta y progresiva pero intensa. Empezando con Cesar como protagonista absoluto y continuando con su antítesis. Como si de Batman y Joker ser tratara (salvando las distancias).
Tanto Andy Serkis como Toby Kebbel son los que inundan la pantalla de acción, siendo este segundo un gran adversario cinematográfico para el especialista en CGI (Serkis). Su personaje de Koba culmina a la perfección y no se le reprocha nada en absoluto, al contrario que el de Jason Clarke, quien pasa inadvertido y su presencia es totalmente sustituible por cualquier otro actor, al contrario que hizo James Franco en El origen del Planeta de los simios. Quizá el mejor papel humano de la película es el de Gary Oldman, alguien que brilla por su ausencia literalmente. El actor que sólo se le ve el pelo en escenas contadas, es el que verdadero líder de los supervivientes humanos, aunque sea Clarke el protagonista absoluto y parezca que es él quien lidera al grupo de inmunes.
Al igual que su antecesora, esta película crea escenas míticas y sin llegar a desvelar ninguna, sólo decir que el plano secuencia en particular de una de ellas es llamativa en todos los sentidos. No sólo de escenas acongojantes acompañadas de efectos visuales son lo que te ata al asiento, sino que la voz de los simios protagonistas hacen que a uno se le ericen los vellos y sobretodo el cruce dialéctico que hay entre Cesar y Koba.
Tras un par de horas sentado hipnotizado ante una pantalla con imagen en 3D, uno sale con una mueca de satisfacción, algo que difícilmente podemos hacer últimamente. Ahora sola cabe esperar con impaciencia al estreno de la tercera y, en principio, última película, que completará una trilogía-precuela digna para un gran clásico del cine y por la cual nadie apostaba por ella hace tres años.

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