Crítica de ‘Anarchy: La noche de las bestias’: Secuela latina destinada al DVD

Las críticas de Óscar M.: Anarchy: La noche de las bestias
El concepto de secuela cinematográfica (ya trillado y detestado desde su propia definición) debería ser un esfuerzo y una prioridad para los estudios y no enfocarse como una segunda posibilidad de conseguir dinero a base de repetir una idea. Y aunque Anarchy: La noche de las bestias no llega a ser un calco de la original, sí se echa de menos más originalidad para esta continuación.
Empecemos por el título: A una mente brillante se le ocurrió que La purga no era un buen título comercial y tradujo The purge como La noche de las bestias, pero ahora, para rizar el rizo, en lugar de usar La noche de las bestias: Anarquía (o La purga: Anarquía, que podrían haber hecho una traducción literal), el estudio lo complica cambiando el orden de las palabras y ni traduce el título al completo, teniendo como resultado lo que se puede leer en el titular. Un desastre.
Y siendo pedantes, la película está incorrectamente llamada ‘anarquía’, cuando en realidad lo que se ve en pantalla es ‘anomia’, es decir, una ausencia de ley o una degradación de las normas sociales.
La nueva entrega tiene un buen punto de partida: ofrecer ‘La noche de la purga’ desde el punto de vista de las minorías étnicas (sobre todo latinos o afroamericanos) o personas con menos recursos para defenderse (y desarrollar así el concepto general propuesto en la primera parte), pero el desarrollo es bastante común, donde hay poco lugar para las sorpresas o los giros de guión y con un argumento que se pierde en unos personajes que tampoco llegan a calar en el espectador.
A pesar de estar claramente centrada en el personaje interpretado por Frank Grillo, la cinta es reiterativa a la hora de mostrar cómo se aprovecha la noche en cuestión para resolver unos conflictos familiares poco interesantes para el público, cuando queda claro casi desde el primer momento que los acompañantes de Grillo no son más que secundarios con diálogos.
De los cuales destaca la típica niña-coñazo (que retoma el papel del crío de la primera entrega que provocaba que el argumento avanzase a base de acciones estúpidas) que se dedica a relatar al espectador qué, cómo y cuándo van a hacer los personajes con constantes preguntas (al igual que debería prohibirse que un personaje pregunte ¿quién será? cuando llaman a una puerta, tampoco debería estar permitido que pregunte ¿qué ha sido eso? cuando oye un ruido, es desalentador y demuestra los escasos recursos del guionista).
Lamentablemente la secuela parece hecha a la carrera (con muchas escenas a cámara lenta para estirar la primera hora, o estúpidas escenas que no aportan nada, como cuando el personaje apunta con la pistola después de haberla cargado) y en general no hay muchas novedades técnicas (colocar la cámara en el medio de transporte resulta curioso en los dos primeros planos, pero luego se vuelve repetitivo) o argumentales (hasta toma ideas de Johnny Mnemonic…), se aprecia poco interés por desarrollar las buenas ideas que ofrece: que la purga está hecha por los ricos (lo único relativamente divertido de la trama) y es usada por el gobierno para “limpiar” las calles de indigentes o gente sin posibilidades para defenderse y conseguir dinero con la venta de armas.
La noche de las bestias ya tenía cierto olor a carnaza directa al mercado doméstico, pero la secuela sólo debería recomendarse como complemento a insatisfechos de la primera parte o como representación de un caos en las calles barato y poco original.

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