Sangre y cenizas (XX): Crítica de ‘Sólo los amantes sobreviven’

Las críticas de Carlos Cuesta: Sólo los amantes sobreviven

Hipnótica, seductora, inquietante y sumamente distinta a lo acostumbrado, Sólo los amantes sobreviven comparte con las grandes películas de vampiros el hecho de no tratar realmente sobre vampiros. Adam y Eve (Tom Hiddleston, Thor, y Tilda Swinton, Constantine) conforman un matrimonio inmortal que vive separado en las ciudades de Detroit y Tánger. Ambos se reunirán en Norteamérica para intentar aplacar la apatía vital que arrebata al marido las ganas de existir. Su reencuentro, su modo de supervivencia y los acontecimientos que comparten son una excusa ideal para explorar la trascendencia humana a través de sus obras y profundizar en la sensación de que el talento y la verdadera autenticidad de la vida está tan diluida en el mundo como la sangre en el agua que compone más de la mitad del ser humano.
Tom Hiddleston y Tilda Swinton llenan de sentido, emoción contenida y profundidad la ilusión nocturna, tensa e inflamada de adorable presunción que Jim Jarmush (Flores rotas) crea para mostrar la existencia cotidiana de los vampiros, al mismo tiempo cercana al sopor eterno y a la saturación concentrada de estímulos. Tanto en la presentación de la imagen como en la construcción de los diálogos es capaz de rodear lo evidente con elegancia; es osado al plantear preguntas sin obligarse a contestarlas directa ni inmediatamente y lo suficientemente hábil como para mantener el suspense provocado por un arma cargada con una densa bala de madera… durante dos horas de proyección. 

Los personajes están construidos para habitar los cuerpos de los actores escogidos y ellos los mueven con prestancia por un laberinto sin salida de aislamiento y nocturnidad alterado por la presencia de otra vampira hermana de Eve (Mia Wasikowska) incapaz de atenerse a las reglas de convivencia con las que la pareja consigue pasar desapercibida y civilizada pese a los impulsos del alimentarse.

El universo está prácticamente vacío y en el mundo no paran de ocurrir cosas impresionantes que no significan nada en el curso de las edades. El aire melómano de esta película insufla una arrebatadora potencia a las escenas que nos van haciendo partícipes de esa vertiginosa revelación. La película te absorbe, te seduce y te rodea mientras el pulso de vidas infinitas se te mete en la piel, provocando que una canción de dos minutos parece expandir su duración y su relevancia. La suave espiral de intranquilidad y desgracia inminente por la que Jim Jarmush hace deslizar la trama es un sortilegio que necesita de la brillante selección musical que la completa para funcionar. Lo hace desde el primer minuto, con la versión de Funnel of Love haciéndonos rotar sobre las cabezas de los dos vampiros a punto de despertar.
Ellos son eternos pero su huella por el mundo se “limita” a compartir su inspiración con las personas a través de geniales creaciones artísticas donadas a la humanidad como ecos para pasar a la posteridad. Los protagonistas, sobre todo uno de ellos, se vanaglorian de las grandes creaciones de la historia como algo que apenas habría podido ocurrir sin ellos. Pero la supervivencia indefinida les relega a la discreción y el ego alimentado por siglos a veces es algo difícil de soportar. Su intensa vitalidad arrastrada durante años y años se dispersa y los seres casi divinos, o infernales, miran a las estrellas para sentirse pequeños y poder admirar algo más grande que ellos mismos. Las almas sibaritas se acaban rindiendo al impulso natural o antinatural más bárbaro.

Sólo los amantes sobreviven se traslada por caminos un tanto herméticos y no parece llegar a una conclusión. Se trata de una experiencia intensa y conmovedora como la observación de un amanecer, tan bello como incomprensible y doloroso, y me hace recordar una frase de Woody Allen, quien dudaba de si un recuerdo es algo que se tiene o algo que se ha perdido. Cuando la vida no termina la nostalgia es eterna y la pérdida inabarcable. Sin un punto de sujeción que nos ancle a una referencia en un mundo tan vasto estamos destinados a sucumbir. Ellos, se tienen el uno al otro, y se disfrutan con paciencia mientras el relato avanza, atenaza y concluye, dejando vías abiertas que jamás nos llevarán a un final más concreto. Nace, crece y muere sin que pueda acercarse a aprisionar toda la historia que encierran sus personajes. Termina por dejarnos fuera, aunque fue bonito compartir su amor inmune al paso del tiempo por un breve espacio de nuestras vidas.


El vampiro según… Sólo los amantes sobreviven (Spoiler).

*Origen. Se deja entrever en alguna escena que los dos personajes, Adam y Eve, pudieran ser los personajes bíblicos Adán y Eva pero no termina de concretarse cuál es su origen. Sí se afirma de forma más evidente que la transformación en vampiro tiene que ver con la mordedura a un ser humano.
*Motivación. Los personajes vampíricos protagonistas expresan su intelecto a través de elevadas expresiones artísticas, pero una de ellas tan solo se ve atraída por la diversión, la frivolidad y el ansia de sangre.
*Poder. Están dotados de una inmensa rapidez e inteligencia y el tacto de sus manos les permite acceder a la esencia de las cosas para conocer su edad o su verdadera naturaleza.
*Entorno. Nocturnos y reservados, viven en entornos apartados de las ciudades.
*Influencia. Se sirven de criados humanos para conseguir lo que no pueden adquirir durante el día.
*Debilidades. Se insinúa que la luz del sol les es perjudicial y les sume en un sopor intenso. Además, Adam manda fabricar una bala con casquillo metálico pero hecha de madera muy densa, supuestamente para acabar con la vida de un vampiro. No termina de concretarse si la suya propia o la de otra. Un tiempo demasiado prolongado sin sangre les deja muy débiles.

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Un comentario sobre “Sangre y cenizas (XX): Crítica de ‘Sólo los amantes sobreviven’

  • el 18 junio, 2014 a las 7:36 am
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    Recuperamos el ciclo Sangre y cenizas con uno de los últimos estrenos, premio especial del público en Sitges 2013 y nominada a la Palma de Oro de Cannes ese mismo año.

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